Todos hemos cazado alguna bruja vez
alguna vez. Los puros, también. Hoy defendemos, con toda la razón de nuestro
mundo y de nuestro corazón a una escritora atacada, acosada. Apagamos la
hoguera de los libros con asombro, frustración, entusiasmo por la palabra,
cualquier palabra, en contra de censuras, quema de ideas, mentalidades mezquinas
y puritanas, equivocadas o simplemente, estrechas. Sin embargo, ayer mismo, lapidamos
a alguien. A una persona. Lapidamos a alguien, sí, no su libro, no su obra.
Lapidamos a la persona por algo que dijo o por cómo lo dijo. Fue ayer, ayer, y ya
está olvidado. Firmamos algo en contra de alguien, en un instante de combustión
emocional que ya no recordamos y lo hicimos porque ese alguien nos miró mal, por
algo que dijo, por algo que no hizo… o ni siquiera por eso. Firmamos porque
alguien dijo que lo hizo, dijo que dijo, contó que falló. Nos subimos a los
carros justicieros con un entusiasmo que me deja boquiabierta, como si nunca
hubiéramos visto una sola película del oeste, o como si las hubiéramos visto y
nos pidiéramos ser figuración de a pie, en lugar de protagonistas a caballo. Nos
subimos a los carros y ni siquiera sabemos a dónde van los puñeteros carros. Cada
día, alguien nos moviliza para apedrear algo. Ayer pedimos que tal tipo fuese destituido
de su puesto por unas declaraciones que hizo, por ofender a un colectivo. Recuerdo
que no hace mucho se me pidió la firma para despojar de su cargo a Albert Boadella
al frente de los teatros del Canal. No firmé, porque prefiero ser sheriff y no
granjero enardecido agitando su horca, pero muchas personas a las que quiero y
respeto y admiro, lo hicieron. Firmaron movidas por su progresismo. Y es que vemos
la firma en el ojo ajeno, pero no vemos la firma propia, humillada, sesgada y atroz.
Lapidamos sin ton ni son, cargados de razón (que es sin razón), con la misma
antorcha en la mochila que hoy emplean los que se suman a prohibir, retirar,
denostar un libro que nadie ha leído y lo que es peor, que ninguno de los anónimos
firmantes habría tenido la más mínima intención de leer. Pero no caigamos en este
error. No, no caigamos en esto. Este es un “mea culpa”, un “nostra culpa”. La
gente de la cultura tiende a creer que “Los leídos” lapidan menos que los que no
leen y que son los que no leen los que montan estos tinglados. Pues no.
Lapidamos igual. Los cultos, artistas, escritores, lapidamos con semejante
entusiasmo. Lapidamos y olvidamos, lapidamos y olvidamos, en nombre de la
cultura, del progesismo, de la izquierda, de la humanidad, de la igualdad.
Lapidamos al que más rabia nos da, lo hacemos con una saña sangrante, por ser
de derechas. Lapidamos escondiendo la mano o directamente, palmeando a mano
abierta. Damos unas hostias como firmas, subidos al filo del doble rasero. Firmamos
sin saber de qué va un asunto, sin investigar, sin tiempo, sólo porque uno que
dice que otro dijo que está enfermo o porque hay un náufrago a la deriva en la
polinesia o porque queremos ser algo más de lo que somos, tristes grises de
sofá. Firmamos sin leer la letra pequeña del contrato o discutirlo con alguien
que sepa. Firmamos con el pulgar, como analfabetos, o con el pulgar hacia
abajo, como los romanos del coliseo, movidos por el ataque al hígado de unas
declaraciones desafortunadas. Firmamos lo que sea sin tener una opinión real,
interna, reposada. Firmamos sin medir las consecuencias para una mujer y su
familia, para un hombre y su infarto, para nosotros mismos como sociedad.
Firmamos sin pensar en nosotros mismos o en el día después de la firma, porque
firmamos sin consecuencias, o eso pensamos, que no hay consecuencias. Pero las
hay. Son graves, las consecuencias. Los demócratas y los dictadores de corazón
somos los mismos. Los mismos. Todos pudimos votar a Hitler. Los leídos y los no
leídos, los de derechas y los de izquierdas, los progres y los conservadores.
Los mismos. Esto es una certeza. Este es el miedo que me embarga. Los mismos. Firmamos,
o nos sentimos tentados de firmar contra el enemigo visceral, porque nadie es
puro en su moral cuando atacan sus apasionadas ideas. Vemos la firma en el ojo
ajeno, pero no vemos la cuerda de linchar en nuestra propia alforja. Bien, pues es
hora de aspirar a ser mejores, leches. Hay que dejarse de hacer enemigos y ponerse a hacer seres humanos. Es la hora de dar ejemplos de principios y de
decir que no, que ¡NO!, mira, que yo no firmo sin entender lo que firmo y sus
consecuencias, porque estas consecuencias las pagamos todos, porque el que
viene detrás soy yo y no me dejo crucificar. Cambiemos el mundo desde el sofá. Cambiemos
el mundo temiendo y respetando el poder de nuestra propia firma. Firmemos no
firmar en contra de las ideas de los demás.
jueves, 28 de julio de 2016
miércoles, 13 de julio de 2016
AGRESIÓN
Desde hace unos días, tenemos un debate abierto entre mujeres. Un debate curativo, espero. Estamos compartiendo ataques machistas, sexistas, agresiones que hemos callado por pudor. La intención: el desahogo, pero aprovechando este desahogo, quizá ellos, nuestros amigos, nuestros hombres, nos entiendan mejor. Me vienen a la memoria encuentros machistas, muchos. Tipos que meten mano, tipos que fuerzan la mano, tipos que dan miedo porque se toman confianzas en lugares y momentos equivocados, como el taxista del que hablé en mi página de Facebook. Casi nunca me he enfrentado a ellos. Ante la agresión sexista, he adoptado la estrategia sumisa, llevar la corriente o fingir que es una broma y que no he escuchado bien, la retirada a tiempo. Pero hubo una vez que estuve al borde de la agresión machista. Salía de la compra, con Michael, que tenía tres años. Era julio, cuarenta grados. Me encuentro con que un tipo ha aparcado en doble fila, tapándome la salida. Meto al niño en el coche al sol, meto la compra y entro en el supermercado a dar una voz en busca del conductor. Nada. Salgo junto al niño. Pito. Reviso el coche. Está lleno de clichés: medallitas de San Cristóbal, el carné de mejor padre del mundo, fundas de un equipo de fútbol, un perrito de los que agitan la cabeza. El coche lo ha atrezado Tarantino. Pito. Nada. Saco de nuevo al niño del coche. Seguimos al sol. 40 grados. Entro de nuevo en el supermercado, y ya, cabreadisima, doy un grito bien fuerte. Se vuelven dos, un tipo y una tipa, con su santa pachorra. Les digo que llevo un cuarto de hora al sol. El tipo se me acerca y no se disculpa, directamente, me insulta:
-Pero ¿tú de qué vas gritando así?
