lunes, 11 de marzo de 2013

EL ORIGEN Y EL DESTINO


Encerrada en casa, sí, pero dándole a la tecla. La novela está terminada. Es un primer borrador con el que estoy muy satisfecha. Comienza con una carta. Con algo que sucedió de verdad. Es esta. Espero que seáis generosos con vuestro tiempo y me digáis qué os parece. Ánimo, que sólo son dos páginas:
 



Querido,
También me ocurre contigo. Después de hacer el amor con Conrad siempre estaba colocada. Nunca me han hecho efecto las drogas, las he probado poco, pero el sexo, cuando es narcótico, me transporta. Eleva mi temperatura y veo cosas difíciles: mil tonos de hoja en un sauce llorón, lluvia en Neptuno, belleza en el viento y sobre todo, la niebla de la primera hora, tímida, cuando los edificios, antes de lavarse la cara, se ponen el batín blanco y suave del vapor del asfalto.

Tras hacer el amor, Conrad se iba a forjar almas a la universidad y yo a casa de mis padres, a escribir, sin una meta clara. Cuando llegaba al cruce del Puente de los Franceses, donde la carretera se detiene frente al río, reflexionaba de forma animal. Este semáforo ha estado en rojo toda mi vida. ¿No tienes tú un semáforo que siempre está en rojo, cerca de tu casa?

La reflexión animal es una manera de pensamiento sin palabras. Es silenciosa, como una película muda. También es ciega y deliciosa. Sólo los poetas, con sus cazamariposas, son capaces de ordenar esas palabras que sentimos y que no logramos atrapar. Yo lo llamo el tren interior porque es la manera que tiene nuestro cuerpo de hacer viajar los sentimientos desde el corazón, hasta la estación de la razón. Mientras el tren interior sube el repecho de los hombros, caigo en trance en este cruce de calles. Las manos en el volante, el pie derecho sobre el pedal del freno, la vista fija en la luz roja. A la izquierda, coches detenidos. A la derecha, coches parados. Una moto serpentea. Azota la lluvia el parabrisas. Espero. Soy un pez tras el cristal, pero el agua está fuera. A cada rato, las escobillas ponen ritmo a la escena. Scuis-scuis, scuis-scuis. La lluvia moja el agua del río, alzo la vista. Mi tren se avecina, baja por la vía. Sobre el Puente de los Franceses pasa el tren real. Trac-trac, trac-trac. Cientos de personas como yo, con sus pequeños trenes reflexivos viajan en su interior. Scuis-scuis. Oigo la música y miro la intensa refracción. Scuis-scuis. Es la luz roja del semáforo en las gotas de lluvia. Un arco iris raro. Una aurora boreal. No existo. Es extraño. Esta mañana, a primera hora, hice el amor. No ha empezado el día y ya es feliz, pero estoy en tránsito. Este semáforo de mi barrio es una especie de aliado. Vaya o venga del punto que sea en Madrid, he de pasar por él y explicarle lo que siento. Llevo veinte años en este cruce. El Puente de Los Franceses es mi cruce. ¿Quiénes son estos franceses, mamá?, preguntaba de pequeña. Me chifla este lugar. Toda la vida, aquí, detenida, como sentada en un café en el que converso con los dioses de mi patria. De niña en el coche de mi madre. Hoy en mi Renault 5 destartalado. Mañana son mis hijos los que me dicen de camino a casa de sus abuelos: ¿Quiénes son estos franceses, mamá? Siento, miro y sigo. Al volver de la universidad, de una cita, de una cena, siempre al volver, en este semáforo, espero, y bajo su mirada roja se enfrían mis gozos y comprendo los engaños. Siento, miro y sigo. Me detengo en este amigo. Es eterno este semáforo. Hoy tengo veinte años otra vez y vuelvo a casa de mis padres, que aún es mi hogar, aunque tenga un pie en el piso de Conrad y todo el cuerpo en su cama. En reposo en mi semáforo, no me pregunto ni por un instante si él es el futuro. Lo sé. No tengo ni idea de a qué voy a dedicar mi vida. No tengo trabajo y ni por lo más remoto no he conseguido un ganapán, que es como yo llamo a los cazamariposas, pero Conrad y yo siempre estaremos juntos. Durante los dos minutos eternos, reflexiono sin pensar, como el poeta antes del verso. Sicuis-scuis. Rojo. Scuis-ccuis. Rojo. Scuis-scuis. Estoy hipnotizada por el sexo, el amor, los limpiaparabrisas, el agua del río. Viajo desde un hombre que me encanta hasta el futuro que no existe, pero que es prometedor.

Dos golpes me sacan del trance. Toc, toc. ¿Será un mendigo? No, es una muchacha bajo un negro paraguas de clase media, que asoma su rostro a mi mundo. Me mira invadiendo la dulzura de este instante. Toc, toc. Esto pasó de verdad, no me lo invento. Scuis-scuis. La chica, entre los coches, espera. Abro la ventanilla y como si la amenazase con una guillotina al revés, dejo el filo del cristal al borde de su cuello. Imagino que se ha perdido. En cambio me dice:

-Disculpe. Hago una encuesta sobre “El origen y el destino”.

De pronto el momento es perfecto pues pasa el tren de mercancías. ¡Al fin lo prosaico es bello! “El origen”… El semáforo se vuelve ciclope, y con su ojo, nervioso, me grita: ¡Voy a cambiar de color! ¡Y yo sin ganapán! He de responder, ¡Rápido! ¿Qué le digo? “El origen lo sé, pero ¿y el destino?”. El amor, la vida, el pasado, la poesía, mis padres, la literatura... ¡Revolotean mil respuestas y no sé atrapar ni una! Me gustaría ser poeta y ofrecerle un verso, porque un verso es lo único que puede explicar algo eterno.

