domingo, 15 de mayo de 2016

SOBRE LO QUE NO IMPORTA


Conté en las redes que mis hijos llevan el pelo largo, y que muy a menudo, la gente los confunde con niñas cuando vamos por la calle. En pocas palabras, di a entender que esto es propio de una mentalidad retrógrada y alguien me puntualizó en Facebook que no es una mentalidad antigua o machista, sino que en su modesta opinión, se trata simplemente de un error que comete la gente por una cuestión de realidad numérica. Es decir: que como hay más niñas con el pelo largo que chicos con el pelo largo, la gente mete la pata sin querer.

Sin querer. Estadística. Hummm. Esto, que es un asunto sin importancia, me hace reflexionar sobre la verdadera importancia del asunto. La aseveración es que a día de hoy, en España, por la calle, hay más niñas con el pelo largo que niños con el pelo largo. Que el error nace de la realidad numérica y no se debe a un prejuicio estandarizado. Creo que puede ser verdad, pero también, puede ser, una gran mentira. ¿Quién ha hecho esta estadística? ¿Son los comentarios de la gente fruto de la realidad objetiva del ambiente en que vivimos o son fruto de una realidad inventada? ¿Las opiniones, el modo en que nos comportamos, los comentarios que hacemos sin ser invitados a comentar… se basan también, como en este asunto sin importancia, en realidades numéricas? Hay más niñas de pelo largo. Por eso, por pura costumbre, estamos habituados a ver un ser bajito de pelo largo, vestido de chico, y sin pensar decimos: ¡niña! Supongamos que sí. Que esto es científicamente, estadísticamente correcto, y que hay más niñas con el pelo largo y que somos como perros de Paulov que nada mas ver un ser bajito de pelo largo, ya no nos fijamos en nada más y gritamos: ¡niña! Supongamos que hay más niñas de pelo largo, igual que hay más niños con el pelo corto, igual que hay más parejas heterosexuales que parejas homosexuales, igual que hay más personas con dos brazos que mancos de nacimiento, igual que hay más chinos de la China con rasgos asiáticos, que españoles con rasgos asiáticos nacidos en Chamberí viviendo en la meseta central. Supongamos también que es pura estadística que hay más personas, hombres y mujeres, machistas que personas no-machistas. Si esto es cierto, son los números los que nos están jorobando, no las personas con sus comentarios y sus percepciones de la realidad basadas en hechos empíricos. Los números son culpables y nosotros, unos seres angelicales, inocentes de todo prejuicio. Fin de la discusión. La realidad numérica, la muy cabrona, es la gran culpable de las meteduras de pata, errores, machismos bienintencionados, comentarios racistas o discriminatorios, humillantes o equivocados y para nada lo son los prejuicios y las falsas percepciones de la realidad que se basan en supuestas realidades numéricas. Vale, hago demagogia, pero seguidme la corriente.

Era verano. Aeropuerto de Barajas. Yo viajaba a Inglaterra con mis hijos (los que parecen niñas, porque hay más niñas de pelo largo). Estaba en la cola del control de pasaportes. El joven y diligente policía uniformado me catalogó nada más verme. Nada más ver a una madre sola con dos hijos, el joven policía, diligente y uniformado, pensó: “Ajajá, he ahí una madre sola con dos niños. La nueva ley dice que los niños sólo pueden viajar al extranjero en compañía de uno de los progenitores siempre y cuando lleve permiso por escrito del otro progenitor. Como esa señora, que va con esos niños que parecen niñas, intente pasar por aquí sin el imprescindible permiso paterno, hoy no viaja. No via-ja”.  Llegué ante el policía. Como soy viuda, es de cajón que el muerto no me había dado su permiso por escrito, así que, a pesar de que yo llevaba todos los papeles en regla: el libro de familia, el certificado de defunción, los documentos de identidad… la dichosa realidad numérica había querido que el joven policía nunca se hubiera encontrado con una viuda de viaje con sus hijos. Ahorraré la conversación con el poli diligente, que fue larga, fue de las que forman cola de gente cabreada, y que concluyó con un: “si su marido no puede darle permiso, se lo tiene que dar un juez”. Eso me dijo el policía, con su chapa, su gorra y su porra y su cara de policía majísimo y eficiente de Barajas. Yo era una mujer sola, no tenía marido, mi marido no podía dar el permiso, luego era una mujer que para sacar a sus hijos de España, necesitaba el beneplácito de una instancia superior: ¿Qué hay superior a un marido ausente, que en paz descanse? Un juez. Por supuesto, se demostró que el policía se columpiaba -y de qué manera-. Sí, claro, su error fue provocado por la realidad numérica, la estadística dichosa. Hay que disculpar al joven y diligente policía, que es que lo que pasó es que numéricamente hablando, en el mundo hay más niñas con el pelo largo, igual que hay más niños con el padre vivo, igual que hay más divorciadas que secuestran a sus hijos tratando de cruzar la frontera con libros de familia falsos que padres majos, sin causas con la justicia, que se van de vacaciones a Inglaterra.

La estadística también tuvo la culpa de que el técnico de telefónica que vino a mi casa a reparar el cable roto me dijera: “esta rama del pino igual roza en el cable. Dígale, si eso, a su marido que se la corte”. Coño, qué frase. La voy a repetir: “dígale a su marido, si eso, que se la corte” Un error claramente basado en la realidad numérica. Estadísticamente hablando, hay muchísimos más hombres con experiencia en cortar ramas de pino, que mujeres. Seguro que las estadísticas nos dicen que son los hombres, sólo los hombres, los que se suben a los árboles con el serrucho cuando llega el momento de cortar una rama de pino. No es que yo conozca a muchos hombres de esos. De hecho, pienso en la poca maña que se dan para el bricolaje la mayoría de los amigos que tengo (escritores e intelectuales, sí, esa gente tan torpe para todo lo que no sea pensar) y creo que igual, la realidad numérica está equivocada. Lo triste es que si nos hicieran una encuesta, estadísticamente hablando, una mayoría de hombres y de mujeres, diríamos que es así. Que son los hombres los que se suben a los árboles cuando toca subirse, mientras que somos las mujeres las que los jaleamos como pesadillas constantes, para que “si eso”, nos corten de una puñetera vez la dichosa rama. Vivimos en el cliché estadísticamente cierto. Un cliché que nos reafirma en una realidad inventada o como mínimo, no comprobada. Vemos el cliché y no a la persona que tenemos delante: vemos niñas donde hay niños y hombres cualquieras en los arboles donde debería sólo haber jardineros experimentados.