-He entrado dos veces, he llamado y he pitado y ya me he cabreado. ¿Por qué aparcas en doble fila? Hay huecos de sobra.
-Hago lo que me sale de la punta de la poya.
-¿Perdona? ¿Es en serio? ¿Dejáis el coche en doble fila, os vais los dos a comprar cocacola y patatas y don Simón y la señora con el niño pequeño y el carro lleno, que se joda, que yo hago lo que me sale de la punta de la polla?
-¿A que no te quito el coche?
-No, no lo quites -digo sacando el móvil. -Ahora mismo llamo a la policía a ver si con ellos también haces lo que te sale de la punta de la polla.
La calle está llena de terrazas, nos mira todo el mundo. Estamos muy cabreados. El niño, en el coche con cara de susto, no pierde detalle. Yo debería parar, dejarlo correr, pero no lo puedo soportar. Me invade la furia. Llevo toda la vida dejándolo correr y estoy hasta los ovarios de dejarlo correr. El tipo me mira con todo su desprecio y dice:
-A ti lo que te pasa es que te hace falta uno que te sepa follar bien follada. ¿Y sabes que te digo, eh, eh?
Me trago el insulto, que es brutal y me preparo para una nueva andanada humillante. Los mirones no se pierden nuestra bronca al sol, siento su apoyo sin palabras y su expectación. Al fin, en vez de decir algo genial, me suelta:
-Que me la suda.
Y me puede mi lado de coordinadora de guión, y de correctora de diálogos y estallo en un ataque de risa fingido.
-Me la suda. ¡Jajajajajaja! ¿Esto es una buena frase? ¿Esto es lo que decís los tíos de pelo en pecho? ¿Me la suda? ¡Si eso era algo que decíamos de pequeños! ¡Por Dios, y yo esperando la gran frase y dices "me la suda"!
El tipo pierde los papeles. Nada humilla más que la risa y se acerca a mí. Veo sus intenciones y le digo:
-Vamos, pégame. Pégame porque tengo veinte testigos -le señalo a la gente de las terrazas- y estoy deseando que me pegues y que llamen a la policía al ver como agredes a una mujer delante de su hijo.
Sólo entonces, la chica que iba con él le agarró y lo metió en el coche. Se marcharon quemando rueda (que no falte un solo cliché). La gente que estaba en una mesa cercana me aplaudió. Yo me sentí una mierda. Aquello había sido suicida. Probablemente incluso le provoqué más de lo que nunca he provocado a uno de estos animales ibéricos con los que me he encontrado a lo largo de la vida. Le provoqué porque estaba cansada. Porque había 40 grados y porque mi marido se estaba muriendo.
Cuando arranqué, mi hijo de tres años, asustado pero valiente, me dijo:
-Mami, ¿por qué le dijiste a ese señor te pegara?
-Pero ¿tú de qué vas gritando así?
-He entrado dos veces, he llamado y he pitado y ya me he cabreado. ¿Por qué aparcas en doble fila? Hay huecos de sobra.
-Hago lo que me sale de la punta de la poya.
-¿Perdona? ¿Es en serio? ¿Dejáis el coche en doble fila, os vais los dos a comprar cocacola y patatas y don Simón y la señora con el niño pequeño y el carro lleno, que se joda, que yo hago lo que me sale de la punta de la polla?
-¿A que no te quito el coche?
-No, no lo quites -digo sacando el móvil. -Ahora mismo llamo a la policía a ver si con ellos también haces lo que te sale de la punta de la polla.
La calle está llena de terrazas, nos mira todo el mundo. Estamos muy cabreados. El niño, en el coche con cara de susto, no pierde detalle. Yo debería parar, dejarlo correr, pero no lo puedo soportar. Me invade la furia. Llevo toda la vida dejándolo correr y estoy hasta los ovarios de dejarlo correr. El tipo me mira con todo su desprecio y dice:
-A ti lo que te pasa es que te hace falta uno que te sepa follar bien follada. ¿Y sabes que te digo, eh, eh?
Me trago el insulto, que es brutal y me preparo para una nueva andanada humillante. Los mirones no se pierden nuestra bronca al sol, siento su apoyo sin palabras y su expectación. Al fin, en vez de decir algo genial, me suelta:
-Que me la suda.
Y me puede mi lado de coordinadora de guión, y de correctora de diálogos y estallo en un ataque de risa fingido.
-Me la suda. ¡Jajajajajaja! ¿Esto es una buena frase? ¿Esto es lo que decís los tíos de pelo en pecho? ¿Me la suda? ¡Si eso era algo que decíamos de pequeños! ¡Por Dios, y yo esperando la gran frase y dices "me la suda"!
El tipo pierde los papeles. Nada humilla más que la risa y se acerca a mí. Veo sus intenciones y le digo:
-Vamos, pégame. Pégame porque tengo veinte testigos -le señalo a la gente de las terrazas- y estoy deseando que me pegues y que llamen a la policía al ver como agredes a una mujer delante de su hijo.
Sólo entonces, la chica que iba con él le agarró y lo metió en el coche. Se marcharon quemando rueda (que no falte un solo cliché). La gente que estaba en una mesa cercana me aplaudió. Yo me sentí una mierda. Aquello había sido suicida. Probablemente incluso le provoqué más de lo que nunca he provocado a uno de estos animales ibéricos con los que me he encontrado a lo largo de la vida. Le provoqué porque estaba cansada. Porque había 40 grados y porque mi marido se estaba muriendo.
Cuando arranqué, mi hijo de tres años, asustado pero valiente, me dijo:
-Mami, ¿por qué le dijiste a ese señor te pegara?
domingo, 15 de mayo de 2016
SOBRE LO QUE NO IMPORTA
Conté en las redes que mis hijos
llevan el pelo largo, y que muy a menudo, la gente los confunde con niñas cuando
vamos por la calle. En pocas palabras, di a entender que esto es propio de una
mentalidad retrógrada y alguien me puntualizó en Facebook que no es una mentalidad
antigua o machista, sino que en su modesta opinión, se trata simplemente de un
error que comete la gente por una cuestión de realidad numérica. Es decir: que como
hay más niñas con el pelo largo que chicos con el pelo largo, la gente mete la
pata sin querer.