Al ver el choque de trenes en mi rostro la muchacha pensó que debía aclararme las cosas. Sostenía una carpeta:

-El origen y el destino. Vamos… que… De qué calle viene y a qué calle va.

Se lo dije, “Vengo de la Calle del Arroyo y voy a la calle de la Fe”, el semáforo se puso en verde y arranqué.

Y esta, es la historia de mi vida. Por suerte, no es la historia de mi amor.

M

 


 

 

jueves, 14 de febrero de 2013

EL COMETA


Ayer fue uno de los peores días de mi nueva vida. Sólo recuerdo uno peor en la víspera del 2 de Noviembre. George murió el 2 de noviembre del año pasado, así que el sufrimiento que pasé el día antes del aniversario, era de esperar. El miedo se había apoderado de cada pulso, anticipando la fecha. Las lágrimas caían como ríos silenciosos con los colores del otoño, la caída de la hoja, las flores de Todos los Santos. Llovían magdalenas. Pero pasó el aniversario como se pasa una gripe. Todo mejoró. No es que me sintiera genial, pero estaba ilusionada, trabajando en varios proyectos sin descanso, cambiando juntas de radiadores, pintando el dormitorio de “azul ilusión”. Si, vale, con altibajos y sin dar palmas, pero bien, aceptable.

Ayer, sin embargo, de nuevo la hecatombe. Me sentía como si mi cuerpo anticipara algo terrible. Anegada, nerviosa, incapaz de concentrarme en la lecturas o escrituras o la sencilla compra de yogures griegos de Danone por Internet. Estaba como están los animales que presienten los terremotos. No me preguntaba el porqué exacto de mi desazón. Simplemente lo achacaba a esos vaivenes aleatorios de las emociones. Hoy creo que los vaivenes de las emociones no son para nada aleatorios.  Caigo de pronto en la cuenta de que desde hace unos días algo viene tocando las teclas de mi “programación interior” activando un malestar total de cuerpo y espíritu. Ayer estaba mal y hoy estoy peor porque de pronto… (¡Si, de acuerdo, ahora caigo, si es que parezco tonta!) … De pronto, es San Valentín. Una fecha que a mi “yo consciente” se la refanfinfla. Que prácticamente jamás he celebrado con cenas, bombones o regalos de amor.  San Valentín es una cosa comercial.

Pues no. Es mucho más. De momento es otra de esas fechas “putada”. Me caigo del guindo y descubro de forma fehaciente que nadie escapa a San Valentín. Ni una dura, guerrera, valiente y bregada servidora. Hoy estoy convencida de que mi miedo, dolor, imparable llanto, está programado en mi inconsciente con décadas adolescentes de desamor, lustros de perfecto amor en fecha tan arraigada, glamurosas fotos de revistas en las que rubias sílfides jóvenes censuran sutilmente el tamaño de mis muslos, páginas que restriegan bajo mis narices brillantes y caros regalos o simplemente: inexistente amor. Voy más allá en mis pesquisas  y me imagino ante un psicólogo que me dice:

-Voy a decir una frase y usted diga lo primero que le viene a la cabeza. ¿Preparada?

-Preparada.

- “San Valentín”

-Cáncer, miedo, amor, desamor, envidia, soledad, horterada, el día que cambió mi vida.-digo sin dudar.

-¡Caray! ¿Me lo explica?

Me fascino al recordar algo tremendo que durante un año olvido y que mi cuerpo recuerda en cada aniversario. El 14 de febrero de 2005, George y yo nos dimos cita en la consulta de un urólogo regordete que dos semanas antes había practicado una infame biopsia sin anestesia. Ese urólogo, que no me gustó al primer golpe de vista, nos miró con una sonrisita estúpida y dijo:

-Me temo que tengo malas noticias. Es cáncer.

Su gesto me recordó al de esos presentadores del telediario que no son capaces de borrar la mueca jocosa de la noticia anterior al pasar los 200 muertos en una inundación en La India. 200 muertos. ¿Dónde le ves tú la gracia, cabrón? 14 de febrero. ¿No había otra fecha más anodina? Recuerdo el tipo y el cuerpo de letra y el color del papel del informe de patología del laboratorio y también que sin poder evitarlo pensé: “14 de febrero. Esta fecha no se me olvida”. Así que aunque la cabeza quiera, y de hecho la olvide… ¿Cómo se me va a olvidar la fecha? No podemos escapar del inconsciente. Ayer lo presentía con los instintos animales. El asteroide se ha estrellado hoy, 14 de febrero.

Trato de hacer memoria y pensar si el 14 de febrero alguna vez me ha traído felicidad. Sí. Varios ramos de flores. Alguna carta para recordar. Algún inolvidable encuentro bajo el edredón. Momentos pasados. Así que después de haber estado dos días de ponerme a morir, de llorar como un embalse desbordado, caigo en que cada anuncio de perfume, folleto del Corte Inglés, valla publicitaria y cuña radiofónica forman la cola, o la cabeza de este asteroide. Me sienta genial saber que las mareas de los sentimientos, como las del mundo real, no son aleatorias.

Y ahora, una post data: según pongo el punto final a este post, mi hijo pequeño me trae el “corazón del amor” que ha hecho en el colegio. Viene llorando a lágrima viva porque su hermano ha tratado de quitárselo para poder dármelo primero. Nos abrazamos los tres.

 

lunes, 12 de noviembre de 2012

YO SOY, TU ERES, ÉL ERA.