¿Pero puedo aplicar una estadística sacada de la manga para atacar otra estadística sacada de la manga? Si lo consigo, seré genial, genial, genial, así que voy a intentarlo. Que yo haga reflexiones sobre el machismo, que lance un tuit al respecto y que venga rápidamente alguien a defender la sociedad, y a los torpes que se equivocan, diciendo que la sociedad es inocente porque yerra a causa de la realidad numérica, es también una cuestión de estadística. Siempre me pasa. Me pasa siempre. Siempre, siempre, siempre que hago comentarios sobre la discriminación, me salen al paso los abogadillos del pueblo, diciéndome que no es así, que veo fantasmas cuando lo que debo ver son realidades numéricas. Que el machismo no es algo generalizado. Que el canon patriarcal es cosa del pasado. Es entonces cuando me miro en el espejo y veo la estadística. Mi estadística. Siempre me pasa. Siempre. Veo esas veces, tantas, muchas veces que pienso en lanzar un tuit, o un estado de Facebook y no lo lanzo, me lo como, me lo callo, para evitarme a estos señores petardos que me sacan a relucir la estadística. Muy mal, Lea. Fatal. Lo que uno se deja dentro, se pudre. Esto se lo oí una vez a no sé quién y me encantó. Se pudre.


Los llamados micromachismos forman un caldo de cultivo, pequeños abscesos bajo la piel, un ponche social que nos afecta a todos, todo el tiempo, continuamente, como los rayos del sol. Unas veces, a los prejuicios inconscientes, errores tontos, les damos poca importancia, sobre todo si no hay daños colaterales. Otras veces, ya fastidian más porque te hacen perder horas, dinero y aviones. Otras, son terribles y te marcan de por vida. Por eso, por este último motivo, hay que salirse de la estadística, de la cómoda y cálida mayoría, y reflexionar en voz alta y decir que la realidad me la trae floja cuando se trata de matar clichés. Esta es mi reflexión sesuda y demagógica sobre lo que no importa.

miércoles, 2 de marzo de 2016

¿CÓMO SE TE OCURRE UNA NOVELA?



El otro día llevé a mi hijo de 6 años a un cumpleaños de esos en los que a las niñas las disfrazan de princesas y a los niños de cualquier otra cosa -parece ser que los niños no necesitan ser princesas para divertirse- y me quedé por allí con las otras madres -siempre son madres-. Una de ellas, que es nueva, tenía el entusiasmo de la novedad. Otra de ellas, que no lo es, sabe que escribo y me preguntó si este año iría a firmar a la feria del Libro porque no quiere perdérselo con su hija mayor, que es aspirante a escritora. La nueva madre, al enterarse de que me dedico a la literatura, abrió mucho los ojos y posando su mano abierta en mi tenso brazo me dijo: "oye, siempre me lo he preguntado y ya que te tengo aquí… dime una cosa ¿cómo se le ocurre a un novelista una novela?". Mi expresión desorientada provocó una aclaración a su pregunta: "quiero decir, que vas y piensas... mira, pues voy a escribir esta novela, oye... ¿y vas y la escribes?”.

Debo aclarar que mi cerebro nunca está en reposo. Me pasa desde pequeña y es un verdadero incordio. No hay pastillas para esto del cerebro pensante. Si las hubiera, las tomaría antes de ir a los cumpleaños de mis hijos, de la misma manera que los que se marean en un coche, siempre se zampan una biodramina antes de viajar. Pero no hay pastillas para las preguntas mortales. Así que lo primero que hizo mi cerebro fue analizar qué tipo de respuesta debía dar. ¿Corta o larga? ¿Elaborada o simple? ¿Ingeniosa o por salir del paso?  Para eso, se lanzó  mi cerebro en una abrupta y alocada reflexión analítica sobre la preguntadora. Mis ojos escrutaron su rostro, su ropa, sus uñas, sus zapatos, su peinado. Mi cerebro llegó a la conclusión de que se trataba de una mujer de clase media, de buen nivel adquisitivo, con estudios universitarios, viajada –hablaba mucho de su vida en USA-. Como mi cerebro recibía señales cruzadas me dijo:
-¿A qué se puede dedicar esta tía?
-Imposible adivinar, querido cerebro –le respondo.
-Arquitecta no es; periodista, imposible; gestora cultural, tachado; profesora, nope… Dios mío, no quiero caer en el cliché, pero sin duda esta mujer es…
-I know, cerebro, esta mujer, sin duda… trabaja en un banco.
-Horror.
-Puede que incluso trabaje en el Banco de Santander.
-¿Por qué me tenía que tocar una bancaria? Las bancarias son las más difíciles. ¿Qué le respondo, cerebro? ¿Qué le digo a esta bancaria sobre cómo se “me ocurre” una novela? Tengo muchos prejuicios contra las bancarias.
-Puf, no tengo ni idea, igual metes la pata. Tú eres sarcástica hasta cuando tratas de ser amable.
-Por eso lo digo.
-Mira, mira esa otra madre, la pelirroja esa que te odia. Ya huele la sangre. No le des motivos.
-Ya, ya. Si pienso ser amable. Estoy decidida a encajar.