Sin querer. Estadística. Hummm. Esto,
que es un asunto sin importancia, me hace reflexionar sobre la verdadera
importancia del asunto. La aseveración es que a día de hoy, en España, por la
calle, hay más niñas con el pelo largo que niños con el pelo largo. Que el error nace de la realidad numérica y no se debe a un prejuicio estandarizado. Creo que puede ser verdad, pero
también, puede ser, una gran mentira. ¿Quién ha hecho esta estadística? ¿Son
los comentarios de la gente fruto de la realidad objetiva del ambiente en que
vivimos o son fruto de una realidad inventada? ¿Las opiniones, el modo en que nos
comportamos, los comentarios que hacemos sin ser invitados a comentar… se basan
también, como en este asunto sin importancia, en realidades numéricas? Hay más
niñas de pelo largo. Por eso, por pura costumbre, estamos habituados a ver un
ser bajito de pelo largo, vestido de chico, y sin pensar decimos: ¡niña! Supongamos
que sí. Que esto es científicamente, estadísticamente correcto, y que hay más
niñas con el pelo largo y que somos como perros de Paulov que nada mas ver un
ser bajito de pelo largo, ya no nos fijamos en nada más y gritamos: ¡niña! Supongamos
que hay más niñas de pelo largo, igual que hay más niños con el pelo corto,
igual que hay más parejas heterosexuales que parejas homosexuales, igual que
hay más personas con dos brazos que mancos de nacimiento, igual que hay más chinos
de la China con rasgos asiáticos, que españoles con rasgos asiáticos nacidos en
Chamberí viviendo en la meseta central. Supongamos también que es pura
estadística que hay más personas, hombres y mujeres, machistas que personas no-machistas.
Si esto es cierto, son los números los que nos están jorobando, no las personas
con sus comentarios y sus percepciones de la realidad basadas en hechos
empíricos. Los números son culpables y nosotros, unos seres angelicales,
inocentes de todo prejuicio. Fin de la discusión. La realidad numérica, la muy
cabrona, es la gran culpable de las meteduras de pata, errores, machismos bienintencionados, comentarios
racistas o discriminatorios, humillantes o equivocados y para nada lo son los
prejuicios y las falsas percepciones de la realidad que se basan en supuestas realidades numéricas. Vale, hago demagogia, pero seguidme la corriente.
Era verano. Aeropuerto de Barajas. Yo
viajaba a Inglaterra con mis hijos (los que parecen niñas, porque hay más niñas
de pelo largo). Estaba en la cola del control de pasaportes. El joven y diligente
policía uniformado me catalogó nada más verme. Nada más ver a una madre sola con
dos hijos, el joven policía, diligente y uniformado, pensó: “Ajajá, he ahí una
madre sola con dos niños. La nueva ley dice que los niños sólo pueden viajar al
extranjero en compañía de uno de los progenitores siempre y cuando lleve
permiso por escrito del otro progenitor. Como esa señora, que va con esos niños
que parecen niñas, intente pasar por aquí sin el imprescindible permiso
paterno, hoy no viaja. No via-ja”. Llegué
ante el policía. Como soy viuda, es de cajón que el muerto no me había dado su permiso
por escrito, así que, a pesar de que yo llevaba todos los papeles en regla: el
libro de familia, el certificado de defunción, los documentos de identidad… la dichosa
realidad numérica había querido que el joven policía nunca se hubiera
encontrado con una viuda de viaje con sus hijos. Ahorraré la conversación con
el poli diligente, que fue larga, fue de las que forman cola de gente cabreada,
y que concluyó con un: “si su marido no puede darle permiso, se lo tiene que
dar un juez”. Eso me dijo el policía, con su chapa, su gorra y su porra y su cara
de policía majísimo y eficiente de Barajas. Yo era una mujer sola, no tenía
marido, mi marido no podía dar el permiso, luego era una mujer que para sacar a
sus hijos de España, necesitaba el beneplácito de una instancia superior: ¿Qué
hay superior a un marido ausente, que en paz descanse? Un juez. Por supuesto,
se demostró que el policía se columpiaba -y de qué manera-. Sí, claro, su error
fue provocado por la realidad numérica, la estadística dichosa. Hay que
disculpar al joven y diligente policía, que es que lo que pasó es que numéricamente
hablando, en el mundo hay más niñas con el pelo largo, igual que hay más niños
con el padre vivo, igual que hay más divorciadas que secuestran a sus hijos
tratando de cruzar la frontera con libros de familia falsos que padres majos,
sin causas con la justicia, que se van de vacaciones a Inglaterra.
La estadística también tuvo la culpa
de que el técnico de telefónica que vino a mi casa a reparar el cable roto me dijera:
“esta rama del pino igual roza en el cable. Dígale, si eso, a su marido que se
la corte”. Coño, qué frase. La voy a repetir: “dígale a su marido, si eso, que se la corte” Un error claramente
basado en la realidad numérica. Estadísticamente hablando, hay muchísimos más hombres con
experiencia en cortar ramas de pino, que mujeres. Seguro que las
estadísticas nos dicen que son los hombres, sólo los hombres, los que se suben
a los árboles con el serrucho cuando llega el momento de cortar una rama de
pino. No es que yo conozca a muchos hombres de esos. De hecho, pienso en la
poca maña que se dan para el bricolaje la mayoría de los amigos que tengo (escritores
e intelectuales, sí, esa gente tan torpe para todo lo que no sea pensar) y creo
que igual, la realidad numérica está equivocada. Lo triste es que si nos
hicieran una encuesta, estadísticamente hablando, una mayoría de hombres y de
mujeres, diríamos que es así. Que son los hombres los que se suben a los
árboles cuando toca subirse, mientras que somos las mujeres las que los
jaleamos como pesadillas constantes, para que “si eso”, nos corten de una puñetera
vez la dichosa rama. Vivimos en el cliché estadísticamente cierto. Un cliché
que nos reafirma en una realidad inventada o como mínimo, no comprobada. Vemos el
cliché y no a la persona que tenemos delante: vemos niñas donde hay niños y
hombres cualquieras en los arboles donde debería sólo haber jardineros experimentados.
