viernes, 13 de abril de 2012

La figura de bronce


Una vez, un amigo un amigo mío se enamoró de una escultura de bronce. Era la figura de una joven semidesnuda, envuelta en la clásica túnica, con los brazos en alto, clamando victoria o recibiéndola, no sé. Una imagen muy de los años treinta. Su rostro Art Decó era perfecto. Ese estilo siempre le había encantado a mi amigo y aunque era un poco cara, se la compró. La llevó a casa y la puso en la repisa de la chimenea. Allí pasó varios días encaramada, con sus brazos en alto. La había comprado un lunes. El sábado se hizo evidente que las proporciones no eran las adecuadas. La escultura era muy grande para esa escuálida repisa. Mi amigo movió un candelabro. Ajustó los utensilios de atizar el fuego. Cambió algunos libros de sitio haciendo protagonista uno muy gordo sobre el arte del Ikebana (arte de los arreglos florales japoneses). A pesar de su esfuerzo estético, no logró el ansiado equilibrio. Algo no funcionaba. Buscó otro lugar donde ponerla. ¡Cómo le gustaba! Quería mirarla todos los días. Limpió de libros la mesa de roble viejo que había junto al sofá. Era un ávido lector y la casa estaba llena de perfectas columnas literarias que simbolizaban su mundo interior. La tarea le llevó una hora. Colocó a la joven de bronce sobre el mueble. Se sintió feliz. Dos días después, el lunes, supo que tampoco era su sitio. Dudó de todo. De ella, de sí mismo. Sí, se sintió fracasado porque comenzó a sospechar que el problema no era de forma, sino de fondo. Su casa le gustaba. Le gustaba mucho. Con los años se había hecho un estilo muy personal, ecléctico, con objetos caros y baratos, pero todos imperfectos. Todos con un sentido metafórico o una idea amarrada a ellos. Maderas sin desbastar, colores toscanos, bocetos imprecisos que dibujaban su alma. El estilo era cálido. Se sentía cómodo y protegido. La mujer hermosa y metálica y alegre que alzaba sus manos hacia el cielo, clamando victoria impúdicamente, no encajaba en su galaxia. No encontraba lugar en su hogar perfectamente desordenado y la puñetera no ponía de su parte. Cada mañana, ella seguía mirando al cielo como esperando el maná. No caía maná. No existía el maná. Le empezó a irritar su actitud. Le insultaba su actitud. Se dijo que se había equivocado al comprarla. Que se había enamorado de un objeto sin pensar en el contexto o en lo que de verdad necesitaba o en los trastornos que su presencia podía causarle. Se sintió como un imbécil. Tras llegar a esta conclusión, la de que era imbécil, se fue a la cama. No pegó ojo. Era más pobre y desdichado. Las perfectas facciones de la figura de bronce le acosaron en sus precarios sueños. La venderé, pensó. La devolveré a la tienda aunque pierda dinero. Una vez que tomó la decisión, pudo descansar. Se acabaron las margaritas que deshojar. Al día siguiente la llevó al anticuario que se la había vendido. Era un viejo con barba blanca y coloretes como de Santa Claus y espíritu de comerciante avaro Shakesperiano. Al posar su vista sobre la esbelta figura, la cara rubicunda del tipejo se partió en una mueca. Una sonrisa de gato de Cheshire sin charme. La avidez de su gesto le dio miedo a mi amigo. ¡Qué desasosiego! No podía desprenderse de ella. No quería que fuera de otro… Era suya y la quería. Ya estaba dispuesto a agarrarla y salir corriendo sin dignidad de aquella tienda, aunque tuviera que meterla en un altillo, cuando el destino, el sentido común o las circunstancias salvaron la situación. En un rincón de la tienda, mi amigo vio lo que se asemejaba a un pedestal de madera. Tenía una pátina de pintura descascarillada por los siglos. No brillaba. Era de un mate claro, desteñido por el salitre del océano, pelín mugriento. El viejo remedo de Santa Claus le explicó que era un trozo de una columna de un barco. Un barco hundido que había participado en una batalla mucho menos famosa que Trafalgar, pero una batalla al fin y al cabo. Mi amigo sintió que por fin ella ponía de su parte también. Sus brazos hacia el cielo cobraban de pronto sentido sobre los restos de un naufragio. Ambos objetos viajaron a su casa en el asiento del copiloto.
Cada día, antes de irse a dormir, mi amigo le da las buenas noches a la belleza art decó que reposa sobre la columna desgastada por las mareas de tantos muertos. Si no lo hace, mi amigo tiene malos sueños. Le costó encontrar su lugar, pero ahora, parece que siempre estuvo allí. Mi amigo se pregunta si acaso siempre estuvo allí. Porque todo ocurrió en su mente. A veces pretendemos buscarle un sentido, aunque sea un contrasentido, a las cosas que sólo está en nuestra mente. Como están en nuestra mente en nuestra mente está el sentido. Ella no es más que una bella figura. La columna no es más que una simpática columna. Los símbolos, sin embargo, a veces lo son todo.