Observo a las madres de las demás princesas para tomar aliento. Tienen sus ocho miradas y sus dieciséis orejas felinas clavadas en mí. Cómo me gustaría ser una más, ser bancaria por un día y trabajar en el Banco de Santander con mi sueldito todos los meses, mi rutina, mi tribu. Cómo me gustaría no tener que enfrentarme a preguntas sobre “de dónde salen las novelas” o “cómo se me ocurren los personajes”. Nadie les pregunta a las bancarias si pierden billetes de cincuenta euros o si se les atasca la caja fuerte día sí, día también. No es la primera vez que me pasa lo de las preguntas difíciles. Había olvidado por qué nunca voy a los cumpleaños. Había olvidado que detrás de esa pregunta vendrá la de: “Ah, eres escritora ¿Y de qué va tu novela?” ¡Dios! Si respondo a esta, el “de qué va” vendrá después, igual que el trueno llega, indefectiblemente atronador después del rayo, a no ser que seas sordo en cuyo caso el trueno te da completamente igual. Si utilizo la estratagema de otras veces e inicio una conversación amena para entretenerme yo, me lo reprocharán, porque ya has aprendido, Lea, que en los cumpleaños están vetadas las conversaciones amenas. Es obligatorio que nadie sea el centro de atención. Me miran. ¿Dónde está esa pastilla? No hay escapatoria. Sale una monitora disfrazada de paje. Las princesas siguen dentro, con diademas de plástico, maillots plateados y tutús rosa. La monitora en realidad parece la sota de copas porque nos trae unas coca-colas en una bandeja. Bebo. Me anima ver alguien está peor que yo.
-Dime, cerebro… ¿Realmente, a estas personas les interesa algo de lo que preguntan?
-¡Qué va! Son preguntas reflejo. Son preguntas que se hacen sin más ni más.
-¿Para rellenar los silencios?
-Exacto. La prueba es que las preguntas de los adultos suelen ser inútiles.
-Esta mañana el de 8 me preguntó que cómo es posible que el agua se expanda al congelarse cuando todo lo demás se contrae con el frío.
-Eso sí que es una pregunta que mola responder. Mola saber que el que pregunta, pregunta porque lo necesita.
-Ya te digo.
-¿Y qué vas a hacer con la bancaria?

Las miro. La pelirroja que me odia tiene sus pupilas dilatadas. Siempre está en desacuerdo con todo lo que digo acerca de mis hijos, de los hijos, de la educación de los hijos, de la música moderna, del sofrito, de la cebolla en la tortilla o del bien y del mal. Los depredadores, pienso, dilatan las pupilas antes de cazar. Yo ya sé que la pelirroja odia todo lo que tengo que decir antes de que lo piense y antes de que lo diga. Tiene los ojos negros por culpa de tanta pupila.
-Esa madre, la pelirroja, me está esperando, ¿verdad cerebro?
-No te quepa duda.
-¿Y qué hago? ¡Algo tengo que decir! ¿Me levanto y me voy? ¿Les explico que a los escritores nos jode muchísimo que nos hagan estas preguntas? ¡¿Cómo coño se me ocurre una novela?! ¿Por qué tuve que leer a Kafka? ¡Luego se sorprenden de que bebamos!
-¡Y yo qué sé! ¡Calma!
-No, no me calmo… ¿Cómo es posible que se critique a los niños pequeños constantemente por ser molestos, por hacer ruido en los bares y sin embargo, nadie critique a otro adulto por preguntar gilipolleces? Esto es como si yo me acerco a Norman Foster y le digo: “ya que le tengo a mano, Sir Norman, verá, yo siempre he querido saber… ¿cómo se le ocurre a usted un edificio?”
-Te estás cabreando. Esto acabará mal.
-Pero si es que sólo tengo unas décimas de segundo para no cagarla delante de ocho madres que desean mi muerte fulminarme, que me quieren seca en el sitio mientras piensan: pues no le veo yo la inteligencia a esta mujer, ni el glamur, ni nada. ¿Qué demonios escribe que no sabe ni responder cómo se le ocurre lo que escribe? Tuve que quedarme en casa.
-Ya sabías cuando viniste que la gente pregunta sin pensar en lo que pregunta.
-Y no es justo, porque yo siempre pienso muy largamente lo que respondo.
-Quizá puedas evitar la respuesta completamente.
-Puedo decir que no la he entendido.
-Entonces parecerás tonta. No te gusta pasar por tonta.
-Nada. No me gusta nada. Antes muerta que pasar por tonta. Sobre todo delante de esa, la pelirroja que pondrá cara de: “pues vaya con la escritora”, aliviada al fin de poder contraer sus enormes pupilas negras. A la mierda con todo, cerebro, ¿de verdad se merece esta bancaria una respuesta bien pensada y bien razonada?
-Para nada. No gastes tu tiempo.
-¿Y qué digo?
-Escribir una novela es un proceso muy largo que empieza por un sentimiento. El sentimiento es tan fuerte, que se convierte en algo que hay que decir.
-Me van a odiar.
-Asúmelo. Eres escritora. Ya te odian.
-Gracias, cerebro.