¿Pero puedo aplicar una estadística
sacada de la manga para atacar otra estadística sacada de la manga? Si lo
consigo, seré genial, genial, genial, así que voy a intentarlo. Que yo haga
reflexiones sobre el machismo, que lance un tuit al respecto y que venga
rápidamente alguien a defender la sociedad, y a los torpes que se equivocan, diciendo
que la sociedad es inocente porque yerra a causa de la realidad numérica, es también
una cuestión de estadística. Siempre me pasa. Me pasa siempre. Siempre,
siempre, siempre que hago comentarios sobre la discriminación, me salen al paso
los abogadillos del pueblo, diciéndome que no es así, que veo fantasmas cuando
lo que debo ver son realidades numéricas. Que el machismo no es algo
generalizado. Que el canon patriarcal es cosa del pasado. Es entonces cuando me
miro en el espejo y veo la estadística. Mi estadística. Siempre me pasa.
Siempre. Veo esas veces, tantas, muchas veces que pienso en lanzar un tuit, o
un estado de Facebook y no lo lanzo, me lo como, me lo callo, para evitarme a estos
señores petardos que me sacan a relucir la estadística. Muy mal, Lea. Fatal. Lo
que uno se deja dentro, se pudre. Esto se lo oí una vez a no sé quién y me
encantó. Se pudre.
Los llamados micromachismos forman un
caldo de cultivo, pequeños abscesos bajo la piel, un ponche social que nos
afecta a todos, todo el tiempo, continuamente, como los rayos del sol. Unas
veces, a los prejuicios inconscientes, errores tontos, les damos poca
importancia, sobre todo si no hay daños colaterales. Otras veces, ya fastidian
más porque te hacen perder horas, dinero y aviones. Otras, son terribles y te
marcan de por vida. Por eso, por este último motivo, hay que salirse de la estadística,
de la cómoda y cálida mayoría, y reflexionar en voz alta y decir que la realidad me la trae floja cuando se trata de matar clichés. Esta es mi reflexión sesuda y demagógica sobre lo que no importa.
miércoles, 2 de marzo de 2016
¿CÓMO SE TE OCURRE UNA NOVELA?
El otro día llevé a mi hijo
de 6 años a un cumpleaños de esos en los que a las niñas las disfrazan de
princesas y a los niños de cualquier otra cosa -parece ser que los niños no
necesitan ser princesas para divertirse- y me quedé por allí con las otras madres -siempre son
madres-. Una de ellas, que es nueva, tenía el entusiasmo de la novedad. Otra de
ellas, que no lo es, sabe que escribo y me preguntó si este año iría a firmar a
la feria del Libro porque no quiere perdérselo con su hija mayor, que es aspirante
a escritora. La nueva madre, al enterarse de que me dedico a la literatura, abrió
mucho los ojos y posando su mano abierta en mi tenso brazo me dijo: "oye,
siempre me lo he preguntado y ya que te tengo aquí… dime una cosa ¿cómo se le
ocurre a un novelista una novela?". Mi expresión desorientada provocó una
aclaración a su pregunta: "quiero decir, que vas y piensas... mira, pues voy
a escribir esta novela, oye... ¿y vas y la escribes?”.
Debo aclarar que mi
cerebro nunca está en reposo. Me pasa desde pequeña y es un verdadero incordio.
No hay pastillas para esto del cerebro pensante. Si las hubiera, las tomaría antes
de ir a los cumpleaños de mis hijos, de la misma manera que los que se marean
en un coche, siempre se zampan una biodramina antes de viajar. Pero no hay pastillas
para las preguntas mortales. Así que lo primero que hizo mi cerebro fue
analizar qué tipo de respuesta debía dar. ¿Corta o larga? ¿Elaborada o simple?
¿Ingeniosa o por salir del paso? Para
eso, se lanzó mi cerebro en una abrupta
y alocada reflexión analítica sobre la preguntadora. Mis ojos escrutaron su
rostro, su ropa, sus uñas, sus zapatos, su peinado. Mi cerebro llegó a la
conclusión de que se trataba de una mujer de clase media, de buen nivel
adquisitivo, con estudios universitarios, viajada –hablaba mucho de su vida en
USA-. Como mi cerebro recibía señales cruzadas me dijo:
-¿A qué se puede dedicar esta tía?
-Imposible adivinar, querido cerebro –le respondo.
-Arquitecta no es; periodista, imposible;
gestora cultural, tachado; profesora, nope… Dios mío, no quiero caer en el
cliché, pero sin duda esta mujer es…
-I
know, cerebro, esta mujer, sin duda… trabaja en un banco.
-Horror.
-Puede que incluso trabaje en el Banco de
Santander.
-¿Por qué me tenía que tocar una bancaria?
Las bancarias son las más difíciles. ¿Qué le respondo, cerebro? ¿Qué le digo a
esta bancaria sobre cómo se “me ocurre” una novela? Tengo muchos prejuicios
contra las bancarias.
-Puf, no tengo ni idea, igual metes la
pata. Tú eres sarcástica hasta cuando tratas de ser amable.
-Por eso lo digo.
-Mira, mira esa otra madre, la pelirroja esa
que te odia. Ya huele la sangre. No le des motivos.
-Ya, ya. Si pienso ser amable. Estoy
decidida a encajar.
Observo a las madres de
las demás princesas para tomar aliento. Tienen sus ocho miradas y sus dieciséis
orejas felinas clavadas en mí. Cómo me gustaría ser una más, ser bancaria por
un día y trabajar en el Banco de Santander con mi sueldito todos los meses, mi
rutina, mi tribu. Cómo me gustaría no tener que enfrentarme a preguntas sobre “de
dónde salen las novelas” o “cómo se me ocurren los personajes”. Nadie les
pregunta a las bancarias si pierden billetes de cincuenta euros o si se les
atasca la caja fuerte día sí, día también. No es la primera vez que me pasa lo
de las preguntas difíciles. Había olvidado por qué nunca voy a los cumpleaños.
Había olvidado que detrás de esa pregunta vendrá la de: “Ah, eres escritora ¿Y
de qué va tu novela?” ¡Dios! Si respondo a esta, el “de qué va” vendrá después,
igual que el trueno llega, indefectiblemente atronador después del rayo, a no
ser que seas sordo en cuyo caso el trueno te da completamente igual. Si utilizo
la estratagema de otras veces e inicio una conversación amena para entretenerme
yo, me lo reprocharán, porque ya has aprendido, Lea, que en los cumpleaños
están vetadas las conversaciones amenas. Es obligatorio que nadie sea el centro
de atención. Me miran. ¿Dónde está esa pastilla? No hay escapatoria. Sale una monitora
disfrazada de paje. Las princesas siguen dentro, con diademas de plástico,
maillots plateados y tutús rosa. La monitora en realidad parece la sota de copas
porque nos trae unas coca-colas en una bandeja. Bebo. Me anima ver alguien está peor que yo.