lunes, 2 de abril de 2012

De vuelta a Southampton

Vengo de vacaciones a Inglaterra por primera vez desde la muerte de George. La mente es una cosa impresionante e impenetrable. Da miedo la mente. Cada conexión emocional está archivada en un contexto y aquí el contexto es él, él, él. Donde quiera que mire, lo que quiera que haga: es él.
Cada pensamiento, o trozo de pensamiento es una emoción. Una emoción que produce una cadena de emociones. Sabía que este viaje era “un viaje”. Estaba convencida de que iba a traer lágrimas, dolor, nostalgia, ansiedad, tristeza. Nunca habría podido imaginar hasta qué punto iba a ser una reacción en cadena de sentimientos de algo que creía desterrado de mi vida por inútil: el miedo. No, qué va, no sabía que iba a ser un cataclismo de emociones y un viaje al pozo de la ansiedad. Sí, me temo que he viajado a la cueva del dragón. Hasta ayer mismo no fui consciente de que George era Inglaterra. Pensaba que venir aquí era ya cosa de los dos. Después de dieciséis años, me creía que era también cosa mía. Pues no. Es su país, su casa, su vida, su pasado. La vida perdida que él trataba de recuperar cada verano. Sus amigos, su idioma, la estructura de sus emociones. Yo era copiloto en los planes, pasajera con opiniones. Ahora, al pilotar sola y venir por mi cuenta con los niños a esta casa de Southampton, me siento desoladoramente perdida. Galopo como un caballo sin jinete. No le encuentro el sentido a nada. Esta es mi casa pero de una manera irreal. Siento que tengo ante mí todo un país verde, frondoso, del que estoy enamorada, pero enamorada de una forma irreal. Un país que no me conoce pero que sabe quién soy de una manera irreal. Sigo los planes que teníamos juntos porque no tengo otros, pero esos planes ya no parecen ir a ningún sitio sólido. Son irreales. Mi mente hace aguas. Me hundo. ¿Y por qué sigues planes, criatura?, dirá alguno. Todos lanzamos pensamientos a futuro, reservamos vuelos para vacaciones, miramos la cartelera, pensamos en nuestro nuevo ordenador, programamos el Tom Tom para ir a algún sitio y llegar. Planes, planes todo el rato. Los planes son difíciles de erradicar por no decir que es imposible sacarlos de la cabeza. Ya tengo bastante con lo que tengo como para encima cambiar de planes. Pero no puedo evitar las preguntas existenciales. ¿Quién soy yo realmente? ¿Qué soy ahora que él no está? ¿Nuestros planes son mis planes? ¿Venir el próximo verano a Southampton con los niños es mi plan? Quizá soy muy rara, o muy corriente, pero la cosa es que me he construido mirándome en el espejo de otra persona. No sé si esto lo hace todo el mundo. Imagino que sí. Han sido muchos años de opiniones solicitadas y no solicitadas, bienvenidas y exacerbadas. Él era el eterno profesor y yo la obligada alumna. Nos llevábamos veinte años. Veinte años de vida es una ventaja considerable. Da para tener opiniones sobre todo. Ha habido tantas opiniones que han guiado mi camino a la fuerza… Consejos, instrucciones, órdenes, certezas con un solo objetivo: convertirme en la mejor, valiente, la más inteligente, osada, la más rápida, inmodesta, la más graciosa, la perfección personificada. Todo era posible, si esa mujer es capaz de eso, tú más. Y podía, claro, y seguía, y lo conseguía y batía todos los récords y todos los retos hasta que llegó un día en que el reto fue demasiado. No pude parar el cáncer. Se acabó todo. ¡Qué despiste tengo ahora! ¿A qué tanto entrenamiento? ¡¿De qué coño me sirve ?! Sí, a la fuerza me convirtió en esta especie de fuera de serie de la fortaleza emocional, de la observación cotidiana, de la metáfora. “Por favor, nos seas literal. Es aburrido ser literal. Usa la fantasía, usa el humor”.  Me viene a la cabeza una estampa. Quizá la estampa que formábamos George y yo era bella, pero él mandaba y yo seguía admirada su liderazgo. Él pedía y yo daba, pedía más y daba más. Siempre había más que dar y yo daba con gusto. Una estampa, digo: la estampa era tan bella como la del  jinete con su fusta y el purasangre con su determinación galopando juntos hacia la victoria. Un equipo. La desigualdad, evidentemente, es que el caballo no toma las decisiones importantes aunque de todas formas, ha encontrado así su manera de vivir feliz. Conoce su cometido y sin él, el jinete no es nada. Pero… ah. El jinete no está ya y ahora, el caballo es libre. Pienso en los ponis libres que viven aquí, cerca de esta casa de Southampton, en los páramos de The New Forest. Imagino al purasangre entre esos ponis, pastando en grupo en las moorlands. Oh, cielos… ¿Sabe ser libre en el páramo un purasangre entrenado para correr bajo la fusta? Si, ya. Lo mío es más complicado que la estampa. Quería ofrecer una imagen literaria. No ser literal. Una comparación ilustrativa. Realmente, el caballo no se pone a llorar todo el rato al ser liberado de sus obligaciones de purasangre. Hasta ahora yo había sido valiente. Yo y mi cuerpo, que lloraba a veces haciéndome sentir normal, una viuda normal. Ahora lloro a manta. No puedo parar. Yo me construí a través de su mirada y sin su mirada, dudo de todo, de mi misma, de mis emociones, de mi capacidad para relacionarme de nuevo con el mundo. Trato de relacionarme con este universo que no conozco de nada y que me parece un páramo y recibo golpe tras golpe. Tantas dudas. Hasta mi escritura es errática. Creo que un purasangre en libertad aprende a ser un caballo común y corriente pero en el camino sufre. Me parece que eso es lo que debo aprender. A dejar de ser un purasangre. Quizá desde el páramo se puede ver el horizonte... ¿Se puede? Pero duele. La cruda realidad es que me gustaban las carreras... creo. ¿O quizá no?