domingo, 21 de febrero de 2016

PARECES MAS JOVEN

Salgo con un hombre. Nos divertimos, nos reímos, él es atractivo, yo más, lo pasamos bien, hacemos juegos de palabras comparando inteligencias y tal. En un momento de entusiasmo me dice con mirada ilusionada:
-Pareces mucho más joven.
Yo sonrío y me pregunto si debo iniciar este diálogo o callármelo:
-¿Más joven que quién?
-Que la edad que tienes.
-¿Y con qué persona de 45 años me estas comparando?
-Quiero decir que si yo no supiera los años que tienes, te echaría muchos menos años.
-¿Y cuantos me echarías? ¿42? ¿40?
-Menos.
-¿Sabes qué pasa? Que a lo mejor soy la única persona de 45 años en el mundo que aparenta 45 años pero tú nunca has conocido a nadie que los aparente bien. A lo mejor aparento 50 años de espíritu jovial. A lo mejor no me estás mirando con lo que hay que mirar.
-Era un piropo.
-No, un piropo es decir: qué guapa eres, qué ojazos tienes, quė monas y redondeadas son tus orejas, que parecen hechas de buen cartílago, un cartílago fuerte y delicado. Que nuestro primer piropo, querido, venga a cuento de mi juventud o de mi poca juventud no es un piropo. De hecho, es las antípodas del piropo. No porque me ofenda -que ya puestos también me ofende, aunque me ofende por razones ajenas a la edad que no sé si entenderías-, sino porque te retrata. A mi me interesan mucho los hombres que dicen lo último que piensan y me interesan más bien poco las personas, hombres incluídos, que sueltan por la boca lo primero que les viene a la cabeza. Tu comentario "pareces más joven" surge de una mentalidad burguesa y cuadriculada y mi sonrisa helada surge de un espíritu libre y bohemio que se fascina de tu mentalidad, que por otra parte, es la norma. Te voy a decir lo que ha pasado por tu mente para decir esa frase. Te vas a quedar de piedra de todo lo que soy capaz de adivinar con una sola frase: resulta que hoy has salido con una mujer atractiva y divertida, una mujer que no tiene problemas ni cargas, una mujer libre de las esclavitudes de las mujeres que es muy graciosa y que tiene talento... pero en tu mente está esa cifra... 45 y piensas: "puf..." Y te dices a ti mismo: "La preferiría de 35, pero la verdad es que es tan ingeniosa, tan jovial, tan desenfadada que la tía parece que tuviera 35. Me gusta. Me gusta esta mujer. Sí, aparenta 35. Es increíble. Qué bien me siento a su lado. Ya no es obstáculo su edad... Parece que me sirve, qué alivio, a pesar de que no tiene 35 sino 45". ¿He acertado?.
-No te quería ofender, pero sí, has acertado en todo.
-¿A que ya no te parezco más joven? ¿a que ahora te parezco una anciana? Tengo la sabiduría de Leah, la primera mujer de Jacob. La sabiduría de todas las tribus de Egipto. No parezco más joven, ni más vieja, ni parezco, ni soy una niña, no parezco nada en comparación con nadie porque mi edad es irrelevante. Siempre lo ha sido. Siempre fui adulta, desde muy pequeña. Siempre he sido joven, desde muy mayor. Esto es porque sólo hay una Lea González-Vélez Martín en todo el mundo. Soy incomparable. Lea tiene todas las edades.

jueves, 28 de enero de 2016

UN CABREO SUPERDOTADO

Hoy me he cabreado con la actitud un tanto corporativista de la enseñanza hacia los niños de Altas Capacidades. De puertas para afuera, todo el mundo está por la inclusión pero de puertas para adentro, no se hace nada útil por los niños veloces de mente, con una capacidad de reflexión mayor a sus iguales, con más imaginación y en general, con muchas más ganas de aprender. Como me he cabreado, he colgado esto en mi muro de FB y Eduardo Laporte, que es un cielo, me dice que lo ponga en el blog para retuitearlo por doquier así que ahí va el texto de mi muro:
"Al que le molesten los comentarios que pongo sobre mis hijos y sobre las Altas Capacidades y el trato que la enseñanza pública da de ellas, puede perfectamente dejar de seguirme, porque verdaderamente es un tema que se me clava en la carne y con el que tengo ideas muy claras. Estoy hasta las narices de gente que sabe más que yo de este tema. Que sabe más de acoso escolar sin haberlo sufrido, que sabe más de la culpa temprana por no ser capaz, NO SER CAPAZ FÍSICAMENTE, de hacer tareas repetitivas, como escribir la letra L 80 veces o de hacer DEBERES que incluyen la frase PILAR PELA EL POMELO cuando tú quieres saber de qué está hecho el sol. EL SOL. Estoy hasta las narices de que TODOS los profesores se pongan a la defensiva y se defiendan entre ellos cuando todos, TODOS los profesores TE MIRAN COMO SI FUERAS IMBÉCIL cuando dices que tu hijo sabe sumar con 11 meses, te pregunta con 3 años sobre la combustión en el espacio y sin embargo es obligado a colorear osos panda de color rosa durante horas porque el sistema dicta que es LO QUE TOCA. Estoy cansada de tratar de expresar con una sonrisa LA LUCHA que es enterarse, sólo ENTERARSE de qué dice la ley con respecto a la superdotación y AACC (altas capacidades) porque la mayoría de los docentes NO CONOCEN LA LEY y por tanto NO LA APLICAN sobre todo en casos de atención temprana. Estoy hartita de decir que los niños superdotados NO TOCAN EL PIANO COMO MOZART, son como cualquier otro niño en el colegio porque a los 3, 4, 5, 6 años se tiene potencial, no conocimientos y sus conocimientos se valoran por escrito, cosa que un niño de 3, 4, 5, 6 años NO PUEDE HACER PORQUE NO SABE ESCRIBIR. A estos niños no se les da la oportunidad de demostrar lo que saben puesto que este país VALORA LOS CONOCIMIENTOS POR ESCRITO Y NO EL POTENCIAL. Es también una falacia pensar que los superdotados SABEN ESCRIBIR ANTES. ¡NO SABEN! En general ODIAN EL LÁPIZ. Harta estoy, muy harta de saber que cientos de miles de padres nunca sospecharán que su hijo es de Altas capacidades porque no lo ven en plan Mozart o Picasso. Que POR CONTRA, pensará que es UN VAGO REDOMADO porque no le gusta el colegio y suspenderá y repetirá y acabará sintiéndose un fracasado. Cansada hasta la médula de saber que estamos SOLOS contra un sistema enquistado, pero no, oye, la enseñanza pública es lo mejor. Hasta el moño de que nadie sepa que un niño de Altas Capacidades NO ES EL PITAGORÍN DE LA CLASE, ES EL REPETIDOR. La enseñanza pública será genial para muchos, pero para los alumnos de AACC (las puñeteros siglas de Altas Capacidades) a día de hoy, en la Comunidad de Madrid, LA ENSEÑANZA PÚBLICA NO ES LO MEJOR. LO MEJOR ES: UNA MADRE que encuentre el lugar y que luche y que ponga mensajes como este y que hable cada tres meses con sus profesores para recordarles las tácticas de motivación que constantemente se les olvida aplicar, porque SER SUPERDOTADO EN ESPAÑA es UN PROBLEMA TENEBROSO. Los niños NO FRACASAN en los estudios, somos nosotros, como sociedad, quienes FRACASAMOS CONSTANTEMENTE CON ELLOS.