-Dime, cerebro… ¿Realmente, a estas
personas les interesa algo de lo que preguntan?
-¡Qué va! Son preguntas reflejo. Son preguntas
que se hacen sin más ni más.
-¿Para rellenar los silencios?
-Exacto. La prueba es que las preguntas de
los adultos suelen ser inútiles.
-Esta mañana el de 8 me preguntó que cómo
es posible que el agua se expanda al congelarse cuando todo lo demás se contrae
con el frío.
-Eso sí que es una pregunta que mola responder.
Mola saber que el que pregunta, pregunta porque lo necesita.
-Ya te digo.
-¿Y qué vas a hacer con la bancaria?
Las miro. La pelirroja
que me odia tiene sus pupilas dilatadas. Siempre está en desacuerdo con todo lo
que digo acerca de mis hijos, de los hijos, de la educación de los hijos, de la
música moderna, del sofrito, de la cebolla en la tortilla o del bien y del mal.
Los depredadores, pienso, dilatan las pupilas antes de cazar. Yo ya sé que la
pelirroja odia todo lo que tengo que decir antes de que lo piense y antes de
que lo diga. Tiene los ojos negros por culpa de tanta pupila.
-Esa madre, la pelirroja, me está
esperando, ¿verdad cerebro?
-No te quepa duda.
-¿Y qué hago? ¡Algo tengo que decir! ¿Me
levanto y me voy? ¿Les explico que a los escritores nos jode muchísimo que nos
hagan estas preguntas? ¡¿Cómo coño se me ocurre una novela?! ¿Por qué tuve que
leer a Kafka? ¡Luego se sorprenden de que bebamos!
-¡Y yo qué sé! ¡Calma!
-No, no me calmo… ¿Cómo es posible que se
critique a los niños pequeños constantemente por ser molestos, por hacer ruido
en los bares y sin embargo, nadie critique a otro adulto por preguntar
gilipolleces? Esto es como si yo me acerco a Norman Foster y le digo: “ya que
le tengo a mano, Sir Norman, verá, yo siempre he querido saber… ¿cómo se le
ocurre a usted un edificio?”
-Te estás cabreando. Esto acabará mal.
-Pero si es que sólo tengo unas décimas de
segundo para no cagarla delante de ocho madres que desean mi muerte fulminarme,
que me quieren seca en el sitio mientras piensan: pues no le veo yo la
inteligencia a esta mujer, ni el glamur, ni nada. ¿Qué demonios escribe que no
sabe ni responder cómo se le ocurre lo que escribe? Tuve que quedarme en casa.
-Ya sabías cuando viniste que la gente
pregunta sin pensar en lo que pregunta.
-Y no es justo, porque yo siempre pienso muy
largamente lo que respondo.
-Quizá puedas evitar la respuesta completamente.
-Puedo decir que no la he entendido.
-Entonces parecerás tonta. No te gusta
pasar por tonta.
-Nada. No me gusta nada. Antes muerta que
pasar por tonta. Sobre todo delante de esa, la pelirroja que pondrá cara de: “pues
vaya con la escritora”, aliviada al fin de poder contraer sus enormes pupilas
negras. A la mierda con todo, cerebro, ¿de verdad se merece esta bancaria una
respuesta bien pensada y bien razonada?
-Para nada. No gastes tu tiempo.
-¿Y qué digo?
-Escribir una novela es un proceso muy
largo que empieza por un sentimiento. El sentimiento es tan fuerte, que se
convierte en algo que hay que decir.
-Me van a odiar.
-Asúmelo. Eres escritora. Ya te odian.
-Gracias, cerebro.
domingo, 21 de febrero de 2016
PARECES MAS JOVEN
Salgo con un hombre. Nos divertimos, nos reímos, él es atractivo, yo más, lo pasamos bien, hacemos juegos de palabras comparando inteligencias y tal. En un momento de entusiasmo me dice con mirada ilusionada:
-Pareces mucho más joven.
Yo sonrío y me pregunto si debo iniciar este diálogo o callármelo:
-¿Más joven que quién?
-Que la edad que tienes.
-¿Y con qué persona de 45 años me estas comparando?
-Quiero decir que si yo no supiera los años que tienes, te echaría muchos menos años.
-¿Y cuantos me echarías? ¿42? ¿40?
-Menos.
-¿Sabes qué pasa? Que a lo mejor soy la única persona de 45 años en el mundo que aparenta 45 años pero tú nunca has conocido a nadie que los aparente bien. A lo mejor aparento 50 años de espíritu jovial. A lo mejor no me estás mirando con lo que hay que mirar.
-Era un piropo.
-No, un piropo es decir: qué guapa eres, qué ojazos tienes, quė monas y redondeadas son tus orejas, que parecen hechas de buen cartílago, un cartílago fuerte y delicado. Que nuestro primer piropo, querido, venga a cuento de mi juventud o de mi poca juventud no es un piropo. De hecho, es las antípodas del piropo. No porque me ofenda -que ya puestos también me ofende, aunque me ofende por razones ajenas a la edad que no sé si entenderías-, sino porque te retrata. A mi me interesan mucho los hombres que dicen lo último que piensan y me interesan más bien poco las personas, hombres incluídos, que sueltan por la boca lo primero que les viene a la cabeza. Tu comentario "pareces más joven" surge de una mentalidad burguesa y cuadriculada y mi sonrisa helada surge de un espíritu libre y bohemio que se fascina de tu mentalidad, que por otra parte, es la norma. Te voy a decir lo que ha pasado por tu mente para decir esa frase. Te vas a quedar de piedra de todo lo que soy capaz de adivinar con una sola frase: resulta que hoy has salido con una mujer atractiva y divertida, una mujer que no tiene problemas ni cargas, una mujer libre de las esclavitudes de las mujeres que es muy graciosa y que tiene talento... pero en tu mente está esa cifra... 45 y piensas: "puf..." Y te dices a ti mismo: "La preferiría de 35, pero la verdad es que es tan ingeniosa, tan jovial, tan desenfadada que la tía parece que tuviera 35. Me gusta. Me gusta esta mujer. Sí, aparenta 35. Es increíble. Qué bien me siento a su lado. Ya no es obstáculo su edad... Parece que me sirve, qué alivio, a pesar de que no tiene 35 sino 45". ¿He acertado?.