jueves, 23 de febrero de 2012

Carta a un buen amigo.

La semana ha ido fenomenal. Ya sabes, mucha energía, ilusión, muchas cosas. De pronto, en jueves, cambia. Mi ánimo es la vela del barquito que me voy a comprar. Navego ciñendo, contenta, con viento a estribor. Toco el timón. Quiero apurar un poco más. Soy ambiciosa. Un toque. De golpe rola el viento. La mayor lo caza. Se tensa a babor. El palo viene a toda hostia. Crujen cabos, poleas. La botavara me golpea. Caigo al agua. Está fría el agua. ¿Qué me ha pasado, aparte de escribir de pronto como Pérez-Reverte? Quizá es que ayer vino Tristan –ya sabes, el amigo de la infancia de George- y pasamos el día juntos y hablamos mucho de él y de que mi nueva novela relata la muerte de George y hablamos de Malmesbury y de cómo nos las vamos a arreglar para esparcir sus cenizas en “El Jardín de la Memoria”, el antiguo cementerio de la abadía, el lugar al que George siempre quería volver desde que jugara de niño corriendo entre las lápidas. Evidentemente, está prohibido, pero yo estoy empeñada y nos echamos unas risas diciendo que podíamos hacer como en “La gran evasión” y esconder las cenizas en saquitos bajo las perneras de los pantalones y pasear -como Steve McQuenn y James Garner- silbando sonrientes con las manos en los bolsillos mientras soltamos “el material” con gran disimulo entre las tumbas de la abadía.

Pero eso fue ayer. Las risas fueron ayer. Las cervezas al sol y los recuerdos simpáticos y los abrazos. Hoy es hoy y me di cuenta de que la jodida novela se ha convertido en símbolo de mi separación del mundo. En la cosificación de mi frustración existencial.

Casi nunca sé como agarrarme al mundo. ¿Tú sabes cómo agarrarte? Yo no. No creas que tiene que ver con la muerte. Viene de antiguo. Nunca he sabido. Antes me daba igual. Eran otras prioridades. Ahora querría saber. ¿Ves? Seguramente no sabes qué es lo que quiero decir con “agarrarme al mundo”.