ESTUVE CASADA 16 AÑOS CON UNO DE LOS MEJORES PROFESORES DE ESTE PAÍS. CUANDO MURIÓ, RECIBÍ MÁS DE DOSCIENTOS EMOCIONANTES EMAILS DE TODO EL MUNDO DE EX ALUMNOS QUE SE HABÍAN ENTERADO POR SU ANTIGUO COLEGIO Y QUE ME DIJERON: FUE EL MEJOR PROFESOR QUE TUVE EN TODA MI VIDA. YO CREO EN LA ENSEÑANZA, PERO NO EN CUALQUIER ENSEÑANZA."

lunes, 21 de diciembre de 2015

DOS MÁS DOS CASI SON CUATRO


La democracia es imperfecta y según el sistema electoral español no es pura matemática. La democracia en nuestro país es algo así como que dos más dos, casi son cuatro.
Sería genial que la ancestral democracia pudiera ser pura matemática. Que fuese indiscutiblemente perfecta como las hojas de una acacia que se alinean en series de Fibonacci para que el árbol capte mejor la luz del sol. Sería maravilloso que la democracia y sus sumas y sus porcentajes fueran perfecta y fibonacciana matemática y que simplificar los sentimientos de odio, pena, frustración, opresión, alegría, esperanza, miseria, riqueza, bondad o maldad fuera cosa tan simple como sumarlos y obtener un resultado perfecto: el representante matemáticamente perfecto, pero no es así... ¿O sí es así? Yo creo que casi, casi.
La democracia tiene algunas fisuras, las fisuras en las que interviene la subjetividad. Esta subjetividad, que se traduce en cosas como la ley D' Hondt y que hace que un voto soriano valga más que uno madrileño, por ejemplo. También es inevitable que nuestra democracia favorezca la representación parlamentaria de los votos nacionalistas. Lo es. Inevitable. Esto no es malo ni bueno. Es lo mejor posible o un mal necesario o directamente, lo menos malo. La cosa es que la democracia es lo suficientemente buena matemática, buena aritmética, como para que funcione y yo creo firmemente en la verdad matemática. Es probable que no haya otra verdad. Creo que el universo es pura matemática y que gracias a las matemáticas, la democracia es fabulosa y se nos ha olvidado por sabida, conocida, heredada y trillada. Se nos ha olvidado porque todos los nacidos en democracia no saben que podía haber otra cosa o no se les ocurre entender que hay, a menudo, otra cosa (un poco como cuando mis hijos alucinan porque en el pasado los niños viajáramos en coche sin cinturón de seguridad ni sillita elevadora). No, a mi no se me ha olvidado el pasado. Yo no nací en democracia. Yo crecí con las historias y las cicatrices de mis padres y el miedo y la ilusión de la transición y las dictaduras chilenas, argentinas y sus desaparecidos y el golpe de Tejero. Tampoco se me ha olvidado cómo viajábamos los niños en el asiento de atrás, ni se me ha olvidado que un día íbamos por la calle Alcalá, mi hermano y yo en el coche, en aquella época en la que no había cinturones y los niños nos apretujábamos para compartir el hueco entre los asientos delanteros para poder ver lo que estaba pasando. Mi madre conducía. No recuerdo a dónde nos llevaba. La cosa es que estaba todo cortado y había policía por todas partes y mi madre bajó la ventanilla y le preguntó a un agente: "¿qué ha pasado?" Él le contestó: "unos pistoleros han entrado a tiros en un bufete de la calle Atocha. Han matado a varios abogados de izquierdas. Tiene que dar la vuelta, señora." Ahí mismo, en ese instante, mi madre se echó a llorar. Se le desbordaron sus ojos azules y enormes y se echó a llorar. "¿Qué te pasa mamá?", le dijimos, "¿Qué te pasa?" Mi madre respondió: "esto es terrible, es terrible. Esto es el fin de la democracia."

