jueves, 29 de octubre de 2015

"NO TE VAYAS SIN DECIRME ADIÓS"

Tuve una infancia literaria. Nací, como hace todo el mundo, y del hospital me llevaron a un piso cerca de la ribera del Manzanares que estaba lleno de libros. Las librerías color cereza aún forran toda la casa y desarrollé en ese hogar de mis primeros veinte años una explosiva alergia a los ácaros del polvo.
De 1972 a 1975 empecé a tener uso de razón y hasta una cierta capacidad de memoria permanente. Mi padre era lo que hoy llaman ejecutivo de TV (aunque nada que ver) y se convirtió en lo que en aquella época llamaban "Jefe de dramáticos y culturales de TVE". Su departamento se ocupó de poner en marcha series como Los Pícaros, adaptaciones literarias de las mejores obras de Tomas Mann, de Valle-Inclán, de Chéjov. TVE hizo aquella joya: "La Cabina", con dirección de Antonio Mercero y guión de Jose Luis Garci. Se puso en marcha "El hombre y la tierra" que duró media vida y "Curro Jiménez", que era fabulosa. El modelo televisivo de esos pocos años fue el que mi padre admiraba: la BBC. Después de aquello, en 1976, un jefazo le preguntó por un pasillo si él sabía quién podía hacer un programa de libros. Mi padre no lo dudó y respondió: yo. Yo lo haré. Así empezó "Encuentros con las artes y las letras" que un año más tarde se convertiría en "Encuentros con las letras". Yo tenía 6 años. Cuando terminó Encuentros, al fin de la transición, yo tenía 12 años. Encuentros fue mi infancia. Mi patria es mi infancia. Encuentros es un país que he visitado regularmente durante toda la vida y que unió para siempre en mí alma dos conceptos que normalmente no van unidos: literatura y televisión. Soy profundamente televisiva y necesariamente literaria. Esto se lo debo a mis padres, los dos, que sin saberlo, criándome entre cámaras y voces culturales, me han dado, digamos que por ósmosis, una profesión y una forma de vivir, porque la cultura es una vida. Cultura es un contexto. Cultura es un mapa y una red. Cultura es un lugar lleno de interés.
"Encuentros" duró cinco años, de 1976 a 1982. El propio director del programa decía esto con motivo del programa 200:

CARLOS VÉLEZ. El País, 1 de mayo 1980: "Durante estos doscientos programas pasaron por Encuentros más de mil autores, con una media de treinta minutos por intervención y el 90% de ellos en una sola ocasión." La cultura no tiene por qué ser contada con chistes y chascarrillos. Algunos pretenden que seamos más divertidos. Divertidos tienen que ser los programas humorísticos o similares. Intentar casar la risa con la cultura es la causa de que TVE se caracterice por la superficialidad que afecta a la mayoría de sus programas. Un programa de estas características tampoco tiene que ser un escaparate con libros, para eso ya están las librerías". (Artículo firmado por Pérez Ornia, con motivo de la emisión del programa número 200 de Encuentros).

Hace poco me preguntaba mi querida Anna Maria Iglesia qué es para mi la cultura. Como ya lo he contestado, no voy a repetirlo aquí, pero sí voy a decir lo que creo que debería ser la cultura en TVE, que es nuestra cadena pública sin publicidad. Debe ser lo que nunca ha sido, lo que nunca fue -con la excepción de algunos programas-milagro de debate o entrevistas que se han convertido en míticos por el placer y la transmisión de pasión que daban al público más insospechado. Programas que fomentaban la cultura no mostrando la última representación teatral o el último libro de un autor famoso, sino mostrando a varios hombres y mujeres enamorados de los libros hablando y debatiendo, diseccionando y profundizando en su pasión. Yo entrevisté a mi padre muchas veces sobre aquello. Era mi infancia y me obsesionaba y preparaba un libro. Este fue uno de nuestros diálogos al respecto de la cultura en TVE:

CARLOS VÉLEZ: Lo malo es que en esto de la cultura, los que acosan, los que más vocean, son los detractores. Daba igual que fuéramos a París a ver a Marguerite Duras, que trajéramos a Juan Larrea del exilio o que viniese Günter Grass. Me decían que era un programa muy serio y yo les pedía más presupuesto para salir, hacer entrevistas fuera. Así es como lo hacíamos al principio. Eran monográficos con más salidas, con reportajes, muy periodístico, pero eso era caro y nos empezaron a recortar y a recortar. Luego, me criticaban que era muy estático, lo de las mesas redondas. Les decía que lo veían dos millones de personas. Que era necesario. Que la sabiduría de los humanistas, ensayistas, intelectuales debía llegar a todas partes y haber debate. Les decía: ¿qué catedrático, qué profesor de facultad, qué genio de las letras tiene la oportunidad de hablar ante dos millones de alumnos de una sentada? Y aún más: ¿qué catedrático de universidad tiene dos millones de alumnos en toda su vida?  Fomentar la cultura no es decirle a la gente que vaya al teatro, no es poner en un escaparate la portada de un libro, es hacer que les apetezca ir al teatro, leer el libro, comprar el disco, mirar el cuadro. Fomentar la cultura es que haya alguien que lo cuente con entusiasmo, porque lo vive honestamente, y les contagie ese entusiasmo. ¡Pero qué cojones! Yo no quería fomentar la cultura, quería vivirla. ¡Vivirla! No hay mayor placer intelectual que compartir el gusto por la reflexión sobre los temas del hombre. Vivir la cultura en todas sus versiones es la verdadera democracia.
LEA VÉLEZ: ¿Y tú qué decías a lo de que era un programa muy serio?
CARLOS VÉLEZ: Que sí, claro. Que tenían razón. (Risas)