Me gusta Homeland. Me gusta tanto que le perdono todas las americanadas que tiene. En el capítulo de hace unos días disfruté de una de las mejores secuencias de TV de todos los tiempos. A él lo ha cazado la CIA, ella le interroga. Debe sacarle la verdad. Quiere evitar un atentado… ¿o quiere algo más? Quizá, salvarle. La agente bipolar está enamorada del marine yihaidista. Al mismo tiempo, desea pillarle y sacarle toda la información sobre nuevos atentados. Con lágrimas en los ojos le dice: dime la verdad, ¿no estás cansado de tantas mentiras? La verdad es liberadora. Yo te voy a decir la verdad. La verdad es que me gustaría que dejaras a tu familia y te vinieras a vivir conmigo. Ahí está. Esa es la verdad. Sigo viva. Oh… se siente una bien. ¡Qué alivio! Dime la verdad. ¿Se prepara un atentado contra los Estados Unidos? Él la mira destrozado y sin dudar más, decide liberarse: Sí. Se cogen las manos con fuerza.

En mi camino de este último año no he parado de decir la verdad. Es naturaleza del ser humano esconderla. Yo no podía esconderla por razones prácticas. Ahora que no es imperativo decirla, tengo miedo de perder la verdad debido a la presión social. La gente no disfruta en absoluto con mi incómoda verdad. Pondré un ejemplo concreto: me atormenta el bochorno en los rostros de los otros cuando les digo que soy viuda.

Hace poco le decía a una amiga que es horrible tener que decirle a la gente que mi marido ha muerto. Ella me dijo: “pues no lo digas. ¿Por qué lo tienes que decir?” Yo la miré como si se hubiera vuelto loca. Explicar que no hay forma de evitarlo me llevaría tanto tiempo, que nuevamente me sentí incomprendida y aislada. Analicé sus palabras. ¿Tenía razón mi amiga? “Pues no lo digas”. ¿Por qué debía decirlo? “Que no lo digas” Insegura ante su aplastante frase pensé: ¿Y si se puede? ¿Y si tiene razón?, quizá sí que puedo evitarlo. “Pues no lo digas”, “Vale, pues no lo digo”.

Con esas palabras como mantra, asistí al congreso mundial de guionistas de Barcelona. Estaba decidida a conocer un montón de gente maja y a callar este desconcertante detalle de mi presente.

En Barcelona entablo amistad con unos guionistas irlandeses encantadores. Pronto el más guapo me pregunta cómo es que mi inglés es tan impecablemente inglés. La verdad viene a mi mente: “Estuve casada durante 16 años con un Inglés de Inglés impecable. Se me pegan los acentos”. Pero claro, pienso en las palabras de mi amiga:“Pues no lo digas” y me digo: si cuento lo del marido inglés sé que, de manera determinista, las frases de estos irlandeses me irán acorralando hasta obligarme a decir: “mi marido ha muerto” o a soltar la no menos demoledora frase: “soy viuda”. Bien. El consejo de mi amiga –“pues no lo digas”- me tortura así que respondo: “Tengo una casa en Brighton para ir de vacaciones con mis hijos”. Explicado queda pues lo de mi buen inglés. ¡Qué satisfecha estoy de mi misma! No he dicho la verdad, pero no he mentido… El guapo irlandés lo encuentra de lo más exótico y decide indagar aún más: “¿Y por qué te gusta tanto, cuál es tu conexión con Brighton?” De nuevo me viene a la mente la verdad: “Porque mi marido era de allí”. Lo sopeso. Puf… Era de allí. Lo de hablar de alguien en pasado suena raro, raro, a no ser que ese alguien esté muerto, pero este pobre lo que menos se imagina es que estamos hablando de un muerto. Dios, seguro que este tipo se extraña por el Era y lo menciona y tengo que explicar eso, que está muerto. Luego, me digo que igual se toma el “My husband was…” como un error gramatical de una española que resulta que no tiene un inglés tan impecable. ¡Joder, qué agobio! Trato de tener una conversación inocente, sin dobleces, en la que lo único que debo evitar es decir que mi marido ha muerto -Pues no lo digas, ¡que no lo digo!- y no me sale. Veo que no me sale. Me relajo y por fin suelto la frase que pienso que me va a traicionar: “mi marido era de Brighton”. Era, Era, Era. Ya está, hala, te has descubierto, me grita el cerebro... Pero el irlandés ignora o no se percata de lo extraño del tiempo verbal y sigue con sus preguntas, tan contento de que se le ocurran cosas de qué hablar con esta española tan maja y dicharachera: “¿Y tu marido se dedica también a esto del cine?” Yo aquí ya me siento fatal pues llevo ya un rato hablando de un muerto como si estuviera vivo. Me pregunto si debo olvidarme de mis buenos propósitos pero en ese momento pasa mi amiga entre canapés y me guiña un ojo a modo de apoyo moral. Una frase que no me dice se ilumina como los neones de la Gran Vía en mi cabeza: “Así me gusta, que ligues con un tipo guapo. Y no lo digas, ¿eh? Que no lo tienes que decir”. ¡Ay, si ella supiera que la conversación con este majo irlandés ha perdido ya todo coqueteo gracias a la presencia de un marido que en realidad no existe...! Al mismo tiempo, me siento como si todo lo que sale por mi boca fuera mentira porque hablo para que me conozca, me habla para conocerme y cada vez tiene menos idea de quién soy o lo que soy. Ante esta realidad irrefutable, el cuerpo me grita una vuelta a la verdad, pero claro, no puedo decir: “A ver, espera, perdona querido atractivo desconocido con el que quiero conectar para sentirme normal… ¿Tú no has notado el énfasis –al menos mental- que pongo en la palabra “Era”? Pues eso, que no, que mi marido era de Brighton porque ahora mi marido está sólo en el pasado. Existió hasta hace un año y desde hace un año él no es. He isn´t. He was. Cuando uno deja de ser, cambia de tiempo verbal. Pasa de estar en presente para convertirse en un Era de Brighton y Era profesor de economía y Era un tipo estupendo pero ya no es y a pesar de no ser, aparece constantemente en la conversación porque cuando uno charla, la gente pregunta por la familia, los hijos, las aficiones y la verdad es que el que ya no es, generaba la mayor parte de esos contextos y sale a relucir sí o sí. Uff… ahí está, lo he dicho, sigo viva, se siente una bien, la verdad es liberadora…