Por suerte, mi madre se equivocó y no lo fue. Fue el principio. Todos los partidos y sus seguidores reaccionaron con una templanza impresionante y se llegó a la legalización del partido comunista y se celebraron unas elecciones, las de 1977. Ayer, mi madre, que también tiene muy buena memoria, escuchó decir a unos cuantos líderes políticos: "hoy ha cambiado España porque por primera vez se reparten los votos entre cuatro partidos." Mi madre reaccionó muy molesta : "No es verdad. ¡No es verdad! España cambió en 1977 y no se repartieron los votos entre cuatro partidos, se repartieron entre cinco partidos. A mí no se me ha olvidado", dice mi madre. Y yo le respondo: "El problema es que a estos no se les ha olvidado, es que no lo saben. No lo saben." Sólo el líder de Izquierda Unida hizo referencia a esa pluralidad del 78 que por criticada en los últimos años parece ahora falsa, inventada o radiactiva. Pues no fue falsa entonces y ni mucho menos fue mala. Fue pura democracia. Nunca hemos tenido una representación tan plural como la de 1978 o como lo será ahora. Lo que ha pasado ayer es algo fácil de entender. Real. Bello por su simpleza.
Los diputados resultantes de las elecciones de ayer no han sido elegidos a cara o cruz. Ayer votaron casi veinticinco millones y medio de españoles. 25 millones y medio. 25 MILLONES. Eso es la pluralidad. La pluralidad matemática en la que por un día cada hombre y cada mujer vale lo mismo (exceptuando, quizá, a los sorianos). Todos valemos lo mismo, exactamente lo mismo, por un día. VEINTICINCO MILLONES Y MEDIO de opiniones buenas y malas y regulares y sabias e ignorantes, de mudos y sordos, de frágiles y enfermos, de fuertes y cabrones, de jóvenes y ancianos, de amnésicos y memoriones, de mafiosos y esforzados... Por un día, un sólo día, todas las opiniones valen lo mismo y en la suma de cuatro no existe un dos bueno y un dos malo, un dos cabrón y un dos majete. En la suma no entra la moralidad o la subjetividad porque todos valemos lo mismo en sociedad. Hay quien esto no lo puede concebir, pero es necesario recordarlo y afirmarlo. El hombre más sabio vale lo mismo que el más ignorante porque lo que importa es que es, que está vivo, que nació, que es la hoja fibonacciana de la rama de este árbol que llamamos sociedad.
Ayer, más de 25 millones de personas sumaron sus emociones y los mismos que gritaban felices "es la fiesta de la democracia" hoy ya empiezan a juzgar a los demás con el sesgo de su propia ideología. Ya están muchos diciendo que los que votaron a estos son majaderos, que los que votaron a aquellos son radicales, que los que no votaron son idiotas, que ganan los cabrones y pierden los buenos, que ganan los buenos y pierden los hijos de tal o de cual. Da igual, pueden decir lo que quieran. Lo único que queda es que el resultado de estas elecciones, o de cualquier votación, no puede verse desde la moral o la subjetividad, desde la desilusión o la alegría. Sólo puede observarse desde la fascinación por un sistema que por un día, sólo por un día, permite a todos los españoles ser pura, bella, libre, discreta, pacífica aritmética, hoja de acacia representada en el parlamento. El mismo parlamento que todos unidos, libres y pacíficos hemos deseado tener.