A mi padre lo saludaban en todas las librerías donde entraba, en Madrid o en Barcelona, en cualquier pueblo perdido por el que pasábamos en alguno de nuestros viajes. Esto, ya digo que me resultaba raro, pero no lo suficientemente extraño como para preguntar: "papá... Estos tíos... ¿Por qué te saludan tan efusivos?" Aunque yo sabía que mi padre salía por televisión, era pequeña, casi nunca veía el programa y no asociaba que él saliera por la tele a la idea de que millones de personas le vieran cada semana. A pesar de todos los libros que le llegaban a casa -envíos de las editoriales con las novedades- papá visitaba varias librerías por semana y compraba. (Siempre compró libros, todas las semanas, incluso cuando ya había dejado de leerlos). Los libros de los que se hablaba en el programa a menudo agotaban sus primeras ediciones. Los libreros lo sabían, los colocaban en lugar preferente o veían Encuentros con lápiz y papel, preparados para la avalancha de compradores que llegarían en días sucesivos sin recordar el título, pero que enseguida serían orientados con perspicacia en la búsqueda de la última novedad editorial. ¿No sería una bendición que hubiera un programa así hoy día? Lo que más me gusta al escuchar las cintas de Encuentros (tengo cintas, sí) es reconocer la personalidad de mi padre en la línea editorial, en la pluralidad, en la irreverencia, en la peculiaridad. Todo lo que se dice, se ha dicho también en casa. Encuentros con las letras era a mi padre lo que la obra a un autor. Un reflejo de su vida. Una biografía fragmentada. "La política", lo diré así en genérico, arremetió contra su peculiaridad, contra "estos señores que se miran el ombligo hablando de Suetonio, de Montaigne o de estilística, pensando que un programa de libros que funcione lo hace cualquiera y "la política" (enorme sombrero bajo el que en realidad hay sólo unos pocos mediocres) se cargó el único programa que verdaderamente ha ayudado a propagar y a prosperar el negocio editorial y el "negocio" de escribir.
El día en que se presentaba mi novela más personal, El jardín de la memoria (Galaxia Gutenberg) mi padre le dijo a mi madre que se sentía mal, que se iba a meter de nuevo en la cama, que le avisara antes de que marcharse a la presentación de mi libro (él no pensaba ir porque no iba nunca a esas "cosas comerciales").  Posó la cabeza en la almohada y antes de cerrar los ojos le dijo a mi madre: "No te vayas sin decirme adiós". Después murió. Así fue como la presentación comercial del libro de su hija se trocó en reunión de amigos literarios en el velatorio de un hombre que se dejó la piel por incluir todas las voces culturales de la transición y desmitificar el mundo del libro.
"No te vayas sin decirme adiós". Yo no soy de las que se toman a la ligera estas cosas, estas casualidades, las últimas palabras de nadie. Aún sigo reflexionando. Aún sigo tratando de analizar su significado. Aún sigo buscando. Por eso escribimos, creo. Por eso leemos. Por eso miramos hacia las estrellas.