Pero no, claro, no le he dicho. El irlandés espera respuesta. Retomemos su pregunta: “¿Tu marido también se dedica a esto?” “No, él era profesor de economía”, respondo ya abocada a lo inevitable. Muerto, muerto, muerto. La esperanza, que es lo último que se pierde me susurra: No tengo que decirlo, que no lo digo, ahora cambiamos de tema y listo. El irlandés me mira encantado de la vida y dice “Ah, fascinante… ¿Y qué opina él de esta recesión mundial?” Como pagaría dinero por salir del embolado simplemente le digo: “Verás, es que mi marido murió el año pasado”.

 

 



martes, 23 de octubre de 2012

JAQUE MATE

Comer fuera, ir al cine, arreglar algo, comprar un aspersor, tocar la guitarra, desfogarme en el gimnasio, escribir, leer, cantar. Cuando me levanto hago las cosas que uno hace al levantarse y tras dejar a los niños en el cole vuelvo a la casa vacía y planeo los días. El problema es que desde hace un tiempo, lo que antes era fácil y agradable, ahora se ha convertido en una especie de cruz. La lucha por construir momentos que valgan la pena.
Los lunes solían ser interesantes. En lunes excavaba los cimientos de la semana. Mandaba un mensaje a D para comer el miércoles, otro a M para merendar el sábado, otro a D para estreno teatral del jueves, llamadita a V para charlar y salir el viernes, cafelito con A o directamente, gimnasio y hablar de posibles planes para el domingo en la sauna…
Con este sistema “del carné de baile” hasta ahora siempre había conseguido que cada semana tuviera al menos dos o tres días llenos de significado/diversión/placer por la vida. Momentos con el sabor agradable de la amistad, de filosofar sacudiendo la soledad o del cariño. Fuentes de energía e ilusión. Instantes que valen la pena.
Hasta hace poco tiempo, el mismo lunes recibía mis respuestas. Dejaba apalabrados mis tangos y mazurcas. En el horizonte asomaban alegres expectativas y las semanas corrían felices. Estaba deseando crear, hablar, ser, estar en la vida. No me constaba esfuerzo. Me miraba al espejo antes de cada cita y me veía interesante, ingeniosa, la mar de mona. Los futuros misteriosos me fascinaban. La muerte me había abierto al mundo y el mundo me gustaba. Sólo tenía que hacer una llamada o mandar un email para hallar gentes dispuestas a alegrarme la vida. Todos ellos recargaban mis pilas de ilusión.
Y la ilusión, claro, me impulsaba hacia delante, a hacer más llamadas, organizar barbacoas,  aprender nuevas canciones con las que amenizar veladas… Pero de pronto todo cambia. Con el otoño, lo que antes estaba chupado, ahora es más o menos como ir a la mina. Me enfrento a las semanas como una lucha sin cuartel. Mando mensajes que no obtienen respuesta. Cito gente a comer que me dice que ya me responderá pero que no me responde. Otros responden para decir que no pueden. Llamo y me encuentro contestadores. Mi móvil nunca ha estado tan silencioso y hasta Facebook ha parado de decir “me gusta”.
Todo el mundo se ha confabulado para pasar de mí. Ummm, me digo que no puede ser una conspiración y tampoco casualidad. ¿Qué pasa con la gente? ¿Qué ha sucedido? ¿Son ellos? ¿Es un virus otoñal? ¿Soy yo? No, no es casualidad ni es conspiración, así que sí. Sólo puedo ser yo.
La depresión me sume en la apatía y decido no llamar a nadie, no mandar mensajes, pero enseguida me siento culpable por no estar haciendo los deberes. Me agobia haber dejado de luchar. Intento un contraataque y hago un último esfuerzo por cavar cimientos, mezclando -cual obrerita que va al tajo- el hormigón de la vida social, pero nada sale y me digo que me lo merezco porque lo estoy haciendo por cubrir el expediente. Estoy luchando por decir que estoy luchando. Miro a derecha e izquierda haciéndome preguntas  ¿Qué sucede? ¿Por qué nada me complace? ¿Por qué este sentimiento de no querer hacer NADA? ¿Acabará alguna vez esta pena? ¿Es por la muerte? ¿Es por la vida? Me viene a la cabeza una respuesta negra. He perdido la ilusión.
La enfermedad, la pobreza, la angustia, el miedo, el cansancio, la apatía. Todo esto se puede combatir con una misma poción mágica: la ilusión. La falta de ilusión lo mata todo. Me digo que los amigos se volatilizan porque mis ojos ya no brillan con entusiasmo. Me digo que era yo el motor que mantenía este barco en la buena dirección. Esto me entristece pero me alegra porque me digo también que he ahí el problema. Si el problema soy yo, la solución soy yo y yo quiero solucionar esto. Quiero luchar, tengo que recuperar las ganas de luchar.
Entonces veo dos niños maravillosos, guapísimos, inteligentes que buscan respuestas en mí y las encuentran. Miro los objetos que me rodean. Las guitarras, los queridos muebles desportillados, unos de caoba, otros de Ikea, la cama donde murió George -que es el rincón del salón donde me recojo a ver mis películas y mis series favoritas por las noches- los cientos de libros , la chimenea encendida. Todo eso me gusta. Las flores del jardín o caminar por el largo pasillo disfrutando de la tarima en los pies descalzos. Así que en busca de soluciones me quito los zapatos y voy hasta la cocina donde me hago un café Gran Reserva Malongo (que nombre tan molongo) y que cuesta cincuenta euros el kilo, y envuelta en carísimos aromas que me suenan africanos pero que vete tú a saber de dónde vendrán, me retiro a mi cuarto y enciendo el ordenador y escribo esto y otras cosas. Y me trato de convencer de que las ganas de llorar no tienen porqué ser algo deprimente. Estoy sola, triste y apática, pero mientras saboreo un café (me encanta decir Malongo, digo “Malongo” en voz alta), mezcla de arábiga y lágrimas saladas, comienzo a escribir.
Ayer, Michael me dijo: “mamá, ¿mañana cuando vuelva del colegio podemos jugar al ajedrez?” Y según recuerdo estas palabras y su mirada de ilusión, dan las cinco y vuelven los niños del cole y le digo a Michael lo de nuestra partida y sonríe con los ojos. Entusiasta, prepara el tablero y me digo que aguantará como mucho diez minutos, que tiene cinco años, pero el juego le apasiona y durante una hora jugamos al ajedrez y mientras lo hacemos, le explico que el ajedrez es una metáfora de la vida y le digo por qué y él me comprende y yo me apasiono también y discutimos los pros y contras de cada movimiento mientras con amor preparo mi autodestrucción más dulce: el jaque mate que me dará mi hijo. Al fin, Michael se apodera de mi rey dando saltos de alegría y yo saboreo un café Malongo que me deja cierto gusto a ilusión.
Por la noche, antes de apagarles la luz, Michael me dice:
-Mañana jugamos otra vez al ajedrez, pero mucho más rato.
-Vale, Michael.
-Pero mañana el rey no va a salir a luchar, mamá. Mañana se va a quedar toda la partida sentado en su trono.
Sonrío y le digo que sí y le doy otro beso. Antes de marcharme, el niño me coge la mano y me dice:
-El rey no tiene que salir siempre a luchar, ¿sabes?
Y su frase es como una revelación y mientras bajo las escaleras, pienso que aunque estos días soy una viuda triste, también soy una madre muy feliz.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