Pienso en lo que escribí y me invaden las emociones.  Me siento un poco Francesc Boix al visitar con los recuerdos el campo de concentración en el que estuvo prisionero. No quiero volver al lugar de la muerte y al mismo tiempo, quiero enseñárselo al mundo, no por mí... por el mundo y entonces pienso que al mundo le importa tres cojones, y caigo en que a veces tratamos de poner el acento en cosas que deberíamos olvidar, dejar de lado, ignorar, pues si al mundo no le importamos entonces el mundo no debería importarnos a nosotros. ¿Pero esto es así? ¿No tenemos un deber con el mundo? Ya sé que el mundo pasa de la gente y que no es recíproco y que no nos debe nada el mundo, pero no habría que buscar reciprocidad en todo. La reciprocidad. Recuérdame que un día elucubremos sobre esto. ¿A qué viene esta necesidad de equilibrio? Parece ser una regla sagrada para la amistad, para el amor, para la vida en pareja, para la economía. ¿Es inventada esta necesidad? ¿Es instintiva? ¿Por qué le aplicamos a las relaciones humanas ecuaciones matemáticas? ¿De dónde viene esa puta manía de llevar libros invisibles de contabilidad? Si yo te doy un regalo, tú me lo das a mí y si no me lo das, estás en rojo. Si no hay reciprocidad, el mundo es injusto. No, no es injusto, ni justo, ni nada. Sólo es mundo.

No quiero volver a ese lugar. Me pone triste volver a los lugares emocionales de los que hablo en la novela. O mejor dicho, de los que no hablo. Porque la novela cuenta pensamientos, hechos, momentos, no retrata mis emociones. ¿Se han quedado dentro las emociones? ¿Debería sacar esas emociones? Lo ignoro. En días como hoy, dos mitades de una persona se dan fuerte. La primera mitad se alegra profundamente de haberla escrito mientras que la otra aborrece hondamente su existencia. No pienses que estoy triste. No lo estoy. Es en días como hoy cuando te escribo las mejores cartas.

miércoles, 1 de febrero de 2012

El reloj de la vida no es exacto

Creo firmemente que si uno hace lo correcto, las balanzas de la vida cotidiana tienden a nivelarse. Pero escoger lo correcto a veces requiere de un largo viaje.
El otro día quise cambiarme a Vodafone. En Movistar se negaban a darme facilidades para cancelar la línea de mi marido. Cuando le dije a la chica que por favor me ayudara, que estaba muerto y yo sufría y ya no podía mandar una carta más, me replicó airada: “El motivo me da igual. No hay excepciones”. Si me hubiera apuñalado no me habría hecho más daño y le solté que a ella puede que le diera igual “el motivo”, pero a mí no, así que unas semanas después (el otro día) pedí la portabilidad con Vodafone por principios. Por una cuestión moral. Ni económica, ni burocrática: moral. Después de quince años de fidelidad y total sumisión, Movistar me apuñalaba con ensañamiento. Así que yo cojo y me voy con mi música –en este caso mi contrato- a otra parte. Los de Vodafone, por supuesto, me ofertan un contrato por menos, con más y un teléfono nuevo, que eso sí, cuesta doscientos cincuenta pavos. Me digo, a la porra, me lo compro. Estaba un poco tristona porque había perdido mi querido reloj y decidí darme una alegría. El nuevo I-phone 4 S para mí. Me largo de Movistar a pesar de las dudas que siempre tenemos los humanos para cambiar, para salirnos del carrilillo conocido, para tomar opciones sin explorar o aventurarnos en mundos poco familiares. Pido la portabilidad. Esa voz oscura que tenemos dentro me dice: te va a traer problemas este cambio, al final vas a pagarlo con sangre. ¿Y si luego no tienes