jueves, 24 de septiembre de 2015

PATRIA Y FAMILIA


Me paso el día matando clichés. Es un deporte en el que me inició mi padre desde muy pequeña. Cuando el señor Vélez escuchaba a un español decir "malditos gabachos" (muchos españoles tienen la puñetera manía de meterse con los franceses) él sacaba a pasear el anecdotario. Ponía de ejemplo lo de aquella vez, allá por el 73, en que muy perdidos le pidieron direcciones a una pareja cerca de Tours y estos franceses, amabilísimos, les hicieron seguirles durante una hora desviándose de su camino. Después de esta anécdota, mi madre le quitaba la palabra -todas las familias tienen estas continuidades- y nos contaba lo de esa otra ocasión en París, el día en que desayunaron con el titular de Le Monde "Franco est mort". Al parecer, salieron a pasear y se encontraron con una manifestación en los Campos Elíseos en favor de la democracia española. Mi madre, llena de emoción por el gesto francés, se tuvo que sentar en la acera a llorar.
Cuando un madridista (mi padre era muy forofo del Madrid y del fútbol en todas sus versiones y divisiones) se alegraba de que el Barça perdiese y cayera eliminado en competición europea, mi padre se cogía tremendo cabreo. No soportaba el cerrilismo. Era un hombre del deporte. Aficionado a todos los deportes. Campeón de natación allá por el año 50. Hijo de nadador, hermano de nadadores, padre de nadadores. El divertido pater familias de casa, en su amor por todos los deportes y sobre todo por el fútbol, soñaba con finales de Eurocopa entre los mejores equipos españoles. "¿Qué clase de tonto-bobo aficionado a un deporte se alegra de que un equipo de su propio país caiga eliminado?", decía con una mezcla de simple sentido común y apasionado orgullo patrio. Él siempre fue un amante de la cultura catalana, de la cultura francesa, de la cultura gallega, de la cultura castellana y de la cultura italiana, y lo habría sido de la rumana si alguna vez hubiese visitado Rumanía porque como buen hombre de letras, se sentía unido etimológicamente a todos los ciudadanos romances. Mi padre me explicaba siempre la raíz de cada palabra. No es de extrañar. La única lengua "extranjera" que dominaba mi padre y que había estudiado en profundidad, era el latín. El griego, decía, se le había olvidado, pero el latín no lo olvida un poeta y ya de niño declinaba la palabra "patria" divinamente. Mi padre tenía tantas visiones de una sola palabra, por ejemplo "patria", porque había estudiado en un seminario y era ateo y había jugado al fútbol con otros niños del internado, en la playa de Comillas, vestido con sotana. Sí, con sotana. Los niños internos en el seminario vestían sotana de cura, como sacados de una película de Louis Malle y daban patadas al balón arremangándose las faldas. ¿Cómo se puede ser del Madrid y odiar al Barça o cualquier otro equipo o cualquier cosa después de eso? Así que ya digo, yo desde pequeña vengo matando clichés por pura herencia  de padre, porque copiamos el ejemplo, porque lo asumimos, porque interiorizamos el antídoto al prejuicio. El mérito no es mío, es de mi padre que siempre me dijo: cliché-malo, pensamiento poliédrico-bueno. Más sentido común. Necesitamos demoledor, simple, sentido común. Ahora hay españoles catalanes que se quejan de que los hemos maltratado y hay españoles de otras provincias que se ofenden muchísimo y que dicen que de eso nanai, que los hemos querido como hermanos. Luego están los españoles despreciativos, cansados, con miedo, que dicen: "que se vayan de una vez, que me tienen harto" (estos últimos son los que dejan de hablarse con su hermano, se juntan con él a cenar en Navidad y acaba la fiesta a puñetazos). Y luego estoy yo, y muchísima gente como yo, porque digo yo que habrá muchos como yo. No tengo la arrogancia de creerme única y habrá más hijos de niños que jugaron al fútbol en el año 1941 en la playa de Comillas vestidos con sotana... o similar. La gente que como yo pensamos que ya está bien de verdades a medias, de demagogia, de clichés porque el ambiente está contaminado.
Hace año y medio, cambié a mis hijos de colegio. Lo veía muy lleno de clichés. Los padres se ofendían por juegos inocentes tomando la parte por el todo, la inteligencia y la diferencia no eran bien recibidas, la ñoñería campaba a sus anchas, los niños volvían a casa preguntándome si su padre muerto estaba sentado en una nube, en fin, no entraré en más detalles. La cosa es que los cambié. Richard tenía 4 años y se quedó conmigo en una salita del colegio, esperando mientras rellenaban unos papeles. En la pared había un mapa político de España y sucedió esto:
-¿Qué es eso, mamá?
-Un mapa de todas las provincias de España y sus comunidades autónomas. Se llama mapa político porque vienen los nombres de todas las regiones, ¿ves? Ahí está Galicia, Ahí está Andalucía, esta de aquí es Cataluña...
El niño miró muy indignado y replicó:
-¿Cataluña? ¿Cataluña? ¡A mí no me gusta Cataluña!
Quedé muda. Sobrecogida. ¿Toda la vida matando clichés para esto?
Sabemos cual es el debate. Los votantes saben bien lo que van a votar. Se han dicho cosas desde casi todos los ángulos. Han hablado los catalanes que se siente españoles, los catalanes que jamás se sintieron españoles, los españoles que viven en Cataluña, los españoles que niegan que nunca se les haya maltratado, los historiadores catalanes, los escritores catalanes que escriben en castellano y los escritores que se ven forzados a escribir aunque no quieran. Lo que no he oído todavía es a ningún castellano, madrileño o andaluz o español de Cataluña para acá, decir que el prejuicio contra los catalanes es una realidad nacional, como lo ha sido siempre el prejuicio contra los andaluces, los vascos, los gallegos, los madrileños o el prejuicio de los de un pueblo contra el pueblo de al lado. Imagino ahora a otro niño mirando el mapa en algún colegio catalán. Lo veo preguntando lo mismo que preguntó el mío y su padre diciendo, esto es un mapa, aquí está Cataluña y esta parte es España. Imagino a ese niño diciendo con total inocencia: "¿España, España? A mí no me gusta España." Y no, yo no me paso el día matando clichés para esto... Y sin embargo... orgullo patrio. ¿Es un cliché el orgullo patrio? A veces se despierta el orgullo patrio y me pongo furibunda, como se ponía mi padre. Luego me calmo y cuando el mal se me pasa, no veo la patria en un país, la veo en su etimología.  Me convierto en mi propio padre. Soy la mater familias. Incluso escucho otra conversación infantil:
-Mamá, ¿qué significa "madre patria"?
-Es una expresión coloquial para hablar de la patria. El lugar en el que hemos nacido o al que nos sentimos vinculados por cercanía, cultura o familia. Viene de pater. Padre en latín. De ahí que en otros idiomas se diga father, padre, pai, pare, père...
-¿Entonces, patria significa "padre"?
-No para todo el mundo. Pero para mi... creo que sí.
-Mamá, pues si patria significa padre, la madre patria debería de significar "familia" en latín.

jueves, 27 de agosto de 2015

RUTINA


Vidas de arena,
Danza encerrada
En una cápsula
Playa hermética,
y costas de aire
Muebles, una pared
hiedra fresca, el árbol triste
Vegetación abúlica, vegetación obesa
Cae y vuelve a caer, ¿no lo viste?
siempre la misma lluvia automática
Y la misma arena suelta
Cautiva por el hombre que
Es el propio hombre cautivo
por el cristal cultivado
De la rutina, del agua y la arena
Y de la cena a las nueve
Y del pan de silencio
sobre esta mesa gastada
De la vida perfecta.

miércoles, 26 de agosto de 2015

NATURALEZA ETERNA EN UNA BOTELLA


Cultura.
Puzles de mar
Marie Celeste.
Ecos en habitaciones derruidas de la mente
Barcos de míticos misterios entre las ondas de mi pelo.
Conchas rotas sobre una almohada. La tuya.
Poemas hallados en botellas anónimas.
Botellas hermosas, llenas.
Para sacar el poema debo romperlas
Machacarlas
Cultivo cristales en las venas.
Llega una mariposa.
Su vuelo es pura métrica hipnótica.
Yenca del insecto con máscara de carnaval.
¿Quién dijo esto? Un poeta, es igual.
Pie quebrado con alas.
Rostros pintados de colores, ciegos.
"Matamos para disecar"
Las mariposas temen ser agarradas por la cintura
No quieren ser asesinadas y guardadas en botellas.
Esto es de Mihura.
Hay que ser muy pequeño para volar.
La botella de Wordsworth, de Yeats, de un poeta mal traducido.
Polvo de mariposa en los dedos, centellas.
Campanillas y estocadas de Walt Disney
Bellezas muertas, naturalezas rotas,
Alas desportilladas.
Mi nombre no me dice nada
Y para ti es imperativo aliento,
La mariposa es tan alegre
enmarcada en su vitrina...
Muerta.