LA VUELTA AL COLE

Mis prioridades han cambiado. Mi mundo interior es otro. Mi necesidad de sinceridad, candidez y falta de doblez me hacen volver a casa de la reunión del colegio verdaderamente cabreada.
-Cariño, ¿a ti te gusta ir al colegio?- le pregunto a mi hijo de cinco años.
Lo piensa unos segundos y enseguida mueve la cabeza de lado a lado.
-No porque tengo que hacer muchas fichas que son un rollazo.
Mi hijo no me puede hacer la misma pregunta. Yo tengo la suerte de haber dejado el colegio hace muchos, muchos años. Soy libre. Pero a la misma pregunta yo no contestaría que no. Contestaría que no sólo no me gusta el colegio sino que lo odio.
¿Por qué odio el colegio?
Porque he de decirle a mis hijos que respeten a sus profesores, que obedezcan todo lo que dicen, que ellos son la autoridad a pesar de que la autoridad se la gana uno a base de respeto y admiración y de hacer las cosas bien. Odio el colegio porque debo mandar a mis hijos al colegio a pesar de que no creo lo más mínimo en la calidad de los conocimientos que puedan recibir allí. Odio el colegio porque no creo en la bondad para el espíritu de un lugar al que los niños de ayer, de hoy y de mañana no soportan ir.
Odio el colegio porque rodeada de las gentes de colegio, las madres, los padres, los profesores, debo ser políticamente correcta y no decir lo que pienso del colegio. Porque no debe ocurrírseme la locura de decir que no creo en el modelo de educación que debemos tragarnos. Porque decir eso es como cuando se me ocurrió decirle a una amiguita con siete años que no creía en Dios y se corrió la voz y el resto de amiguitas me martirizaron en el patio del colegio. Ya soy mayor. Ya soy libre. A la mierda con ser políticamente correcto. El colegio es un espanto y no creo en Dios.
Odio el colegio porque el colegio recompensa el esfuerzo y nunca enseña a hacer las cosas sin esfuerzo. Aquel que no necesita esforzarse es despreciado, a pesar de que su falta de esfuerzo debiera provocar admiración. El colegio es el antídoto del entusiasmo, el polo opuesto a la ilusión, el lugar donde se mata la adrenalina para hacer cosas constructivas y se solivianta la adrenalina de “saltemos sobre las mesas, llamemos la atención, volvamos loca a la profesora en venganza por este coñazo que debemos soportar”. Odio el colegio porque el colegio trata de obligarme a ser hipócrita. No seré hipócrita. Como madre de escolares soy una oveja negra . Soy Lea la cándida. La que no soporta una mentira más.
Odio el colegio porque he de decirle a mis hijos que al colegio se va a aprender cuando la realidad es que al colegio van sobre todo a desaprender lo que ya sabían pues el colegio es ese sitio en el que todo se reduce al mínimo común denominador. El lugar en el que se le habla a los escolares como si fueran niños de tres años aunque tengan diez mientras en casa se les habla como si tuvieran veintiocho aunque tengan cinco. El colegio es el lugar donde mis hijos dejan de ser personas para convertirse en animales en compañía de otros niños que también se convierten en animales y se les enjaula y se pretende que colaboren con los carceleros. El colegio es el sitio en el que lo único que se hace a la medida de los niños son las sillas y las mesas y los váteres. Todo lo demás, a la medida de los padres y los profesores.
El colegio es ese espacio supuestamente sagrado donde se practican liturgias en lugar de enseñanzas. El colegio es donde a menudo termina importando más que se haga la fila a hablar diez minutos de porqué misterioso milagro brilla el sol cada día de nuestras vidas. Donde estorba el exceso de conocimientos, imaginación o personalidad de un niño y se agradece la simplicidad, la borreguería y la nada más absoluta porque la nada es inmensamente llevadera. En el colegio no hay metáforas pero se memorizan metáforas. Se explican las metáforas pero no se practican. En el colegio no se vive lo que se predica. Odio el colegio porque en él se exige a los alumnos en proporcionalidad inversa a lo que se exige a los profesores. En el colegio, un profesor brillante es la excepción. Los alumnos odian al alumno brillante pero al menos le copian. Los profesores odian a sus colegas brillantes pero nunca les quieren copiar. Sí. Todos recordamos el nombre de aquel profesor brillante de nuestra más temprana etapa de escolares. Ese. El único. La mía fue doña Covadonga.
En el colegio se uniforma y se obliga a vestir a los niños con pantalones oscuros de ejecutivo y polo de deportista como reflejo simbólico de la esquizofrenia de su ética. El colegio es el lugar donde se predica la diversidad y se practica la sistemática eliminación de la diversidad. Lo repito: el lugar donde no se enseña con el ejemplo. Donde las carcajadas a destiempo son recibidas con impaciencia cuando las carcajadas siempre deben arrancar cuando menos sonrisas, donde se detiene la vida y como en una burbuja de irrealidad sólo importa hacer listas de cosas que siempre quedan por hacer.