-No te quería ofender, pero sí, has acertado en todo.
-¿A que ya no te parezco más joven? ¿a que ahora te parezco una anciana? Tengo la sabiduría de Leah, la primera mujer de Jacob. La sabiduría de todas las tribus de Egipto. No parezco más joven, ni más vieja, ni parezco, ni soy una niña, no parezco nada en comparación con nadie porque mi edad es irrelevante. Siempre lo ha sido. Siempre fui adulta, desde muy pequeña. Siempre he sido joven, desde muy mayor. Esto es porque sólo hay una Lea González-Vélez Martín en todo el mundo. Soy incomparable. Lea tiene todas las edades.
-Pareces mucho más joven.
Yo sonrío y me pregunto si debo iniciar este diálogo o callármelo:
-¿Más joven que quién?
-Que la edad que tienes.
-¿Y con qué persona de 45 años me estas comparando?
-Quiero decir que si yo no supiera los años que tienes, te echaría muchos menos años.
-¿Y cuantos me echarías? ¿42? ¿40?
-Menos.
-¿Sabes qué pasa? Que a lo mejor soy la única persona de 45 años en el mundo que aparenta 45 años pero tú nunca has conocido a nadie que los aparente bien. A lo mejor aparento 50 años de espíritu jovial. A lo mejor no me estás mirando con lo que hay que mirar.
-Era un piropo.
-No, un piropo es decir: qué guapa eres, qué ojazos tienes, quė monas y redondeadas son tus orejas, que parecen hechas de buen cartílago, un cartílago fuerte y delicado. Que nuestro primer piropo, querido, venga a cuento de mi juventud o de mi poca juventud no es un piropo. De hecho, es las antípodas del piropo. No porque me ofenda -que ya puestos también me ofende, aunque me ofende por razones ajenas a la edad que no sé si entenderías-, sino porque te retrata. A mi me interesan mucho los hombres que dicen lo último que piensan y me interesan más bien poco las personas, hombres incluídos, que sueltan por la boca lo primero que les viene a la cabeza. Tu comentario "pareces más joven" surge de una mentalidad burguesa y cuadriculada y mi sonrisa helada surge de un espíritu libre y bohemio que se fascina de tu mentalidad, que por otra parte, es la norma. Te voy a decir lo que ha pasado por tu mente para decir esa frase. Te vas a quedar de piedra de todo lo que soy capaz de adivinar con una sola frase: resulta que hoy has salido con una mujer atractiva y divertida, una mujer que no tiene problemas ni cargas, una mujer libre de las esclavitudes de las mujeres que es muy graciosa y que tiene talento... pero en tu mente está esa cifra... 45 y piensas: "puf..." Y te dices a ti mismo: "La preferiría de 35, pero la verdad es que es tan ingeniosa, tan jovial, tan desenfadada que la tía parece que tuviera 35. Me gusta. Me gusta esta mujer. Sí, aparenta 35. Es increíble. Qué bien me siento a su lado. Ya no es obstáculo su edad... Parece que me sirve, qué alivio, a pesar de que no tiene 35 sino 45". ¿He acertado?.
-No te quería ofender, pero sí, has acertado en todo.
-¿A que ya no te parezco más joven? ¿a que ahora te parezco una anciana? Tengo la sabiduría de Leah, la primera mujer de Jacob. La sabiduría de todas las tribus de Egipto. No parezco más joven, ni más vieja, ni parezco, ni soy una niña, no parezco nada en comparación con nadie porque mi edad es irrelevante. Siempre lo ha sido. Siempre fui adulta, desde muy pequeña. Siempre he sido joven, desde muy mayor. Esto es porque sólo hay una Lea González-Vélez Martín en todo el mundo. Soy incomparable. Lea tiene todas las edades.
jueves, 28 de enero de 2016
UN CABREO SUPERDOTADO
Hoy me he cabreado con la actitud un tanto corporativista de la enseñanza hacia los niños de Altas Capacidades. De puertas para afuera, todo el mundo está por la inclusión pero de puertas para adentro, no se hace nada útil por los niños veloces de mente, con una capacidad de reflexión mayor a sus iguales, con más imaginación y en general, con muchas más ganas de aprender. Como me he cabreado, he colgado esto en mi muro de FB y Eduardo Laporte, que es un cielo, me dice que lo ponga en el blog para retuitearlo por doquier así que ahí va el texto de mi muro:
"Al que le molesten los comentarios que pongo sobre mis hijos y sobre las Altas Capacidades y el trato que la enseñanza pública da de ellas, puede perfectamente dejar de seguirme, porque verdaderamente es un tema que se me clava en la carne y con el que tengo ideas muy claras. Estoy hasta las narices de gente que sabe más que yo de este tema. Que sabe más de acoso escolar sin haberlo sufrido, que sabe más de la culpa temprana por no ser capaz, NO SER CAPAZ FÍSICAMENTE, de hacer tareas repetitivas, como escribir la letra L 80 veces o de hacer DEBERES que incluyen la frase PILAR PELA EL POMELO cuando tú quieres saber de qué está hecho el sol. EL SOL. Estoy hasta las narices de que TODOS los profesores se pongan a la defensiva y se defiendan entre ellos cuando todos, TODOS los profesores TE MIRAN COMO SI FUERAS IMBÉCIL cuando dices que tu hijo sabe sumar con 11 meses, te pregunta con 3 años sobre la combustión en el espacio y sin embargo es obligado a colorear osos panda de color rosa durante horas porque el sistema dicta que es LO QUE TOCA. Estoy cansada de tratar de expresar con una sonrisa LA LUCHA que es enterarse, sólo ENTERARSE de qué dice la ley con respecto a la superdotación y AACC (altas capacidades) porque la mayoría de los docentes NO CONOCEN LA LEY y por tanto NO LA APLICAN sobre todo en casos de atención temprana. Estoy hartita de decir que los niños superdotados NO TOCAN EL PIANO COMO MOZART, son como cualquier otro niño en el colegio porque a los 3, 4, 5, 6 años se tiene potencial, no conocimientos y sus conocimientos se valoran por escrito, cosa que un niño de 3, 4, 5, 6 años NO PUEDE HACER PORQUE NO SABE ESCRIBIR. A estos niños no se les da la oportunidad de demostrar lo que saben puesto que este país VALORA LOS CONOCIMIENTOS POR ESCRITO Y NO EL POTENCIAL. Es también una falacia pensar que los superdotados SABEN ESCRIBIR ANTES. ¡NO SABEN! En general ODIAN EL LÁPIZ. Harta estoy, muy harta de saber que cientos de miles de padres nunca sospecharán que su hijo es de Altas capacidades porque no lo ven en plan Mozart o Picasso. Que POR CONTRA, pensará que es UN VAGO REDOMADO porque no le gusta el colegio y suspenderá y repetirá y acabará sintiéndose un fracasado. Cansada hasta la médula de saber que estamos SOLOS contra un sistema enquistado, pero no, oye, la enseñanza pública es lo mejor. Hasta el moño de que nadie sepa que un niño de Altas Capacidades NO ES EL PITAGORÍN DE LA CLASE, ES EL REPETIDOR. La enseñanza pública será genial para muchos, pero para los alumnos de AACC (las puñeteros siglas de Altas Capacidades) a día de hoy, en la Comunidad de Madrid, LA ENSEÑANZA PÚBLICA NO ES LO MEJOR. LO MEJOR ES: UNA MADRE que encuentre el lugar y que luche y que ponga mensajes como este y que hable cada tres meses con sus profesores para recordarles las tácticas de motivación que constantemente se les olvida aplicar, porque SER SUPERDOTADO EN ESPAÑA es UN PROBLEMA TENEBROSO. Los niños NO FRACASAN en los estudios, somos nosotros, como sociedad, quienes FRACASAMOS CONSTANTEMENTE CON ELLOS.