viernes, 5 de junio de 2015

EL TEST



Ocurre que esta mañana me acecha la jovencísima psicóloga del colegio en un pasillo. Me dice que a los niños de tercero de infantil (5-6 años) les han hecho pruebas de capacidades y que Richard ha puntuado muy, muy bajo. Que si podemos hablar. ¡Claro! Dice esta madre preocupada y abnegada. Abre una puerta y Kafka entra con nosotras en la habitación. Mi autor favorito se queda observándome irónico, socarrrón, desde un rincón mientras me siento en una sillita metalica de colegio que me hace sentirme muy, muy mayor.


Como ya he anunciado, lo primero que me explica esta muchacha es que el de 6, (el pequeño de mis dos hijos, el que me pregunta por las partes del corazón, por los huesos del tímpano, por la dermis y la epidermis y por la flauta Mágica de Mozart, ese) ha puntuado bajísimo en un test lleno de conceptos la mar de simples que debería conocer. No es que lo haya hecho mal es que ha puntuado como si no supiera nada de nada. Yo asiento seria, cada vez más preocupada. Llueve sobre mojado. Mis hijos son verdaderamente peculiares y tenemos muchos extraños incidentes con pedagogas y psicólogas y líos de adaptación y como yo esto lo viví en carne propia ya en mi infancia, me echo a temblar pero en silencio, la dejo hablar. Sigo escuchando. Me explica la buena psicóloga con agónica lentitud que al parecer, Richard ha puntuado tan, tan, tan bajo que está 45 puntos por debajo de la media y eso que, según ella, el niño entendió genial todo lo que debía hacer en el test y lo realizó muy motivado. Kafka comienza ya a hacerme muecas desde el rincón, como hacía mi marido cuando yo hablaba por teléfono con alguna burocracia en lugar de coger el teléfono y hablar él. Yo ignoro a mi invisible marido -¡Cállate Kafka! Él se calla y yo no digo ni pío. Eso me propongo. Escuchar y  ni pío y yo la escucho. Me saca el test y la escucho. (Por prudencia, no le digo a la psicóloga que yo veo a Kafka ahí metido con nosotras en ese cuartito, porque sé que no comprenderá la metáfora y que tomará la parte por el todo y la imaginación por chifladura. No, no le hablo de mi peculiar sistema educativo, ni de la risa, ni de los escarabajos, ni de los tímpanos, ni de la dermis y la epidermis. No. Ya he pasado por reuniones como esta muchas veces y por amarga experiencia sé que las risas llegarán al final y llegarán de parte de algún concepto escolar inimaginable, inimaginable, y darán lugar a un post como este. Bare with me que ya veréis que es guay. No adelanto acontecimientos.) Estamos con el test. La psicóloga me repasa cada ejercicio del test. Yo lanzo la mirada sobre aquello. Ella dice que son dibujos. Yo veo una serie de imágenes impresas en un papel, sí, de elementos esquemáticos, pictogramas muy básicos, del estilo del caballero pegado en la puerta del retrete. Es un test a base de pictogramas tan básicos todos, tan esquemáticos, que no los entiendo. No entiendo lo que veo. Ella debe explicármelo. Dice que son palabras pero no, no son palabras: son dibujos feos. Ella insiste en llamarlos palabras. Yo no les daría la categoría de "ilustración"· y menos la de "palabra" y empiezo a sentir el problema de siempre. We are lost in translation. El problema de la semántica. Soy extranjera en mi propia patria y ella le llama "palabras" a esos pictogramas feos y yo debo estar de acuerdo aunque solo veo jarras que no parecen jarras, leones que no parecen leones y tal y tal. Sigo desconcertada, ella me va diciendo las preguntas en las que falló el niño, trato de analizar rauda esas cosas que no parecen cosas y que para ella son palabras -pero que no son palabas- y que no son tampoco dibujos (lo que entendería un dibujante por "dibujos") pero que llamaremos dibujos para abreviar. Me pregunto si soy idiota, rechazo la idea por absurda, Kafka se ríe. Seguimos.