lunes, 7 de diciembre de 2015

Cuando yo era pequeña

Cuando yo era pequeña no existían las siglas AACC, unas siglas de las que muy poca gente conoce el significado. Tampoco existía la expresión que corresponde a estas siglas, Altas Capacidades. Cuando yo era pequeña, tampoco había programas de detección de lo que entonces se llamaba superdotación, ni recorrían los colegios y las asociaciones de padres grandes o pequeñas teorías al respecto, estudios, propuestas o programas escolares. Se consideraba lo mismo que ahora, que un niño superdotado es algo así como una aguja en un pajar, o uno entre un millón, una rara lotería. En mi casa, mis padres me decían que era muy lista porque al parecer inventaba unas intrincadas historias con mis muñecas que me llevaban días de desarrollo y porque mi dominio del lenguaje -sobre todo para hacer chistes- fascinaba a amigos y demás parientes. Yo, en cambio, me consideraba insignificante, poca cosa, patito feo, aislada, porque dentro del colegio no sabía, no encontraba forma humana de brillar. Ser lista era una condena.
Irritaba a las profesoras con mis visitas a la luna, con mi humor irreverente y con mi incapacidad –ellas lo llamaban rebeldía- para realizar tareas repetitivas y deberes. Les fastidiaba el sistema sin proponérmelo, porque hacía todo lo contrario de lo que me pedían y luego iba y sacaba un diez en el examen. Como esto resultaba frustrante para todos y al mismo tiempo, muy extraño, comenzaron a llevarme al despachito del segundo piso. Allí, una psicóloga de bata blanca y melena negra trataba de escrutar mi mente haciéndome misteriosas preguntas sobre mis padres y enseñándome las manchas del test de Rorschach (ese test en el que uno ve mariposas, clavículas, máscaras, pájaros y borratajos que dan miedo). Nadie me explicó  jamás por qué me llevaban a esta psicóloga. Tampoco mi madre supo nunca que me llevaban a una psicóloga que me enseñaba manchurrones que yo debía nombrar con propósito desconocido. Cuando la psicóloga concluyó su análisis dejé de ir a ese despacho. Una vez más, el colegio fue este Gran Hermano que me vigilaba, que me decía lo que debía hacer, que luchaba contra mi voluntad y mi individualidad, que no me dejaba brillar. Cuando yo era pequeña, nadie supo nunca que yo era una niña de Altas Capacidades y que toda mi creatividad se expresaba en familia porque tampoco existían talleres de escritura, o de cine, o de nada creativo en un nivel que no fuese parecido al del colegio. No es que ahora hayan cambiado mucho las cosas, pero mis hijos tienen al menos la suerte de saber que si se aburren en clase es porque las asignaturas les resultan poco interesantes, desmotivadoras y porque su capacidad creadora está por encima de su curso. También tienen la suerte de contar con asociaciones de padres luchadores que quieren una mejor atención al problema de la superdotación en el alumnado. Yo pertenezco a una de esas asociaciones, AEST, desde la que se organizan cursos de enriquecimiento para que los niños encuentren fuera del aula los contenidos que verdaderamente les interesan, pero hay muchas asociaciones en toda España y conviene que los padres se informen y se comuniquen con otras familias en su misma situación. Los niños con AACC no son mejores personas, no son dignos de admiración por el simple hecho de puntuar más alto en un test. Tampoco tienen el futuro resuelto por ser veloces haciendo cálculos matemáticos o propensos al arte o a la música, pero sí son más débiles por el mero hecho de que son minoría. Los niños con AACC deben ser protegidos. Su autoestima es muy frágil y sufren sin saber por qué. Los niños de Altas Capacidades son niños con gran facilidad para determinados asuntos y gran torpeza, e incluso incapacidad dolorosa en otros, como todo el mundo. Tampoco ser un niño de AACC garantiza facilidades en la vida. Al contrario. Garantiza, desde el mismo momento de la escolarización, graves problemas de adaptación, altos niveles de frustración, un demoledor, altísimo porcentaje de fracaso escolar y muchas lágrimas. Los niños de Altas Capacidades necesitan algo que no saben qué demonios es. Yo, desde donde estoy, treinta años después de aquella niña, puedo explicárselo: los niños de Altas Capacidades necesitan brillar. Necesitan embellecer el mundo para protegerse de la maldad. Un niño de AACC suele sufrir como sufre el pájaro salvaje en su jaula. Llora mucho en ocasiones, no se está quiero en la silla, rompe cosas, se vuelve irreverente y contestatario o se queda callado en un rincón. Pero a veces, cuando ya siente que jamás va a encajar, ocurre el milagro. Un buen maestro, una profesora de natación, un aficionado a la literatura, un primo músico, se reconoce a sí mismo en el niño AACC y lo ayuda a sacar el especial talento que lucha por salir. Esa afición de pronto se ensalza, se canaliza y para el niño, su vida cobra sentido. La jaula se abre. Comienza a volar y esta intensa sensación de libertad se convierte en guía, en boya, en bote salvavidas.
El taller literario para los niños que tienen un especial interés por formar frases bellas, por escribir, inventar, representar relatos, plasmar sus pensamientos y mostrarlos, exhibir su innata tendencia hacia la literatura, les proporciona felicidad, seguridad y un contexto adecuado para expresar la belleza que lucha por salir. A mí me da una felicidad inmensa, inmensa, saber que estos pocos niños tienen la oportunidad de brillar más allá de sus familias con la publicación de este libro porque para ellos, brillar no es presumir, yo lo sé. Brillar es, simplemente, poder vivir.
El otro día, mi hijo de siete años me preguntó: “Mamá, ¿por qué son tan bonitas las rosas? ¿Los insectos saben distinguir lo bonito de lo feo?” Me hizo reflexionar y tuvimos una larga conversación sobre la utilidad de la belleza para plantas, arboles, animales y humanos. Llegamos a la conclusión de que la belleza –además de muchas otras cosas- es el mejor mecanismo de atracción para perpetuar la especie y sobre todo, un espléndido escudo de autodefensa. Tendemos a admirar la belleza. A conservarla. A cultivarla en jardines. Todas las especies parecemos atraídas por la belleza de una música –amansa a las fieras, dicen- por la estética de un paisaje, por la delicia estética de una determinada sonrisa. Expresar belleza es la mejor forma de encontrar un lugar desde el que conservar íntegra, intacta, nuestra originalidad o la peculiar manera que tenemos de entender la vida o incluso de perpetuar nuestras convicciones e ideologías, porque nos proporciona el refugio de la admiración ajena. Es posible que todos los seres del planeta estemos dotados para construir una forma de belleza, aunque no lo sepamos. Yo creo que es más que posible, pero lo que sí es seguro, completamente seguro, es que absolutamente todos estamos dotados para apreciarla. Apreciar el gran talento literario de estos niños-escritores y apoyarlo es nuestra forma infalible de cultivar belleza y de lograr que el mundo –o nuestro microscópico universo- sea hoy mucho mejor.