cobertura? Mira que tú vives en el campo... ¿Y si no te funciona el teléfono? ¿Y si…? Así que me digo que la oferta de Vodafone no debe de ser tan buena. Cuando algo es claramente ventajoso, las voces interiores se callan. Creo que son los doscientos cincuenta euros los que me hacen dudar. Pensar en dinero es venenoso. Además, ya digo, he perdido mi reloj. Mi precioso reloj que me costó ciento veinte euros. El bolsillo está muy resentido porque en otro arranque, me he comprado un reloj idéntico. No me gusta cambiar y no puedo vivir sin mi querido y conocido y perfecto reloj compañero. Si opto por Vodafone y le sumo el gasto del reloj, seré trescientos setenta euros más pobre. Ay, el miedo me atenaza, pensar en dinero es venenoso. Pero… ¿Y mis principios? ¡Recuerda la puñalada! Dudo. Empiezo a temer esa llamada de Movistar en la que tratarán de corromperme, encontrar mi precio y ofrecerme algo que mi avaricia no podrá rechazar. ¿Qué hay de esas otras voces de justicia? ¿Y de mis principios acuchillados? Efectivamente, me llaman y me preguntan por qué me quiero ir y me doy el gustazo de contárselo y me piden perdón y me dicen: “Eso se lo arreglo ahora mismo”. Para rematar, la mujer tiene voz agradable: “ya está: cancelada la segunda línea”. Así que no era verdad, sí que hay excepciones. Pues claro que las hay. Es evidente. No sólo fueron insensibles la primera vez, también mintieron. La chica de voz agradable me hace la contraoferta y enseguida calculo que la nueva tarifa va ser idéntica a la de Vodafone o incluso peor. Me digo: no gano con esto. Mi secreta codicia se ve insultada. “No, no. En Vodafone me dan un I-phone”, digo. Busco excusas para salir del atolladero, quiero irme de Movistar pero me siento acorralada. “Ah, bueno, no hay problema” Ella me dice que ellos también me lo dan por cincuenta euros. Mi cabeza hace las sumas y decide que más vale pagar cincuenta que doscientos cincuenta… Que más vale lo malo conocido. No quiero ser trescientos setenta euros más pobre. Prefiero ser sólo ciento setenta euros más pobre (recordemos que yo a todo le voy sumando el precio del reloj. Un precio que me duele en el alma, porque pagar por algo que se tenía y se ha perdido, duele aún más). O sea que empecé teniendo principios y he acabado igual de acuchillada, miedosa, avariciosa y borrega porque les he dicho que vale, que me quedo. Al día siguiente, resulta que lo malo conocido era… malo. El teléfono prometido está agotado desde hace meses. Las tiendas tienen listas de espera. Llamo a Movistar.  Me mienten de nuevo. Pido de nuevo la portabilidad. Me voy con Vodafone. Pagaré los doscientos cincuenta euros (trescientos setenta sumándole el reloj), me da igual. Movistar me llama de nuevo. Hoy sí les digo que es una cuestión de principios. Que no me gusta que me insulten y que me mientan. La chica decide ser honesta y ni siquiera intenta su contraoferta. Me quedo con Vodafone que es lo que debí hacer en primer lugar. A la mañana siguiente llega mi hijo pequeño muy sonriente. Agita algo en la mano. “Mamá, mamá, es tuyo”. Es mi querido reloj. Ha encontrado mi reloj dentro de esa misteriosa dimensión cuya entrada es la rendija del sofá. Devuelvo el nuevo. Soy ciento veinte euros más rica.
Pongo ciento setenta euros en un plato de la balanza y doscientos en el otro (recordemos que por el teléfono de Movistar habría tenido que pagar cincuenta). Muchas veces, si uno hace lo correcto, las balanzas tienden a nivelarse. Quizá no del todo, pero es que el reloj de la vida no es exacto.