El colegio es el lugar donde se tardan dieciséis años en aprender lo que podría aprenderse en siete. El colegio es una loa a la repetición, una eterna cantinela. Machado ironizaba al sugerir que la monotonía estaba tras los cristales cuando la monotonía está siempre del cristal hacia adentro.  Mil veces ciento, cien mil, mil veces mil, un millón. Y una vez y otra y otra el niño hará la té y la í, y cruzará la té y podrá el punto sobre la i eternamente por siempre jamás. El colegio es la rutina desde cuyas ventanas vemos cosas anodinas que nos resultan tremendamente apetecibles. El reo, el león o el loco ven maravillados una mosca volar desde sus respectivas jaulas. El colegio es el lugar donde la historia comienza con el hombre de las cavernas e indefectiblemente acaba antes de la segunda guerra mundial.  Ultima lección misteriosa del libro que siempre nos quedaba por aprender.
El colegio es el laberinto silencioso e indeleble del que millones de ratones de laboratorio/personas no logran salir jamás pues ignoran que estas prácticas de secta han capado su creatividad. Si, el colegio deja en millones de almas su marca de falsedad, esquizofrenia y mediocridad. En el colegio se interioriza que ser demasiado ingenioso es un vicio, que romper filas es ¡¡Malo!! Que hay que hacer las cosas porque sí. Que no se debe exigir al profesor lo que a uno mismo. Que la libertad y el libertinaje encajan en la misma frase dicha con indignación por uno que no sabe hacerse respetar. ¿Y por qué no sabe? Quizá confunde el continente con la parte o el todo con el contenido. Otra frase refugio y cajón de sastre para todo tipo de fracasos: "nosotros no educamos, enseñamos". Frase que más de uno cree haber leído en el convenio colectivo de los trabajadores de la enseñanza. Pues no, señores. Todos enseñamos. Todos educamos. Todos estamos en la vida. ¿O no estamos? ¿Estamos muertos? ¿Estamos dormidos? ¿Estamos sólo hasta dónde nos pagan? ¿Dónde estamos?
Sí, odio el colegio porque los profesores no pueden dar libertad. Porque la libertad del hombre está en rechazar lo pequeño y aspirar a lo grande. En saber razonar. En aprender a pensar. En no darse con los problemas de frente sino mirarlos de lado, por arriba, por abajo, de perfil. En conocer lo que de verdad importa. Porque si su madre no les cuenta estas cosas a sus hijos, en el colegio no se lo van a enseñar pero es que si se lo cuenta, en el colegio se lo van a desaprender.
Odio el colegio porque todo lo demás ha avanzado. Los niños celebran cumpleaños en piscinas de bolas, centros de ocio, cines en tres dimensiones mientras nosotros nos apiñábamos en el diminuto piso del amiguito en cuestión con unas fantas y unas patatas. No, en lo que respecta a los niños todo ha avanzado excepto el colegio, que se disfraza de modernidad con su piscina olímpica, con kilómetros de patios y canchas y pizarras electrónicas. Pero mi hijo y sus amigos se abuuuurren porque en clase hacen unas fichas en las que hay que repetir -digamos que hablo de la T- la misma letra veinticinco veces y saltan como monos en clase y sus profesores nos recriminan que saltan como monos en clase. ¡Que salten que es su forma de hacer un piquete, que salten, que es su forma de indignarse, que salten que es su forma de decir "me abuuuurro"! ¡El que no salte no es Español!
A veces mi hijo trae la ya mencionada ficha sin hacer a casa. La ultima vez fueron dos. Una visión espeluznante de un ejército de sietes y otra no menos aterradora de un batallón de letras té. Recordé los cuadernos Rubio de mi infancia. El colegio se disfraza pero es el mismo. Han pasado más de treinta años y es el mismo. Hoy me recomendaron los cuadernos Rubio para que mi hijo practique en casa haciendo deberes. Tiene cinco años y debe trasladar el mismo colegio de mi infancia al hogar para aprender a cruzar los palitos de la té. Este Borg trata de asimilarnos, que diría un miembro de la federación de planetas. Dios mío, ¡ejércitos de sietes y de tés con sus cruces como infatigables penitentes, cruzados medievales, soldados con fusiles, cristos crucificados! ¡Salta, hijo, salta! ¡El que no salta no quiere vivir!
El colegio es el lugar donde se confunde la igualdad con ser iguales. Es el lugar donde más se miente de la tierra y que es objeto de más alabanzas y pretendida admiración en público y de las más terribles críticas en privado. Que magnitud de hipocresía. En el colegio se confunde un aberrante microcosmos con la realidad del mundo. Sí, ahora es la parte por el todo. El lugar en el que más se miente sin saber que se miente -¿el contenido por el continente?- 
Bueno voy a ser justa… puede que se mienta algo menos que en la cárcel, pero no mucho menos y nadie alaba la cárcel como algo bueno y útil sino como un mal necesario. El colegio es el lugar donde media reunión de padres la pasamos hablando de lo terrible que es que los niños digan palabrotas como si eso tuviera la más mínima importancia.
El colegio es un invento necesario que se ha quedado obsoleto. Hay que inventar el colegio.
Yo odio el colegio porque adoraba mi libertad y hoy me he dado cuenta de que es oficial: después de tantos años... ¡He vuelto al colegio! Argggg....