ESTUVE CASADA 16 AÑOS CON UNO DE LOS MEJORES PROFESORES DE ESTE PAÍS. CUANDO MURIÓ, RECIBÍ MÁS DE DOSCIENTOS EMOCIONANTES EMAILS DE TODO EL MUNDO DE EX ALUMNOS QUE SE HABÍAN ENTERADO POR SU ANTIGUO COLEGIO Y QUE ME DIJERON: FUE EL MEJOR PROFESOR QUE TUVE EN TODA MI VIDA. YO CREO EN LA ENSEÑANZA, PERO NO EN CUALQUIER ENSEÑANZA."
"Al que le molesten los comentarios que pongo sobre mis hijos y sobre las Altas Capacidades y el trato que la enseñanza pública da de ellas, puede perfectamente dejar de seguirme, porque verdaderamente es un tema que se me clava en la carne y con el que tengo ideas muy claras. Estoy hasta las narices de gente que sabe más que yo de este tema. Que sabe más de acoso escolar sin haberlo sufrido, que sabe más de la culpa temprana por no ser capaz, NO SER CAPAZ FÍSICAMENTE, de hacer tareas repetitivas, como escribir la letra L 80 veces o de hacer DEBERES que incluyen la frase PILAR PELA EL POMELO cuando tú quieres saber de qué está hecho el sol. EL SOL. Estoy hasta las narices de que TODOS los profesores se pongan a la defensiva y se defiendan entre ellos cuando todos, TODOS los profesores TE MIRAN COMO SI FUERAS IMBÉCIL cuando dices que tu hijo sabe sumar con 11 meses, te pregunta con 3 años sobre la combustión en el espacio y sin embargo es obligado a colorear osos panda de color rosa durante horas porque el sistema dicta que es LO QUE TOCA. Estoy cansada de tratar de expresar con una sonrisa LA LUCHA que es enterarse, sólo ENTERARSE de qué dice la ley con respecto a la superdotación y AACC (altas capacidades) porque la mayoría de los docentes NO CONOCEN LA LEY y por tanto NO LA APLICAN sobre todo en casos de atención temprana. Estoy hartita de decir que los niños superdotados NO TOCAN EL PIANO COMO MOZART, son como cualquier otro niño en el colegio porque a los 3, 4, 5, 6 años se tiene potencial, no conocimientos y sus conocimientos se valoran por escrito, cosa que un niño de 3, 4, 5, 6 años NO PUEDE HACER PORQUE NO SABE ESCRIBIR. A estos niños no se les da la oportunidad de demostrar lo que saben puesto que este país VALORA LOS CONOCIMIENTOS POR ESCRITO Y NO EL POTENCIAL. Es también una falacia pensar que los superdotados SABEN ESCRIBIR ANTES. ¡NO SABEN! En general ODIAN EL LÁPIZ. Harta estoy, muy harta de saber que cientos de miles de padres nunca sospecharán que su hijo es de Altas capacidades porque no lo ven en plan Mozart o Picasso. Que POR CONTRA, pensará que es UN VAGO REDOMADO porque no le gusta el colegio y suspenderá y repetirá y acabará sintiéndose un fracasado. Cansada hasta la médula de saber que estamos SOLOS contra un sistema enquistado, pero no, oye, la enseñanza pública es lo mejor. Hasta el moño de que nadie sepa que un niño de Altas Capacidades NO ES EL PITAGORÍN DE LA CLASE, ES EL REPETIDOR. La enseñanza pública será genial para muchos, pero para los alumnos de AACC (las puñeteros siglas de Altas Capacidades) a día de hoy, en la Comunidad de Madrid, LA ENSEÑANZA PÚBLICA NO ES LO MEJOR. LO MEJOR ES: UNA MADRE que encuentre el lugar y que luche y que ponga mensajes como este y que hable cada tres meses con sus profesores para recordarles las tácticas de motivación que constantemente se les olvida aplicar, porque SER SUPERDOTADO EN ESPAÑA es UN PROBLEMA TENEBROSO. Los niños NO FRACASAN en los estudios, somos nosotros, como sociedad, quienes FRACASAMOS CONSTANTEMENTE CON ELLOS.
ESTUVE CASADA 16 AÑOS CON UNO DE LOS MEJORES PROFESORES DE ESTE PAÍS. CUANDO MURIÓ, RECIBÍ MÁS DE DOSCIENTOS EMOCIONANTES EMAILS DE TODO EL MUNDO DE EX ALUMNOS QUE SE HABÍAN ENTERADO POR SU ANTIGUO COLEGIO Y QUE ME DIJERON: FUE EL MEJOR PROFESOR QUE TUVE EN TODA MI VIDA. YO CREO EN LA ENSEÑANZA, PERO NO EN CUALQUIER ENSEÑANZA."
lunes, 21 de diciembre de 2015
DOS MÁS DOS CASI SON CUATRO
La democracia es imperfecta y según el sistema electoral español no es pura matemática. La democracia en nuestro país es algo así como que dos más dos, casi son cuatro.