Una de las preguntas tiene cinco posibles palabras respuesta. Solo una de estas palabras -que son dibujos porque ahí no hay palabras- es la respuesta correcta. La respuesta correcta hay que tacharla con una cruz (¿así de idiota?, ¿Tacharlo?, sí así). De los cinco pictogramas que ella llama palabras, sólo recuerdo tres porque para mí esos dibujos no tienen el menor significado. Sí recuerdo una suerte de futbolista con el balón en el pie y un padre amoroso con dos niños pequeños que se abrazan a él. La pregunta es: señala la imagen que representa la palabra "grupo"... Me quedo mirando cada dibujo y pienso "Xavi Alonso" "El padre que querríamos tener, el padre que perdimos..." ¿Grupo? No, yo no veo la palabra "grupo" por ninguna parte, ¿aquí está la palabra grupo? No me extraña que el niño no supiera responder esto... Grupo, grupo... Y entonces, claro, caigo en que el padre amoroso con dos hijos, que en mí evoca tantas emociones, no es "padre amoroso con sus hijos", es "grupo". Me acuerdo de la psicología de la poética de Carlos Bousoño y de como los lectores creamos fantasmagorías con la mente que hemos de destruir constantemente y recuerdo la fabulosa importancia que estas fantasmagorías tienen en el lenguaje simbólico. Sí, eso pensé, lo juro. En Bousoño. En la estilística y en las metáforas y en la poética. En Aleixandre: "la muchacha pasaba no rauda, sino deleitable" En una vida entera de bromas, metáforas, dobles sentidos. Desde su rincón, Kafka echa a rodar los ojos, dándome por imposible. Hasta yo echo a rodar mis propios ojos dándome por imposible mientras ella sigue pasando paginas del test y me digo: "No es mundo este para viejos ni para poetas". Miro a la psicóloga. No ha dejado de hablar. No creo que sacarle el tema de la poética o de la estilística sea buena cosa. Kafka me manda callar. Me trago a Bousoño, me trago al padre amoroso con los dos niños del dibujo que es un pictograma feo que supuestamente representa una palabra para estos pobres desgraciados niños de seis años que aún no saben leer y que han de ser testados con una mierda de test. La palabra "grupo" aletea como un puto cuervo loco. La palabra "grupo" destruye un perfecto y delicioso deseo de padre amoroso con dos hijos. No quiero grupos, quiero padres amorosos. Quiero llorar. Kafka me coge de la mano. La aprieta con fuerza. Sonrío. La palabra grupo al fin destruye eso que mis hijos y yo querríamos tener. Eso que hemos perdido y que desearíamos por unos días. Un padre para mis hijos que se encargue de hacer callar a las psicólogas obscenamente jóvenes que todo lo saben. El niño de seis años sin padre, ha dejado la pregunta en blanco y la psicóloga se admira de ello. "No supo encontrar grupo" ergo no conoce la palabra "grupo." Kafka le grita: ¡Sofisma! Yo le lanzo el zapato. Kafka se sienta y se calla.

La abnegada psicóloga y yo, que cada vez me creo más loca, seguimos repasando cada pregunta del fucking test y el proceso se va repitiendo con las demás preguntas. El niño, verdaderamente, no ha dado ni una. La ultima parte del test es de psicomotricidad. Ahí, yo sé que mi hijo es un puto genio. Un genio loco. Un esquirol del muermo. Sabe escribir en los dos idiomas divinamente y se le dan genial los puzles de lego. Pero no. También ha fracasado con el lápiz. Ella me explica que Richard tiene problemas de psicomotricidad (control del trazo) porque lo que a mí me parecen círculos normales y corrientes hechos por un niño de 6 años, no lo son según el baremo que se aplica en el test. Parece que no todos los círculos están completamente cerrados. Hay alguna que otra argolla abierta. Algún redondel abollado. Me pongo ya un poco cerril pero no tengo razón, no la tengo. Soy cerril y eso es malo. Hay que saber cerrar el redil y no ser cerril, o se nos escapan las ovejas y ya sabemos qué es lo que pasa con las ovejas cuando se escapan: que se tiran por los barrancos las muy gilipollas. Los trazos de mi hijo no son circunferencias perfectas y eso no es buena cosa. Es mala, mala cosa. Este niño no vale para pastor de ovejas -susurra KafkaYo asiento, agobiada. No, no vale. El tío dibuja circunferencias abiertas. Esto es grave. Le pregunto a esta muchacha (que es veinte o veinticinco años más joven que yo y debe saber muchísimo) si el niño comprendía que le iban a descontar puntos si no cerraba completamente los círculos. Quiero saber si estamos midiendo la calidad de su trazo o de su desobediencia. Ella no me entiende. Insisto con un ejemplo. Le pregunto que si  el niño sabía que los círculos estaban llenos de ovejas que se podían escapar del redil y tirarse a un barranco... Ella me mira raro. La cosa no es ni un sí ni un no. Tenemos, esta muchacha y yo, una larga disquisición sobre la esferidad de los círculos a edad temprana, sobre la plenitud de los círculos a edad temprana, sobre la bondad de un esquema o de un pictograma descontextualizado en edad temprana en favor de la rapidez o la perfección obsesiva y circular, de la pulcra lentitud a temprana edad. Por suerte, establecemos que no ha muerto ninguna oveja y consigo hacer que sonría. Mientras tanto, Kafka, pluma en mano, toma notas frenéticas para un relato (que igual escribiré yo). Después, pasamos al tema de la la raya. Sí, sí. Hemos pasado ya de los círculos pero aún nos queda la raya. LA RA-YA.


La firme raya de mi hijo de seis años recorría cual kamikaze el interior de la pauta quebrada (es una pauta quebrada, claro, no se lo van a poner fácil). Al llegar al diente de sierra -que diría un economista-, la raya kamikaze de lápiz se sale un poco para descender por la autopista de la pauta como el crack del 29. Si hubiera sido un coche en la M40 habría pisado la línea sonora del arcén, me digo antes de su caída en picado. Nadie habría muerto. Me congratulo. Pero enseguida me agobio porque la realidad es que si la pauta (el renglón para entendernos) fuera la Gran Cornisa y yo una madre tan loca como para darle el volante a un niño de seis años... estaríamos todos muertos. No se habría salvado ni dios. El fracaso del simulacro es claro. La raya se ha salido de la pauta y estamos todos despeñados como las ovejas que se escaparon del redil. Esto es una carnicería. No tenemos padre amoroso, tenemos un "grupo" que no vemos, nos hemos despeñado como Grace Kelly en la costa Azul Francesa y Kafka se ríe, se ríe, se ríe de mí. He ahí el problema, me dice ella. Kafka me da una patada: ¿Cómo? le digo- El trazo firme, intenso, decidido del niño... roza la pauta, ¿lo ves? Se ha salido esto me dice, lo juro-. Recuerdo que seguimos vivos, que no somos ovejas, sonrío por dentro a pesar de que el policía de la pauta me informa de que tocar pauta con el lápiz descuenta puntos en el test. Que es una infracción en el test. Que no se vale. El de seis años tenía instrucciones claras de hacer una raya temblona, lenta y perfecta, (raros conceptos para mí no veo como pueden ir unidos, pero qué voy a saber yo) para no rozar la pauta. Me quedo con ganas de ir a Montecarlo y de darle una hostia al primer pastor de ovejas que se cruce conmigo. Sonrío. Miro de nuevo la raya, la pauta, los diez círculos cerrados, los cuatro o cinco abiertos y abollados. Pienso en mi dulce niño rubio que se sabe los huesos del oído. Le gustan los tímpanos y los músculos de la lengua. Miro al padre esquemático y amoroso que abraza a dos pictogramas-niños. Miro la raya decidida a lápiz de mi hijo, recta como la flecha de Guillermo Tell, como la espada del Cid Campeador, como el cipote de Archidona. No puede haber madre más orgullosa de una raya mal hecha. Y he ahí el problema. Que estoy orgullosa de su raya. Orgullosa y decidida a ayudarle a matar ovejas con mis lapiceros en la Gran Cornisa de Monte Carlo. Caigan las pautas que caigan (he dicho pautas). Le digo a la psicóloga lo que opino de su test y Kafka se marcha porque tiene prisa por ponerse a escribir.