lunes, 10 de septiembre de 2012

MIS AMIGOS SON COMO LAS NOVELAS

Nunca fui una persona de muchos amigos y cuando me trasladé a vivir al campo con George, los pocos que quedaban terminaron por resultar inaccesibles. Mis amistades se redujeron a los compañeros de trabajo, es decir, a Susana –que además de “co autora” es vecina-y poco más. En verano había una cierta vidilla social pues visitábamos a los amigos de Brighton, pero poco a poco, también fueron quedando menos ingleses hasta que el mapa de la amistad tuvo dos calles: el trabajo y la familia. En realidad, pienso ahora que el mapa de la amistad era ese punto de los planos: “usted está aquí”. Y aquí sólo estábamos dos.
Yo tenía un amigo. Ese amigo fue mi hombro donde llorar, el espejo de mis chistes, mi apoyo, abrazos, el cariño hasta que mis manos cerraron sus párpados. Después, me quedé sola y como si un monstruo voraz hubiera vaciado de oxígeno esta casa, tuve que salir al mundo a respirar.
No llega al año y el mapa de la amistad ha cambiado por completo. Me encuentro rodeada de buenos y buenas amigas y amigos que se preocupan por mí, que me escuchan, que me abrazan, que me dan cariño y que a mi lado parecen sacar lo mejor de sí mismos sin proponérselo. Cada día me maravillo de este milagro. Creo que ahora soy al fin consciente de cómo es posible que yo, siendo tan huraña, casera y poco sociable, me haya convertido en esta coleccionista de gente estupenda. Creo que es por eso que he dicho otras veces. Los que se van están aquí porque los que nos quedamos debemos suplir los roles que ellos cumplían en nuestro microcosmos. He fundido dos personas en mí. No soy la que era.
En la amistad están los que llaman y los que son llamados, los que organizan y los que asisten, los que levantan la mano y los que se ven atacados por la pereza en el último momento. George era de los primeros, una especie de anfitrión del cariño y la diversión. Era de los que llaman, organizan, reúnen y apuntan a los demás. No admitía pereza. Claro que de todas formas, ante la perspectiva de pasar unas horas con él, pocos eran remisos. Yo no era así. Le admiraba por ello porque cuando yo veía a mis amigos me encantaba, pero entre encuentros, me daba una pereza horrorosa llamar y quedar.
Ay, pero la vida te pone en el disparadero. Él se marchó y yo me quedé y como aquí estaba sin aliento en esta casa - “mirando desde mi ventana sola y triste” que dice Woody Guthrie- pues me puse a hacer amigos que resulta que es mucho más sencillo de lo que jamás imaginé. Sólo hay que coger el teléfono y llamar.
Y llamo y extiendo la mano y veo bocas abriéndose en sonrisas que son como ventanas al mar. Creo que aún no he encontrado a nadie al que no le resulte agradable que le toque en el hombro y le diga: te necesito. Te he escogido, me gustas y quiero reírme contigo, porque estimulas mis sentidos, porque me siento viva, me alimentas, me veo más guapa, me lleno de ilusión por la vida tras las cenas, comidas o cines a tu lado. La amistad es fabulosa. Me encanta. Me engancha. Viejos amigos recuperados –algunos gracias a las tan menospreciadas o despreciadas redes sociales-, nuevos amigos encontrados con los que me lleno de ilusión por ver qué tienen que ofrecerme y qué puedo ofrecerles yo.  
La amistad. Sí, que cosa tan curiosa.
El otro día tenía una larga conversación telefónica con un muy viejo amigo de esos que he recuperado, perdido, vuelto a recuperar y que espero no perder a pesar de que entre los dos no se lo estamos poniendo nada fácil a la amistad.  Yo le acusé de que nunca me llama, de que era yo quien tenía siempre que descolgar el teléfono o proponer un plan. Se dijeron algunas frases como: “pues, chica, seré uno de esos amigos a los que llamarás menos y menos hasta que termines por no llamarme nunca más”. Pensé que era una descripción certera de cómo es la vida. También que esa es una descripción perfecta de cómo no quiero que sea mi vida ahora que sé lo que sé (porque no me han quedado más cojones que aprenderlo). Puede que la vieja Lea acabase dejando de llamar. La nueva, jamás. La nueva sabe que esperar la reciprocidad en la vida es una suerte de piedra filosofal.  No quiero perder a este amigo, no quiero perder a ninguno, ni siquiera a aquellos que no conocen la importancia de la amistad. Aquellos que son como era yo porque un único amigo me bastó durante tantos años.
Es inevitable, claro, que alguien crea que la amistad es sólo esta red que necesito ahora, en tiempos malos. Que cuando el cielo se ilumine de nuevo, la descartaré como antaño. Habrá quien crea que los amigos son para mí como troncos pasivos a los que me engancho hoy, en esta riada de emociones. Pues no. Esto de la amistad ha resultado ser todo un descubrimiento, provocado, sí, por mi inicial necesidad de agarrarme.
Cuando desaparece la inspiración para escribir, leo una buena novela y las ganas y el entusiasmo literario vuelven como por ensalmo. Cuando me resulta difícil vivir, llamo a un amigo. Mis amigos son como las novelas con la magnífica diferencia de que los amigos son de verdad.