domingo, 15 de enero de 2012

Cambiemos el final de Anna Karenina.

Filosofando el otro día, a raíz de un nuevo proyecto, escribí un texto sobre el éxito. Una de las cuestiones que surgían era si la felicidad, como un ente futuro, existe, y si existe… ¿es alcanzable o sólo es una zanahoria que nos hemos inventado para seguir río arriba? Evidentemente, como el texto trataba de ser provocador, entraba en silogismos diversos y uno de ellos era que buscar la felicidad es buscar la perfección, pero la perfección solo se alcanza con la muerte, luego buscamos la muerte. Ya digo que eran silogismos. O casi. Por otra parte, esto me obligó a hacer una exploración de mis propios sentimientos y sensaciones. Llegué a la conclusión nihilista, cuasikantiana de que quizá, la felicidad no existe pero la infelicidad sí y me topé así con una bonita paradoja. ¡Cómo me gustan las paradojas! Voy a enunciarla:
El infeliz no cree en la existencia de la felicidad.
Si crees en el opuesto de algo, sin duda, crees en ese algo. Luego sí que piensas que hay una forma de felicidad contraria a tu infelicidad, pero tu infelicidad te impide creer que pueda existir algo tan futuro y escurridizo como la felicidad. Partiendo de aquí me pregunté si esto también es aplicable al amor y entonces, como suele ocurrir últimamente en mi vida, una amiga me contó su historia y vino a ponerme en bandeja el ejemplo. Es una historia de desamor, o de falta de amor, o de amor que no fue, así pues… aplicándole mi propia lógica incongruente, yo diría que es una de las más bellas historias de amor que me han contado.
Mi amiga está casada pero hace años que no es feliz. El otro, el hombre que se bañaba en sus ojos, estaba casado también pero hacía mucho que no era feliz. Ambos se conocieron yendo a recoger a los niños, a la puerta del colegio. Como no podían hacer otra cosa, simplemente se hicieron amigos y así con la ilusión de dos adultos que han encontrado a alguien con quien compartir lo que no comparten en su casa, se encontraban cada tarde durante unos minutos sin siquiera ser conscientes –o sin querer serlo- de que esta supuesta amistad era el símbolo de una profunda frustración amorosa. Frustración marital. Y por tanto, símbolo también de una profunda necesidad de amor.
Tras recoger a los niños, los llevaban al parque cercano y allí, sentados uno junto al otro en un banco, charlaban un poco, callaban otro poco, cuidaban de los hijos de cada uno y como sedientos en el desierto bebían minutos de ilusión fuera de sus respectivas casas. Un día todo se torció. Él quería romper la baraja con su mujer y parte consciente y parte inconscientemente, hizo su amor (o lo que él creía amor) por mi amiga demasiado obvio. Como era de suponer, la mujer descubrió que los íntimos anhelos de su marido no tenían nada que ver con ella. Supo que compartía sueños con otra, aunque nadie hubiera verbalizado esos sueños. Se convirtió en hidra y en víctima. En acusadora y en vapuleada. El escándalo fue mayúsculo. Aún resuenan los gritos en el patio del colegio, entre las comadres que van a buscar a sus hijos a las cinco. Mi amiga fue marcada con la letra escarlata, su marido se enteró de todo, los otros se divorciaron. Poco a poco, las aguas volvieron a su cauce. Mi amiga sigue junto a un hombre (bueno, malo, ¿infeliz?) que pasa de todo, que ya no la quiere, cargada de obligaciones y sin atreverse a buscar su propia felicidad o a salir de su infelicidad. Por ser infeliz cree que la felicidad es una entelequia. En su día a día no hay atisbo de amor, ni calambres en el estómago, ni una pizca de rubor o el eco de un cosquilleo al recibir llamadas en el móvil. Las horas en el parque terminaron y hoy sólo queda realidad. “Sé que él aún me quiere”, me terminó confesando con ojos cargados de lágrimas. “Siento que estoy en una estación y el tren me espera y yo no me puedo mover. No soy capaz de moverme”. Yo la animé a subirse al tren. No necesariamente a ese tren. A cualquier tren, coche, autobús, carromato que la lleve hacia un camino que no existe aún pero lejos de donde no quiere estar. Nunca me ha gustado el final de Anna Karenina. Dejemos que una madre de cuarenta años entienda que tiene toda la vida por delante y que mirar y dejarse mirar por el marido de otra con ilusión no es un atentado a la moral. Seamos generosos con ella sin mirarla de reojillo mientras cuchicheamos a sus espaldas, sin caer en mojigaterías antediluvianas. Deseemos a otros la felicidad siempre, incluso a los que más queremos, aunque eso signifique que se marchen de nuestro lado. Dejemos que nos roben a las mujeres o a los maridos si los maridos y las mujeres quieren ser robados. Cambiemos el final de Anna Karenina.
Cuando George murió estaba triste pero era feliz porque no tenía reproches que hacerse. “He vivido la vida que he querido y como he querido y he conocido todas las sensaciones importantes”, me dijo. Yo he aprendido tantas cosas… demasiadas quizá. Una es obvia, pero de verdad ha cambiado la forma en que quiero vivir mi vida: he aprendido que la muerte llega y con ella, se cierran todas las estaciones, así que el día en que se me presente un atisbo de amor pienso agarrarlo con las dos manos. A manos llenas. (Si es que no lo he agarrado ya).