domingo, 22 de marzo de 2015

EL VALOR DEL AUTOR


Esto me ha pasado de verdad hace dos días. Imagino que le está pasando a otros compañeros guionistas, músicos o realizadores. Os pido que denunciéis los hechos a vuestra asociación profesional o sindicato y también a vuestra sociedad de gestión. La carta que reproduzco es real. Se la escribí yo al jefe de producción con el que había llegado a un acuerdo por la venta de una idea original para TV. He quitado los nombres de los implicados. Quién quiera saber de qué productora se trata, puede enviarme un mensaje a través de las redes y le contestaré por privado.

Querido productor,
Sintiéndolo mucho, no acepto la oferta que me hiciste de compra de derechos del proyecto de TV que os presenté el otro día. Es decir, que retiro mi idea de vuestra productora. No es una cuestión de renegociar condiciones. Es una cuestión de puntos de vista. Vosotros pensáis que las series las vende una productora y yo pienso que las series las vende una buena historia. Como me pides explicaciones y me dices que no entiendes bien qué me ha pasado y quieres reunirte y yo no tengo la menor intención de dejarme convencer, te lo explico por carta.
Mi idea me parece demasiado buena para nacer muerta. Tras la reunión que tuvimos -en la que he de decir que fuiste extremadamente educado, ningún reproche en ese sentido, de verdad- he dormido mal, he comido mal y por más que piense que hay una crisis, que igual las cosas están difíciles, no quiero vender en las condiciones que me ofreces, que son las de ignorar qué es o para qué sirve un autor.
El futuro del proyecto murió en la primera reunión de producción. No fue una muerte fulminante. Todo empezó cuando me dijiste que si la cadena pedía un tratamiento, yo debía desarrollarlo con otro guionista.
-Ya pero, la idea es mía... ¿No debería decidir yo si lo escribo con otra persona?
-No. Aquí todo se escribe entre dos personas.
-¿Y en quién habéis pensado?
-Eso ya se verá. A uno que escojamos.
-¿Y no puedo… escogerlo yo?
-No, porque nosotros llevamos la producción ejecutiva. Así que ese otro guionista es cosa nuestra exclusivamente.
Me quise levantar, ¿por qué no me levanté? Pensaba en la primera página de mi proyecto, que era una declaración de intenciones sobre la autoría del guionista, muy en plan Jerry Maguire... La primera página del proyecto es el alma de la serie que queríais comprar y que supuestamente os había encantado... y tú me decías esto de un guionista traído por el artículo 33 y yo no daba crédito. Hubo bastante forcejeo por mi parte: que si al menos me consultaríais, que si yo es que hay gente con la que no trabajo bien, que si tal… pero nada cuajó y tragué con esto del guionista “a ciegas” muy poco satisfecha. Entonces llegó la segunda cosa tremenda, que ni mucho menos es la más grave. No, no es la más grave, porque la tercera cosa es fenomenal. En este segundo punto me explicaste que si se decide escribir un guión piloto y la cadena no paga el desarrollo (cosa más que habitual), yo lo escribiría como debe escribirse un guión piloto: con su técnica, su escaleta, aplicando en él mis veinte años de experiencia, mi habilidad para el enganche, la más extraordinaria imaginación posible, las horas de sueño y reescrituras, sus diálogos brillantes, su alma, su total profesionalidad, su entusiasmo, las horas de reuniones y sugerencias y cambios, las idas y venidas, la creatividad, la ilusión. A cambio de todo esto, vosotros ponéis el 25 por ciento de su valor. Yo entrego 100 por 100 de trabajo ilusionante, vendedor de una serie a una cadena, piloto milagroso que dará empleo a un equipo de cien personas y con el que harás el negocio para el que existe tu productora… por el 25% de su precio. El resto, (cifra nada generosa) me será entregado al inicio de la producción, que en el mejor de los casos, si sucede el milagro de la ilusión, de aunar virtudes, de juntar emociones de ejecutivos y productores, de alcanzar la sublime inspiración en la desesperación económica o emocional… no será hasta dentro de… en fin. Vale, no empleaste tantas palabras, pero quería dejar clara la desproporción. Te dije que esto no me parecía nada bien y reclamé el pago total. Si yo te escribo un guión, tú me das lo que vale. Me dices que no. Que no se puede. Que lo tome como una inversión. Yo te digo que inversión sería si la productora fuese una cooperativa y yo socia de la cooperativa. No es el caso. Te digo que el que no está invirtiendo en la serie eres tú. Tu no inviertes, yo te lo escribo y encima tengo que poner de mi bolsillo tres cuartos del valor… tu insistes en esto de la “inversión” y yo te digo sin perder la amabilidad (y quien me conozca puede dar fe de la proeza) que tú estás cobrando un sueldo hoy, ahora y que renuncies tú a tú sueldo hasta que empiece la producción. Te lo digo sonriendo y tú también sonríes, jaja, y me dices que no es lo mismo. No, claro. No es lo mismo. Tú importas y yo no. Tú eres jefe y yo, una indigente de la escritura. No sé si la cadena alimenticia acepta que tú tengas todo el derecho a cobrar por tu trabajo, con tu sueldo, tu seguridad social y tu lo que sea mientras yo realizo mi trabajo por el 25% de mi sueldo cuando además, de este trabajo mío depende en un 100% que se venda o no se venda la serie. Sí señor. De eso depende. De un buen guión. Si la cadena alimenticia acepta esta indignidad, mi dignidad: no. Pero no me levanto. ¿Qué demonios sigo haciendo aquí? ¿Qué me está pasando? Al fin te digo:
 -Tú... no has leído mi proyecto, ¿verdad? Este proyecto empezaba con una declaración de intenciones que habla de lo que es la autoría, la ilusión, el alma de un guión… No puedes haberlo leído porque si lo hubieras leído no me dirías todo esto. Si lo hubieras leído, entenderías que me estás insultando.
Ahí te quedas cortado, pero poco:
-Bueno… no… No lo he leído. Pero es que esto que tú has presentado no es el proyecto, es una cosa que tú hiciste para… un novela…
¿Estamos perdidos en la traducción? Yo en mi mundo de setecientas horas de televisión, sabiendo quien soy. Tú en el tuyo, aplicándome la formula negociadora que empleas maravillosamente con los agentes de los actores a los que pretendes contratar por el menor dinero posible. Sorprendido, me indicas que ya he tenido la suerte, ¡la lotería!, de que una productora se interese por mi idea para “hacer” un proyecto y ¡Es la productora la que arriesga!
Aquí todo está claro, pero yo no me levanto. ¿Por qué digo que sí a todo? ¿Qué demonios me pasa? ¿Por qué no me levanto?
Me pasa que estoy en inferioridad de condiciones, que no tengo poder ninguno, que mis contenidos no se están considerando como la pieza esencial del proyecto. Me pasa que si me levanto, me cierro para siempre la puerta de esta productora y de cualquier otra en la que vuelva a encontrarme contigo. Me pasa que me vienen frases de amigos guionistas a la mente. Frases que son reproches milenarios del tipo: “Lea, eres demasiado digna, a veces hay que tragar”. Me pasa que por motivos que no vienen al caso explicar pero que tienen que ver con la creatividad, llevo a mis hijos a un colegio que me cuesta un fortunón al trimestre, me pasa que soy mujer y eso a veces pesa, me pasa que a veces me dicen que soy dura, me pasa que creo en la libertad como una aspiración inalienable del individuo y también que todos me dicen que esto es una utopía, me pasa que no quiero ser esa loca diferente, la rara que no sabe pasar por los aros en llamas. También me pasa que igual es cierto lo que dice una amiga mía: que todos debemos hacer cosas que no nos gusta hacer y que debo pagar las facturas. Me pasa que todo el mundo acepta condiciones humillantes en un momento determinado, que yo no necesito humillarme y aún así… no sé qué coño me pasa que yo sé ya que este proyecto no se hace, que ha nacido muerto, que puedo permitirme tener dignidad y aún así... Yo no me levanto.