martes, 14 de agosto de 2012

Las palabras cándidas

Recuerdo una conversación sobre la palabra inglesa “candid”. Un político británico -creo recordar que Cameron cuando aún era líder de la oposición- hacía unas declaraciones en las que comentaba que tal o tal persona era generosa y cándida. A mí me sorprendió que utilizara el adjetivo “cándido” como un elogio. Hice un comentario al respecto. George no entendió mis objeciones al término. Le expliqué que si bien en castellano, cándido es una persona sin dobleces, la acepción más generalizada del término es ingenuo, fácil de engañar, “uno que no se entera, vamos”. George me explicó a mí que en Inglés tiene un significado muy diferente. Ser candid es ser sincero, franco. Candid es aquella persona que no se calla lo que piensa por cuestión de principios. Uno que es candid es generosamente abierto. Honesto sin que nadie le ponga entre la espada y la pared para decir la verdad aunque esa verdad pueda ser utilizada en su contra. Opuesto a la maquiavelia, los dobleces, las máscaras y los fingimientos. Candid es espontáneo. Sin preparar, sin trucos, sin teatro.
En español, le expliqué yo, aunque su acepción primera en el diccionario es “persona carente de malicia o doblez”, cándido es principalmente un término desdeñoso. Como decía, “se aplica a la persona que es inocente e ingenua”. Y ser ingenuo nos han enseñado, es un defecto. Más o menos como ser tonto. Los inteligentes que se precien tiene dobleces, son complejos. Los simples… simples son. Un inteligente simple suena a oxímoron. Un inteligente simple parece tan imposible como una espada de acero forjado hecha de madera.
Ya que mi vida se ha vuelto del revés y tengo excusa para hacer cosas diferentes, voy a ser cándida: antes, como buena mujer inteligente, yo era enrevesada, maquiavélica incluso. Espadas y armaduras. Hoy aspiro a desbrozar el monte en busca de la simplicidad, la honestidad constante y la candidez. Me doy cuenta de que llevo muchos años buscando la máxima sencillez en mi escritura. Es complicado buscar simplicidad. Lleva horas de revisión. Eliminar lo superfluo requiere un gran esfuerzo. Cuando releo lo que escribo me esfuerzo en convertir tres palabras en una. Quito perífrasis inútiles. Vuelvo sobre las frases. Peino vocablos para tocar lo básico. El corazón. ¿No sería buena idea aplicar este esfuerzo artístico también a mi forma de ser? La energía de la complejidad y la de la simplicidad luchan en mí desde hace tiempo. Me siento un poco como un Aniken Skywalker -¿se escribe así?-de andar por casa, tratando de entender cuál de las dos fuerzas es más poderosa. Unos días todo apunta a que con dobleces y jugadas de ajedrez y brillantes planes y esconder cartas y sonreír cuando uno quiere llorar o callar una gran verdad, todo es más admirable e inteligente y por tanto mejor. Otros muchos días, los más: es obvio que no, y les cuento con el corazón en la mano a mis amigos cada una de las cosas que pienso o siento, haciendo humilde alarde de candidez. Hasta ahora, siempre que lo he hecho, he sentido no sólo alivio emocional, también moral. La candidez y su poderosa fuerza, me dan un nuevo punto de vista con el que encontrar soluciones en tiempos difíciles y me digo que sí, que si de verdad soy inteligente, sin duda debo intentar volverme simple para ser y hacer feliz.
No llega fácil la candidez. Lo primero que hace nuestro entrenamiento, educación, el eco de las reconvenciones de nuestros padres y de nuestros aprendizajes adolescentes es gritar ¡cautela!, no hables más de la cuenta, no le des armas al enemigo. ¡Qué locura mostrar tus debilidades!, inseguridades, miedos al otro, porque eso el otro lo utilizará, seguro, contra ti. Acógete a la quinta enmienda o te arrepentirás. “No seas cándido”. No seas gilipollas.

Sí, estamos programados para pensar que ser cándido es ser algo bobo, porque ya digo, casi siempre, a más inteligencia, mayor es la estructura que nos construimos de defensas emocionales, andamiaje de armaduras, dobleces, puertas que se cierran a potenciales ataques de los demás y escalas que se recogen en el castillo de nuestra intimidad. Pero un castillo es una maravillosa defensa y también la más segura cárcel de nosotros mismos.
Cuesta decir: perdone, estoy perdido o… disculpa, yo te quiero.  O me colé, tenías razón. Sienta bien que a uno le den la razón. O, hijo, disculpa, la verdad es que no tengo excusa para llegar tarde. Simplemente, calculé mal…
Las palabras cándidas son abracadabras que desarman cualquier enconamiento o suspicacia. Borran reproches de culpa y frases de autodefensa llenado la vida de simplicidad. La perfecta simplicidad de la candidez abre las puertas del alma, baja los puentes levadizos de mi cárcel con almenas y como un “ábrete sésamo” mágico me deja entrar sin ruido y cañonazos en el fondo de las personas.