lunes, 9 de enero de 2012

Éxito inesperado


El día siempre empieza con energía pues llevar a los niños en bici al cole pone en marcha todos los órganos del cuerpo. Los pulmones y el corazón compadrean, las piernas se desentumecen, la cara se congela con el aire de la helada y la espalda se estira. Todos me saludan. Todos me conocen. Entre los padres del cole que sacan a sus hijos de los coches, me siento como la reina de Inglaterra saludando con la manita a unos y a otros otorgando sonrisas y esquivando el tráfico. Soy la de la bici que lleva a esos niños tan monos sentados en su banquito, detrás, en el triciclo más fashion de Villanueva. Los niños, contentos de empezar las clases me dan un beso fuerte y entran corriendo al cole y me vuelvo por donde he venido. El sol ilumina el salón y cuando entro de nuevo quitándome el plumas, la mirada se posa sobre mi querido portátil. Sin querer, pergeño una idea para escribir un texto sobre “el éxito” pero como me gusta darle vueltas a las cosas en la cabeza primero dejo que mi piloto automático literario se ponga con eso y me subo a la oficina a hacer un par de fotocopias. Papeles, claro, que tengo que enviar a Inglaterra, como no podía ser de otra forma. El café me sabe a gloria (escuchando a Drive by truckers, regalo de mi hermano) porque acabo de abrir un paquete nuevo (nada de Marcilla) del bueno, del de Guatemala. Y me pregunto si ponerme a escribir ya o seguir haciendo burocracia tonta mientras le doy vueltas en la cabeza al significado del éxito.  Decido posponerlo hasta media mañana y salgo al taller. Debo cambiar las bisagras de la puerta rota de un armario. Allí me enfrento a las herramientas de George. Escojo mi taladro, mis tornillos y cambio las bisagras mientras sigo pensando en el éxito. Suena la música. The deep south. Me hago otro café y enciendo el ordenador. Hago la compra por Internet y sólo entonces me pongo a escribir. De una tacada “vomito” lo que a mí me parece una simpática tormenta de ideas sobre el éxito. Disfruto escribiéndolo. Luego me marcho al gimnasio. Es casi la una. Y es allí donde como recompensa a mi buen humor sucede algo imposible. Mientras hago mis pesas tratando de parecer la más cool del mundo, noto una mirada insistente sobre mí. Un hombre ha llegado. Como somos siempre muy pocos, el nuevo dice hola y los demás contestamos, pero este no dice ni pío y viene directo hacia mí. No sé qué es lo que me va a preguntar, pero sin duda me va a decir algo así que levanto la vista, sonrío (acordándome de George que siempre me decía “tienes que sonreír más, tienes una sonrisa preciosa”) y entonces veo un rostro increíblemente familiar y querido y antiguo. ¡¿Lea?! Exclama. Y no puedo creerlo, empieza a latirme el corazón más deprisa y no es del esfuerzo y lo primero que pienso es “menos mal que hoy me he lavado el pelo”. Es Javier, un amigo amiguísimo que tuve con veinte años en la facultad. Me mira sonriente y no hay que decir más. Nos damos un abrazo y me cuenta que es socio del club desde hace siglos y que juega al golf, claro (y yo me he quedado sin compañero de golf) y no entendemos cómo no nos hemos visto antes y de pronto una avalancha de emociones agradables nos inunda a los dos. Como es lógico, tras el ejercicio nos vamos al restaurante a comer juntos, porque él no tiene que estar en Telemadrid (donde es realizador) hasta las cuatro y media y nos ponemos al día de los últimos veinte años. Resulta que se acaba de divorciar. Yo no quiero hablar mucho de mí porque ya lo he contado tantas veces… pero no me va a quedar más remedio. “¿Y tú?” me pregunta. Pues no, no va a quedar más remedio que soltar la bomba. Por unos instantes dudo. Insiste: “conociéndote seguro que tienes alguien que no te va a soltar fácilmente”. El coqueteo en su mirada es tan obvio como el piropo. Siempre fue muy guapo (nunca me han gustado los feos, excepto uno que se llamaba César). Al fin, le digo con sonrisa enigmática: “Le costó soltarme, pero no le quedó otra”.
“Javier, que casualidades tiene la vida”, pienso mientras vuelvo a casa después de mi comida. Ya tengo compañero de golf. Eso sí que es un éxito inesperado. 

jueves, 5 de enero de 2012

Mujer tridimensional.