Pero, sigamos. El punto tres merece la espera. Tú no has leído el proyecto, esto ha quedado bien claro. ¿Qué sentido tiene lo que estamos hablando? ¿En base a qué estamos negociando? En vano quiero mantener una brizna de algo. En vano trato de conseguir el 35% del guión en lugar del 25%. Tu respuesta es no. En vano trato de que me paguéis menos dinero por el guión piloto y más porcentaje de partida, por pura dignidad, por puro principio. Pero no. Todo es inamovible. Lo tomas o lo dejas.  Y yo… lo tomo. Lo tomo deseando salir de allí… Pero aunque me has matado tres veces o cuatro, no hemos acabado. Llega la guinda del pastel. El punto número tres. Me informas de que hay un tema más del que tenemos que hablar. Os gusta dejarlo todo atado para que luego no haya malentendidos… Me dices:
-Ahora está el tema de los derechos de autor.
Salto como un resorte. ¡De ese tema yo no hablo en el despacho de un jefe de producción! Pero insistes en que te escuche. El forcejeo verbal dura diez minutos. Yo que no y tú que sí. Tú me das argumentos de por qué sí y yo te doy todos los argumentos morales y legales y semánticos de por qué no pienso hablar del asunto. Al fin, me fuerzas la mano, como con todo lo demás (¿por qué no me levanto y me largo?) y me cuentas que el productor ejecutivo (principal socio de la productora, el jefe supremo, el que está encantado con mi idea y que sí se la ha leído y que a ti te paga el sueldo y que me pagará el mío –de tenerlo, algún día, no se sabe cuando-) trabaja mucho en las series que hacéis y opina mucho y “mete la cuchara” y eso merece un porcentaje de derechos de autor porque lo convierte en autor. Yo digo que no. Que el productor no es un autor. Que no es un problema semántico. Que su trabajo es opinar y por eso tiene un sueldo espléndido y todo el poder de decisión sobre la serie. Que los derechos de autor se inventaron precisamente para compensar esta espantosa precariedad laboral que tenemos los autores y que hace que a veces los productores nos obliguen a trabajar por el 25% de nuestro sueldo. Digo: no. Trataste de calmarme, tuviste que llamar refuerzos. Entró en el despacho otro empleado de la productora. Este hombre me explica que sabe mucho de derechos porque su padre ha producido 150 películas y ha escrito otros tantos guiones (o algo así) y que por tanto él (el hijo, no el padre) es todo un experto. Este muchacho quiere convencerme de que los ángeles tienen sexo masculino, me explica con ahínco y total convencimiento, que el productor es un autor porque opina mucho y me dirá cosas del tipo: “que esos dos personajes no se casen” o tal y cual. Sois dos contra una... y yo no me levanto. Yo aún no me levanto y voy y entro en el debate, como idiota, cuando lo que tenía que haber hecho es levantarme. ¿Por qué no me levanto? ¡¿Por qué coño no me levanto?! Al menos, no trago, no soy tonta del todo, e insisto en que opinar de todo no convierte al productor ejecutivo en autor. Que me dé a mí su sueldo de productor ejecutivo y los beneficios que saque la productora con la serie y se ponga ante la página en blanco y se quede con mis derechos de autor. Tampoco sé por qué no me levanto cuando me decís esta joya de frase: “si el productor por opinar no debe llevarse derechos, ¿por qué entonces se lleva derechos de autor un coordinador de guión?” Madre mía… y me vienen a la cabeza las jornadas de 16 horas, los viernes llegando a casa a las cuatro de la mañana, la escritura de 7000 palabras diarias y no me levanto. Yo-no-me-levanto. El hijo del padre productor-guionista-director (también es director) explica vehementemente que no es justo que los músicos se lleven el 25% por ciento de derechos por cada capítulo de una serie cuando solo hacen la música una vez y se pone la misma música en cada capítulo. Yo le digo que sí, será injusto, pero es lo que hay. Me dice que no tiene porqué ser así, que no está escrito en ninguna parte. Que entre todos podremos hacer un reparto más "justo" con la ayuda del productor. A dos manos, el experto por parte de padre y tú, me aclaráis e ilustráis con esquemas en un papel, que los músicos (qué cara tienen, ¿eh?) no se merecen este porcentaje y ya hay productoras o cadenas que les obligan a cederles parte de sus derechos de autor a la firma del contrato. Esas productoras les dan, digamos, un 5% por ciento (¡Les dan!) y la tal productora o la tal cadena registra el resto de los derechos como propios. Así que como ves, nosotros somos legales, me dices, porque nuestro productor solo se llevará un pequeño porcentaje de todos los autores, un porcentaje que “ya veremos cuál es” y que saldrá de un reparto verdaderamente equitativo y que además no incluirá robos de derechos de autor por parte de esta productora como hacen otras productoras. ¡Y yo no me levanto!
Pero sí que levanto la voz. Me pedís que me tranquilice, que igual no lo estoy entendiendo, que este porcentaje que se llevaría el productor por opinar de todo muchísimo no saldría solo de mi parte de idea original sino del montante total de todos los autores, incluido el del músico (este músico que tiene tanto morro). Me decís que el porcentaje sería mucho más beneficioso para todos los autores (excepto para el músico, claro). Y entonces sucede algo terrible: me calmo.
Habéis tocado el resorte de mi avaricia y estoy a punto de entrar en vuestra corrupción. No me levanto y se me cae la cara de vergüenza de no haberlo hecho. No hay guionista de serie diaria que no piense que el porcentaje dedicado a los derechos del músico no sea exagerado, teniendo en cuenta que yo tengo que escribir cinco guiones por semana y el músico solo una música (esto luego no es tan así)… Así que sí. Ví los beneficios de la jugada: si el productor ejecutivo hace de árbitro con el reparto, le quitaremos al músico esta parte que no se merece. Esto es terrible.
Terrible. Los derechos autor han sido un anillo de Gollum de saldo. Me consuela pensar que hasta Frodo dudó y flaqueó por un instante. Porque fue la avaricia de un instante. La puerta a un lugar asqueroso por un instante. Estaba tan humillada por haber aceptado todas las condiciones anteriores que casi caigo en vuestro juego. Hice algo de lo que me arrepiento: sabiendo con el instinto que con todos estos puntos de partida morales la serie ya estaba muerta antes de haber nacido, te di la razón en todo. Me dije: les haré el proyecto y adiós. Eso pensé. Al llegar a casa, claro, entendí que tenía que haberme levantado y cambié de opinión. Quizá, si te lees la primera página del proyecto que os entregué, igual te queda todo más claro:

“Mi nombre es Lea Vélez y soy guionista de TV y novelista. Aunque llevo muchas series de TV a mis espaldas, esta es la primera vez que escribo un proyecto en primera persona. Después de casi veinte años alternando la escritura para televisión con la novela, me ha apetecido hablar por mí misma y tratar de insuflar a este proyecto, si no cara y ojos, al menos un interés personal del creador por su obra de ficción. Algunos a esto le llamarán “darle alma”. Espero conseguirlo.
A veces me engaño y pienso que para tener éxito solo hay que tener ilusión. A veces claro, comprendo que la ilusión no es bastante, pero aun así yo la busco y me muevo por ella de una forma activa. Todos deberíamos hacerlo. Para mí, la ilusión es generar una buena historia desde el humor, el gusto propio, el alma, la garra, la personalidad del autor, la técnica (por descontado), los años de experiencia, la máxima calidad. Generar una buena historia, digo, que enganche al equipo primero, empezando por la productora, después a la cadena, llegando al director y los actores hasta alcanzar a la gente que es quien “vota” con el mando a distancia. Si eso se consigue, quizá además haya… suerte. El éxito, esa suertaza, ese milagro que empieza no sabemos cómo y que no es otra cosa que una comunión entre lo que sabemos hacer, lo que tenemos que hacer y lo que nos divierte.”
Yo no sé cómo empieza la libertad, pero tengo muy claro, que no empieza así. Yo no sé cómo empieza el éxito pero tengo muy claro que no empieza así. Adiós. Siento haber perdido el tiempo. Al menos a ti te pagan un sueldo por perderlo. A mí, no.
Un saludo,
Lea Vélez