martes, 1 de diciembre de 2015

La Odisea según Penélope

No leí la auténtica Odisea hasta los 20 años y ahora la tengo muy borrada. Sí recuerdo fenomenal la versión infantil que estuvo muchos años en la librería del comedor. Tenía  ilustraciones del héroe melenudo, navegando en la locura, atado al mástil del barco, hombres a su alrededor zambulléndose en las olas. Recuerdo las sirenas, Circe, you name it. Como todo el mundo, yo sólo quería que el pobre Odiseo (más conocido como Ulises) llegara a Itaca tras su road movie marítima porque allí lo esperaba su mujer y me agobiaba por ella, me daba mucha pena esa espera. Soy chica. Es lo que hay. Yo quería ser Penélope. Qué divina, con ese nombre de estrella de cine que suena a redoble de tambor. Pé-Né-Ló-Pé. Yo la busco en todas las películas que me gustan, en las novelas que escribo. Penélope es la protagonista de Memorias de África, es mi Cirujana de Palma. Pienso en su sufrimiento hoy. Me miro al espejo. Analizo ese amor del que seguro que dudaba, dudaba, dudaba en sus momentos de mayor locura... pero poco sabemos de su alma, la de Penélope. Los hombres tienen cuerpo y las mujeres tenemos alma. Esa es la división odiséica. ¿Y qué hacía ella todo ese tiempo? ¿Se movía como alma en pena? ¿Se inventó un cuerpo? ¿Qué guerras llevaba por dentro? ¿Qué hacía mientras esperaba? ¿Qué pensaba? ¿Qué deshojaba en el pecho? Yo lo sé. Tras la muerte, lo sé todo. Y todo lo que no sé, lo supongo. Quizá esta sea mi próxima novela: La Odisea según Penélope. Su esperanza mutante. Unos días arriba, otros abajo, otros días sin pena ni gloria. Relataré en un diario su temblor interior en la rutina exigente del reino de Itaca, una isla idílica por fuera y siniestra por dentro con esa corte llena de enemigos ingeniosos, de adorables lisiados que no pudieron ir a la guerra de Troya, de jóvenes hijos de los que no volvieron y tantas esperanzas truncadas. Hablaré mucho de los amigos verdaderos (que digo yo que los tendría) del cuidado de su hijo y las preocupaciones porque crezca sin héroe al que parecerse, las luchas palaciegas, el dolor tenue pero seguido, la costumbre a vivir sin amor, el rebelarse a la costumbre, la soledad, el deseo de recuperar ciertos sentimientos, la incapacidad para olvidarse de ciertos otros, el hijo que crece y sale a amar a otras mujeres y la abandona, la vida sin espejos, la necesidad de cerrar cicatrices, de abrir ventanas, la falta de caricias y sobre todo, la importancia vital de los abrazos. Penélope, lo que más echa de menos, son abrazos. A veces se le olvida, pero cualquiera puede verlo cuando coge a un niño recién nacido, se despide de una amiga o de una sierva de la corte. Yo escribiría con un cierto conocimiento de causa sobre su duda constante, ¿volverá el amor, jamás volverá? Qué lucha vital... y sin embargo está segura. Tiene que estarlo. Las otras opciones no son buenas. ¿Cómo no va a volver el amor a una vida tan buena como la suya?
Unas veces ve a Odiseo en sueños, muerto, otras vivo, sano, curado de sus heridas, lo imagina arribando a puerto, ¡qué tío, ha vuelto!... pero no, no ha vuelto, de nuevo ha muerto y así. Imagina futuros y los destroza. Penélope escribe una historia en la mente por la noche y la borra por la mañana. Unas veces piensa en como será su funeral, el de Odiseo, no hay esperanza, llora rota por la dualidad, ¿Son bifurcaciones fantasma, ve doble el camino? y de repente llegan a su ventana cosas como palomas dicharacheras, que canturrean mirándola a los ojos y aunque no le caen muy simpáticas las puñeteras, le parecen señal de los dioses. Penélope se convence durante un tiempo de que el milagro es posible. Es una mujer a saltos, del agua a la roca, del agua al madero. Penélope tiene tiempo, tanto tiempo entre las manos... También tiene años, demasiados. Tantos años sin noticias. Pobre Penélope, desarrollando su ingenio como asidero... ¿Para quién? Para resucitar a los muertos. Para revivir la risa de un tiempo. Penélope es divertida, es ladina, es bromista... porque también hay que serlo para detener las incursiones bélicas de los pretendientes, aunque en el fondo no quiere detenerlos.  Siente atracción morbosa por ellos ¿como no sentirla? ¿Acaso es justo lo que le ha hecho el héroe? Sabemos que no lo es. La ha dejado por otras. Odiseo está de parranda mientras ella mantiene la estructura del hogar en pie. Paradigma de mujer. Penélope es una manera de decir "casa". La atracción es la cuerda que fabrica la soledad. Una cuerda imaginada, un espejismo, pero ahí está, porque no hay mujer que no sienta atracciones o necesite alianzas cuando reina en la isla. Demasiado ingenio en Ítaca. ¿Para qué tanto? ¿Para quién? Para nada. Porque Odiseo se reiría de sus chistes si estuviera delante. ¿Para qué? Para nada. ¿Para que se borre como las huellas en la playa? Así que escribe el ingenio para que quede. Algún día los escritos vendrán bien... y llora y sale con un pretendiente que se puso muy pesado, pero a ese no puede contarle el tapiz que lleva dentro, lo del diario que escribe por las noches como la reina Victoria. Ese pretendiente sólo ve los escritos de los días y la risa y la sonrisa. (Y Odiseo, mientras tanto, en su odisea). El pretendiente la mira a los ojos y habla parlanchín y ella le cuenta cosas banales, divertidas, sin abrir las ventanas de su cuerpo. No puede mencionarle a nadie su dolor y su tristeza, que es de lo que está medio hecha y se siente falsa con el pretendiente aunque le gusta o aunque no le guste, y piensa... A la mierda esto, Odiseo está vivo, mejor me espero. Buscaré una labor, algo que me quite el come-come y esperaré. Su promesa pesa. La importancia que tiene para Penélope una promesa pesa el peso del mundo en sus hombros. Eso tendría mucha importancia en mi novela. No hay mujer más férrea en esto de las promesas que Penélope. Habla con sus amigas de cosas complejas, ideas como el amor, y se pregunta si está hecho de realidad. No, no lo está pero es real, es una ficción delicada y amarrada, muy amarrada a la vida por la lealtad. ¿Qué es la lealtad? ¿Por qué tenemos ese instinto que hemos convertido en uno de los pilares de la moral? Sin lealtad es posible que no existiera el amor y que se derrumbara la sociedad. ¿Hay lealtad a su alrededor? Muy poca. Eso asfixia. El amor es un tapiz de lealtad, cariño, pasión, orgullo, admiración, dulzura, valor. Esa labor de Penélope es un ingenio para no casarse con nadie, pero ¿es un ingenio? Su tejer y destejer simboliza, para mí, la duda. ¿Me caso? ¿No me caso? ¿Espero y muero en vida o no espero y me arrepiento? Y al mismo tiempo, ¿sabes lo que teje Penélope? Un sudario. El sudario para el rey Laertes (que por cierto, está vivo, ya es mala leche). Un tapiz que retrata el amor y que al mismo tiempo simboliza la muerte sólo puede ser símbolo de la vida. LA VIDA ¿No te parece que el tapiz de Penélope es su propia conciencia? A mi me lo parece. Penélope es una diosa en la tierra. En su isla. Sin arcanos, arquetipos, la esencia de la humanidad. Por eso me fascina la épica, porque no es ficción, es simbolismo del alma del hombre. Sus arquetipos, los arcanos, que son símbolos de emociones e instintos. Esas son las cosas que escribo. Por eso invento, corrijo la realidad, la concentro empleando el lenguaje poético, pero nunca, nunca, nunca escribo ficciones. La Penélope de mi ficción no tejerá un tapiz, escribirá sus emociones a lápiz.