Hoy me he dado cuenta de algo aterrador. Estoy sola. Pero no sola de falta de compañía. No sola de que no haya gente alrededor. No sola de que no tenga con quién hablar. No sola de que antes tuviera alguien con quien compartirlo todo y ahora no. No sola de que no pueda ir al cine con un amigo.
Sola de que nadie entiende, ni por asomo, ni llega a vislumbrar, el lugar en el que me encuentro. Sola de que no hay nadie en el lugar en el que me encuentro. El lugar metafísico. El lugar espiritual. El lugar metafórico.
Esta mañana me levanté mal. Tenía que haberme quedado en la cama –aunque con dos niños pequeños no habría estado chupado- pero acababa de completar dos “colecciones” de formularios: la de los Italianos, pues por fin llegó ayer por correo el último certificado de hacienda que necesitaba para mandarles todos los papeles que me han pedido, y la carta a los franceses, pues al fin llegó ayer la tan codiciada partida de nacimiento. Así pues, debía ir a echar las cartas en cuestión. Los niños, claro, en sus mundos de Yupi, no querían moverse de casa. Yo tampoco la verdad, ya digo, pero tenía que hacerlo. Michael corría de un lado a otro de la casa y yo no podía vestirle y trataba de explicarle que era imperativo que nos fuésemos a correos, que de eso más o menos dependía el futuro, nuestra existencia, el pan de mañana –hoy estoy intensa- y me preguntó por qué y le expliqué lo que es una pensión de viudedad, y le conté que papá había trabajado en Suiza, Francia, Italia, Inglaterra y España y que esas cartas eran para que pudiéramos tener un dinerito con que comprar comida -no tan melodramático, pero para entendernos, vaya- y me eché a llorar. Pero a llorar, llorar, como cuando el que llora es Richard, el pequeño, cuando le salen las muelas. Y mi hombrecito mayor de cuatro años me abraza y me da unas palmaditas en la espalda como hago yo cuando el que llora a moco tendido es él. Y me besa con ternura y me dice “eres bonita, mamá” y yo sigo llorando abrazada a él porque no tengo otra persona que me abrace cuando lloro. Y Michael sigue dándome palmaditas, y paciente espera apretándome lo justo, como haría un buen amigo –si es que yo tuviera un buen amigo dispuesto a abrazarme y escucharme y no a salir corriendo cuando me pongo triste y melancólica-.
Y vamos a correos y como estoy malamente, decido quedar para ir a visitar a una amiga que tiene niños pequeños como los míos. ¡Qué gusto! Voy a desahogarme con alguien que me abrace. Pero no resulta fácil. Cinco veces se sienta para escucharme, cinco veces debe levantarse para hacer otra cosa y yo me pregunto qué estoy haciendo allí, ¿es que no ve que estoy a punto de morirme de pena? ¿No ve que sólo quiero un hombro dónde llorar? Y sí, claro que lo ve y me abraza, y lloro, pero algo interrumpe y corto las lágrimas. Se va. Vuelve a escucharme y empiezo a contar y me pone en pausa de nuevo, y sigo contando y no entiende una parte, claro, porque me ha detenido tantas veces que no sigo el hilo ni yo. Y sé que me quiere y que trata de muy buena fe de aconsejarme, y normalmente sus interrupciones me hacen gracia, pero yo hoy estoy en otro lugar. No me encuentro en el plano de las personas normales. Estoy lejos, muy lejos de allí, con una angustia creciente y mi válvula de escape cerrada a cal y canto y trato de abrirla pero mi amiga se está dando una crema nueva que se ha comprado y me explica que se la ha recetado la dermatóloga y yo asiento sintiéndome tremendamente invasora y egoísta e inoportuna e inadecuada y espero pacientemente a que acabe, sabiendo que tiene todo el derecho del mundo a hablarme de sus cosas y que estoy allí en mal momento y me dice, vamos abajo, que te escucho. Pero entonces sucede otra cosa, no recuerdo cual y me quedo sola, sentada en un sofá y pienso que yo no estoy en aquel lugar. No existo. Yo estoy a años luz de esa habitación y ese sofá y en cambio mi amiga sí que existe, y está en su casa, liada con sus hijos, sus cremas, su vida -como es lógico- porque ella sí que vive en una dimensión tridimensional. Y rebusco en mi interior a la persona tridimensional que fui una vez y cuando mi amiga vuelve a escucharme, creo por un segundo: “igual sí que puedo hablar de mí y de lo que me preocupa” y empiezo y ella -incisiva de inciso- me para el discurso para hilar fino y pierdo de nuevo la madeja y en eso, mis hijos empiezan a llorar de hambre. Son casi las dos. Hora de marcharse. Me doy cuenta de que si no quiero hacer o decir algo de lo que arrepentirme para siempre, como perder los papeles delante de cuatro niños asustados, debo irme deprisa. Y ella gime un espera y yo le digo que me marcho mientras los niños gritan y yo grito de vuelta y los meto en el coche con calzador y la pobre está agobiada y se siente insultada, por supuesto, porque la persona normal que yo sería -si fuese- la está insultando,  y yo no puedo explicarle que o me voy de allí o me muero. Y cuando llego a casa empiezo a llorar porque quién puede imaginarse que el lugar en el que estoy no se encuentra en la tierra. Si no lo sabía ni yo. ¿Quién iba a pensar que después del limbo del cáncer terminal podía haber un limbo aún mayor? ¿Cuántos limbos entre el infierno y la tierra quedan por pasar? ¿Va ser esto siempre así? Ya, ya sé lo que va a ser esto. Esto va a ser lo que llaman la etapa aguda. Hoy sí que me siento aguda.