Sería genial que la ancestral democracia pudiera ser pura matemática. Que fuese indiscutiblemente perfecta como las hojas de una acacia que se alinean en series de Fibonacci para que el árbol capte mejor la luz del sol. Sería maravilloso que la democracia y sus sumas y sus porcentajes fueran perfecta y fibonacciana matemática y que simplificar los sentimientos de odio, pena, frustración, opresión, alegría, esperanza, miseria, riqueza, bondad o maldad fuera cosa tan simple como sumarlos y obtener un resultado perfecto: el representante matemáticamente perfecto, pero no es así... ¿O sí es así? Yo creo que casi, casi.
La democracia tiene algunas fisuras, las fisuras en las que interviene la subjetividad. Esta subjetividad, que se traduce en cosas como la ley D' Hondt y que hace que un voto soriano valga más que uno madrileño, por ejemplo. También es inevitable que nuestra democracia favorezca la representación parlamentaria de los votos nacionalistas. Lo es. Inevitable. Esto no es malo ni bueno. Es lo mejor posible o un mal necesario o directamente, lo menos malo. La cosa es que la democracia es lo suficientemente buena matemática, buena aritmética, como para que funcione y yo creo firmemente en la verdad matemática. Es probable que no haya otra verdad. Creo que el universo es pura matemática y que gracias a las matemáticas, la democracia es fabulosa y se nos ha olvidado por sabida, conocida, heredada y trillada. Se nos ha olvidado porque todos los nacidos en democracia no saben que podía haber otra cosa o no se les ocurre entender que hay, a menudo, otra cosa (un poco como cuando mis hijos alucinan porque en el pasado los niños viajáramos en coche sin cinturón de seguridad ni sillita elevadora). No, a mi no se me ha olvidado el pasado. Yo no nací en democracia. Yo crecí con las historias y las cicatrices de mis padres y el miedo y la ilusión de la transición y las dictaduras chilenas, argentinas y sus desaparecidos y el golpe de Tejero. Tampoco se me ha olvidado cómo viajábamos los niños en el asiento de atrás, ni se me ha olvidado que un día íbamos por la calle Alcalá, mi hermano y yo en el coche, en aquella época en la que no había cinturones y los niños nos apretujábamos para compartir el hueco entre los asientos delanteros para poder ver lo que estaba pasando. Mi madre conducía. No recuerdo a dónde nos llevaba. La cosa es que estaba todo cortado y había policía por todas partes y mi madre bajó la ventanilla y le preguntó a un agente: "¿qué ha pasado?" Él le contestó: "unos pistoleros han entrado a tiros en un bufete de la calle Atocha. Han matado a varios abogados de izquierdas. Tiene que dar la vuelta, señora." Ahí mismo, en ese instante, mi madre se echó a llorar. Se le desbordaron sus ojos azules y enormes y se echó a llorar. "¿Qué te pasa mamá?", le dijimos, "¿Qué te pasa?" Mi madre respondió: "esto es terrible, es terrible. Esto es el fin de la democracia."
Por suerte, mi madre se equivocó y no lo fue. Fue el principio. Todos los partidos y sus seguidores reaccionaron con una templanza impresionante y se llegó a la legalización del partido comunista y se celebraron unas elecciones, las de 1977. Ayer, mi madre, que también tiene muy buena memoria, escuchó decir a unos cuantos líderes políticos: "hoy ha cambiado España porque por primera vez se reparten los votos entre cuatro partidos." Mi madre reaccionó muy molesta : "No es verdad. ¡No es verdad! España cambió en 1977 y no se repartieron los votos entre cuatro partidos, se repartieron entre cinco partidos. A mí no se me ha olvidado", dice mi madre. Y yo le respondo: "El problema es que a estos no se les ha olvidado, es que no lo saben. No lo saben." Sólo el líder de Izquierda Unida hizo referencia a esa pluralidad del 78 que por criticada en los últimos años parece ahora falsa, inventada o radiactiva. Pues no fue falsa entonces y ni mucho menos fue mala. Fue pura democracia. Nunca hemos tenido una representación tan plural como la de 1978 o como lo será ahora. Lo que ha pasado ayer es algo fácil de entender. Real. Bello por su simpleza.
Los diputados resultantes de las elecciones de ayer no han sido elegidos a cara o cruz. Ayer votaron casi veinticinco millones y medio de españoles. 25 millones y medio. 25 MILLONES. Eso es la pluralidad. La pluralidad matemática en la que por un día cada hombre y cada mujer vale lo mismo (exceptuando, quizá, a los sorianos). Todos valemos lo mismo, exactamente lo mismo, por un día. VEINTICINCO MILLONES Y MEDIO de opiniones buenas y malas y regulares y sabias e ignorantes, de mudos y sordos, de frágiles y enfermos, de fuertes y cabrones, de jóvenes y ancianos, de amnésicos y memoriones, de mafiosos y esforzados... Por un día, un sólo día, todas las opiniones valen lo mismo y en la suma de cuatro no existe un dos bueno y un dos malo, un dos cabrón y un dos majete. En la suma no entra la moralidad o la subjetividad porque todos valemos lo mismo en sociedad. Hay quien esto no lo puede concebir, pero es necesario recordarlo y afirmarlo. El hombre más sabio vale lo mismo que el más ignorante porque lo que importa es que es, que está vivo, que nació, que es la hoja fibonacciana de la rama de este árbol que llamamos sociedad.
Ayer, más de 25 millones de personas sumaron sus emociones y los mismos que gritaban felices "es la fiesta de la democracia" hoy ya empiezan a juzgar a los demás con el sesgo de su propia ideología. Ya están muchos diciendo que los que votaron a estos son majaderos, que los que votaron a aquellos son radicales, que los que no votaron son idiotas, que ganan los cabrones y pierden los buenos, que ganan los buenos y pierden los hijos de tal o de cual. Da igual, pueden decir lo que quieran. Lo único que queda es que el resultado de estas elecciones, o de cualquier votación, no puede verse desde la moral o la subjetividad, desde la desilusión o la alegría. Sólo puede observarse desde la fascinación por un sistema que por un día, sólo por un día, permite a todos los españoles ser pura, bella, libre, discreta, pacífica aritmética, hoja de acacia representada en el parlamento. El mismo parlamento que todos unidos, libres y pacíficos hemos deseado tener.
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